Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Bobby no conocía los detalles, pero, por lo que había oído, al final no había sido la policía quien había capturado a Jim Beckett. Había sido Dillon, después de que Beckett asesinara a su hermana.

Dillon levantó la vista de su pistola. Se encontró con la mirada de Bobby al otro lado de la sala.

—Es la demostración de tiro más terrible que he visto en mi vida —dijo Dillon.

—Estoy pensando en prenderle fuego al blanco.

—Eso suponiendo que puedas darle con una cerilla.

Bobby no pudo evitar sonreír.

—Cierto.

Dillon se acercó a la mira telescópica y Bobby dio un par de pasos hacia él. Nunca había hablado mucho con Dillon, aunque ambos conocían bien la reputación del otro.

Dillon había alejado el blanco hasta quince metros.

Sin dejar de usar la mano izquierda, apuntó.

Inhaló. Exhaló. Inhaló una vez más, y Bobby sintió su concentración como una presencia física repentina.

El dedo de Dillon se movió seis veces, flexionó el índice con un movimiento tan leve como el aleteo de una mariposa.

Pum, pum, pum, pum, pum, pum. El cargador se vació en unos tres segundos.

Cuando Dillon retiró el blanco, Bobby sacudió la cabeza. Esa vez, en lugar de aniquilar la diana, Dillon había formado una estrella.

—Presumido —dijo.

—Me da algo que llevar a casa a mis chicas.

—¿Tus hijas?

—Sí. Dos. Una tiene dieciséis años y la otra, seis.

—¿A ellas también les gustan las armas?

—La mayor, Samantha, es bastante buena.

Bobby leyó entre líneas. Si Dillon decía que su hija era bastante buena, significaba que podía superar a Bobby. Teniendo en cuenta lo que sabía de los adolescentes, esa habilidad podría resultarle útil.

—¿Y la pequeña?

—¿Lanie? Ha salido a su madre. No soporta el sonido de los disparos. Pero tiene otras habilidades. Deberías verla montar a caballo.

—Genial. —Dillon comenzó a recoger los casquillos usados. Bobby lo ayudó. El latón era la parte más cara de una bala. A los tiradores serios les gustaba recuperar los casquillos para reutilizarlos en su munición personalizada—. ¿Estás casado? —preguntó Bobby.

—Desde hace diez años.

Diez años con una hija de dieciséis. Bobby hizo los cálculos y luego se rindió.

—¿A qué se dedica tu mujer?

—Tess es maestra de Infantil. También cuida de nuestras hijas. Y trata de mantenerme alejado de los problemas.

—Parece una buena vida.

—Lo es.

—Bueno, debería volver a practicar. —Pero Bobby se quedó donde estaba.

Dillon lo observó con mirada expectante.

Los tiradores tenían un vínculo que otros no tenían.

Apreciaban el arte, respetaban la técnica.

Entendían que los francotiradores no se sentían atraídos por el oficio porque fueran aspirantes a Harry el Sucio o pistoleros solitarios ansiosos por otro tiroteo del viejo Oeste.

Bobby hacía lo que hacía porque la habilidad lo desafiaba, no porque quisiera que nadie resultara herido.

—¿Fue difícil? —preguntó Bobby en voz baja—. Después, quiero decir.

—¿Después de qué? ¿Después de disparar al hombre de Arizona o después de disparar a Jim Beckett?

—Cualquiera de los dos.

—Lamento decirte, hijo, que nunca he matado a nadie.

—¿Ni siquiera a Jim Beckett?

—No. —Dillon sonrió con tristeza y luego flexionó el hombro—. Aunque no fue por falta de intentos.

—Ah —dijo Bobby, aunque no pretendía parecer tan decepcionado.

Dillon lo miró un rato, pensativo. Al final, señaló el espacio vacío a su alrededor.

—Hace diez años —anunció—, no habría pensado que estaría aquí. Ni que tendría una mujer. Ni dos hijas. Jamás habría pensado que sería… feliz.

—¿Por Beckett? —preguntó Bobby.

—Por muchas cosas. Puede que nunca haya matado a un hombre, pero, durante gran parte de mi vida, estuve muy cerca de hacerlo. —Dillon se encogió de hombros—. Recuerdo lo que es sentarse y esperar con la mira puesta en la cabeza de un ser humano. Sé lo que es obligarse a apretar el gatillo.

—En ese momento no le di mucha importancia.

—Claro que no. En ese momento estabas demasiado ocupado.

En ese momento estabas haciendo tu trabajo.

Es ahora, en todas las horas y días que vendrán, en todos los instantes en los que la vida se calme, cuando lo recordarás y te preguntarás por enésima vez qué podrías haber hecho de otra manera; si podrías haber hecho algo diferente.

—Sigo diciéndome que no importa. Lo hecho, hecho está. No sirve de nada torturarme.

—Es un buen consejo.

—Entonces, ¿por qué no lo sigo?

—Nunca lo harás. ¿Quieres hablar de remordimientos? Yo puedo hablar de remordimientos, agente Dodge. Puedo darte una lista interminable de personas a las que desearía haber salvado y personas a las que desearía haber matado. Dame cinco minutos y una botella de tequila, y puedo destrozarme la vida.

—Pero no lo haces.

—Tienes que encontrar algo, agente Dodge. Algo que te ancle, algo que te mantenga mirando hacia delante, incluso en los días malos, cuando te sientas tentado de mirar atrás.

—Tu familia —adivinó Bobby.

—Mi familia —asintió Dillon con serenidad.

Bobby lo miró a los ojos.

—Entonces, ¿quién mató a Jim Beckett?

—Tess.

—¿Tu mujer?

—Sí, sabe manejar muy bien una escopeta.

—¿Y está bien? ¿Tras haberlo matado?

—¿Quieres la verdad? No ha vuelto a tocar un arma desde entonces.