Capítulo 18
Era domingo por la mañana. El sol brillaba, el aire era fresco y prometía la llegada del invierno.
La mitad de los peatones de Boston corrían de una tienda lujosa a otra, con las cabezas refugiadas entre los pliegues de las bufandas, como si fueran tortugas, y las manos en los bolsillos de los abrigos.
Pero no el señor Bosu. El señor Bosu caminaba bajo los majestuosos árboles centenarios del Public Garden sin abrigo, sin gorro, sin guantes.
Le encantaba ese clima. El olor de las hojas en descomposición.
El último suspiro de un sol invernal que se desvanecía.
Cuando era niño, era su época favorita del año. Se quedaba jugando al aire libre hasta bien entrada la noche. A sus padres no les importaba. Estar al aire libre era bueno para él, decía su padre antes de volver a sumergirse en el periódico.
No tuvo una infancia mala. En realidad, no podía quejarse.
Guardaba buenos recuerdos de las figuritas de G.
I. Joe y las hormigoneras de juguete. Montaba en su bicicleta, se llevaba bien con los otros niños.
Incluso celebraba sus cumpleaños en el salón dorado de su madre, decorado con unas florecillas naranjas y amarillas que a la gente le parecían muy bonitas por aquel entonces.
Había oído que todo eso volvía a estar de moda. Retro, esa era la palabra. El señor Bosu había estado en prisión el tiempo suficiente como para que su infancia volviera a estar de moda.
Se preguntaba qué sucedería si volviera. Seguro que sus padres vivían en la misma casa, en la misma manzana; demonios, tal vez incluso condujeran el mismo coche. «Si no está roto, no lo arregles», solía decir su señor padre.
Nunca visitaron al señor Bosu en la cárcel. Ni una sola vez. Después del día en que aquella chica subió al estrado, señaló al señor Bosu y dijo: «Sí, señor, ese es el hombre que me secuestró», sus padres ni siquiera volvieron al juicio.
Suponía que se podría decir que les había roto el corazón, las personas como ellos debían tener un hijo normal: uno que se alistara en la armada, terminara la universidad y sirviera a su país los fines de semana; que se casara con una chica normal, tal vez una versión más joven de su madre, que estuviera en una cocina retro de moda y preparase guisos retro mientras sus dos hijos jugaban con juguetes retro en el jardín trasero.
Las fantasías del señor Bosu eran diferentes.
En ellas aparecía una colegiala católica con falda verde a cuadros, calcetines blancos hasta la rodilla y su largo cabello oscuro recogido con un lazo rojo.
Llevaba los libros escolares apretados contra el pecho, que apenas empezaba a desarrollarse, y decía «Sí, señor» o «No, señor».
Tenía un cuerpo virginal y firme, nunca tocado por otro hombre, y hacía lo que él quería, como él quería y cuando él quería.
Sería suya para siempre.
El señor Bosu no era tonto. Se guardaba sus fantasías para sí mismo.
Cuando tenía dieciséis años, hizo su primer intento.
Se acercó a una chica en un parque infantil, fingiendo que buscaba a su hermana pequeña.
La chica no huyó de inmediato, así que se ofreció a empujarla en el columpio.
Sin embargo, la sensación de sus pequeñas costillas huesudas bajo sus manos tuvo consecuencias: los pantalones de pronto le quedaban demasiado ajustados, no había forma de ocultar el resultado.
Ella lo vio, empezó a gritar y corrió hasta su casa.
Más tarde, los padres de la chica fueron a su casa para hablar con sus padres sobre su comportamiento «inapropiado».
Él se sonrojó, tartamudeó y mintió con descaro al decir que, en realidad, había mirado a una animadora rubia que pasaba por allí.
Por supuesto, no era su intención… Era solo que no sabía cómo controlar… Dios mío, lo sentía muchísimo.
Los chicos son así, dijo su padre tras sacudir la cabeza, y volvió a su periódico.
Después de eso, tuvo más cuidado. Cogía el coche de sus padres y se alejaba del barrio.
Practicó y aprendió. La ropa más bonita era menos amenazante, sobre todo dado su enorme tamaño.
Era importante tener una buena historia.
Nada de caramelos, todo el mundo advertía a sus hijos sobre los desconocidos que llevaban caramelos.
Era mejor buscar a una hermana perdida, un gato perdido, un perro perdido.
Algo con lo que un niño pudiera identificarse.
Aprendió, perfeccionó. Y un día, atacó.
Fue breve, desordenado. Nada que ver con lo que imaginaba. Después, entró en pánico. No sabía qué hacer con el cuerpo. Al final, lo arrastró y condujo hasta la frontera con Connecticut, donde encontró un río.
Regresó a casa conmocionado, perturbado y, por extraño que pareciese, arrepentido. Vio las noticias durante días, con las palmas sudorosas, a la espera de que lo descubrieran.
Pero no ocurrió nada. Solo… nada. Y las fantasías comenzaron de nuevo.
Soñaba, ansiaba y deseaba. Hasta que, un día, giró por una calle no muy lejos de casa de sus padres y allí estaba la chica: llevaba una falda de pana marrón en lugar de una verde a cuadros, pero, por lo demás, se parecía bastante.
Después, todo fue sorprendentemente sencillo. Lo abordó de una forma nueva y fue satisfactoria. Hasta que la chica subió al estrado de los testigos.
Era un novato… Ahora se daba cuenta. Era joven y había cometido errores. Por supuesto, había tenido veinticinco años para aprender, y la gente que pensaba que en la cárcel no se aprendía nada era evidente que nunca había estado allí.
El señor Bosu deambuló por Park Street hasta que encontró la gigantesca catedral gótica que recordaba de su juventud. Se sentó fuera, en uno de los bancos de madera, junto a una anciana que daba de comer migas de pan a las palomas. Ella le sonrió. Él le devolvió una cálida sonrisa.
—Qué mañana tan bonita —dijo.
—Sí, lo es —respondió la señora con una risita.
La tarde anterior se había ido de compras, cortesía de Benefactor X.
El hombre corpulento y un tanto amenazador de Faneuil Hall había desaparecido.
En su lugar, había un caballero elegante de mediana edad que, por supuesto, se enorgullecía de estar en forma.
Ah, las maravillas de Armani y un buen corte de pelo.
La anciana arrojó más migas a las gordas palomas que revoloteaban a sus pies. El señor Bosu echó la cabeza hacia atrás y levantó el rostro hacia el sol. Maldita sea, qué bien se estaba al aire libre.
En ese momento, las campanas de la iglesia repicaron. Las grandes puertas de madera se abrieron de par en par. Las familias bajaron en tropel por las escaleras de la entrada: primero los orgullosos padres, luego las agobiadas madres y, por último, los niños chillones.
El señor Bosu abrió los ojos. Admiró a las niñas de cabello oscuro y sus largas y brillantes melenas recogidas con grandes lazos blancos.
Sonrió a la multitud de pequeñas princesas rubias, todas con vestidos blancos de volantes y relucientes zapatos de charol.
En la vasta manzana que se extendía frente a la iglesia, los padres ya estaban inmersos en conversaciones con otros padres mientras sus hijos corrían a sus anchas.
Cinco niñas jugaban al pillapilla. Más allá, dos niñas se cogían de las manos y balanceaban los brazos. Un poco más lejos, otra, que pasaba ya medio desapercibida, perseguía las palomas, que se dispersaban…
—Son preciosas, ¿verdad? —dijo la anciana.
—No hay nada más bonito en la tierra —le aseguró él.
—Me hace recordar mi propia juventud.
—Qué curioso, a mí también.
Él volvió a sonreírle. Ella parecía un poco desconcertada, pero le devolvió la sonrisa.
Él se levantó del banco y se adentró en el mar de cuerpos jóvenes que correteaban.
Sintió la brisa de sus rápidos pasos como un cosquilleo en la columna vertebral.
Caminó hasta los escalones de la entrada de la iglesia, subió hasta las dos grandes puertas, se dio la vuelta y contempló su reino.
La gente tendía a ser cautelosa en la ciudad.
Pero aquella era una zona muy exclusiva.
Una isla pequeña y elegante en medio de un océano de hormigón.
Además, la gente se relajaba en el reconfortante abrazo de su iglesia.
Estaban más pendientes de relacionarse con los demás padres o de competir por ver quién conducía el mejor coche o bebía el café adecuado.
Les gustaba creer que vigilaban al pequeño Johnnie o a la pequeña Jenny por el rabillo del ojo.
Pero no era así. Los niños se alejaban, sobre todo si sus padres hablaban con otros adultos.
A veces, nunca volvían.
El señor Bosu sintió una oleada repentina e inesperada.
Un apetito feroz y apresurado que brotó de sus entrañas y exigió ahora, ahora, ahora.
Se inclinó sobre los escalones. Recorrió con la mirada la multitud que gritaba, reía y jugaba.
Era un halcón que volaba en círculos en el cielo. Allí, no; allí, no. Allí, sí.
Una sola niña. Una pequeña, de unos cuatro años, que se alejaba tambaleante en busca de una hoja seca que revoloteaba en el viento. Ninguna mirada paterna seguía su progreso. Ningún hermano cariñoso la perseguía.
Podría bajar los escalones. Se movería suavemente, pero con naturalidad.
Colocaría su corpulencia entre ella y la multitud.
La empujaría un poco más a la derecha y ella estaría detrás de un árbol.
Luego, una última mirada a la izquierda y a la derecha, esperar a que esa sensación en su interior le dijera que era el momento y la cogería sin esfuerzo.
En un abrir y cerrar de ojos, todo habría terminado.
«Niña desaparece a plena luz del día —dirían los titulares—. Padres desesperados buscan pistas».
Nunca encontrarían ninguna. No si se trataba del increíble y poderoso señor Bosu.
Estaba a mitad de las escaleras cuando se detuvo. Sus manos encontraron la barandilla de hierro forjado. Con un esfuerzo genuino, se obligó a inspirar hondo. Luego otra vez. Y otra vez. Con lentitud, relajó las manos sobre la barandilla, abrió los dedos, y las dejó caer muy despacio a los lados.
Se obligó a recordar la noche anterior, el olor a sangre oxidada, la sensación de la hoja en sus manos, la mirada de auténtica sorpresa en el rostro de otro ser humano inferior.
No era lo mismo, por supuesto, pero había resultado más satisfactorio de lo que esperaba.
Como una cita por lástima. No era su tipo, no era su primera opción de entretenimiento, pero había sido acción, al fin y al cabo.
Mejor aún: por primera vez en su vida, le habían pagado.
Por adelantado. En efectivo. Diez mil dólares.
Cuando el señor Bosu salió de prisión el día anterior, un vehículo lo esperaba en la entrada.
El señor Bosu se subió al coche. En la parte trasera encontró una maleta.
Dentro había una nota y mucho dinero en efectivo.
La nota contenía instrucciones y, junto a ella, había una lista: para cada objetivo, una cantidad de dinero. Era un sistema decente.
Por supuesto, el señor Bosu no era tan estúpido como parecía creer su misterioso empleador.
En la nota, Benefactor X sugería que las cosas serían más fáciles en el futuro si el señor Bosu abría una cuenta de ahorros.
El dinero podría transferirse directamente, etcétera, etcétera.
Benefactor X le ofrecía formas de obtener un documento de identidad.
Benefactor X incluso proporcionaba una lista de bancos.
Benefactor X era un idiota. Los bancos estaban vigilados.
Las transferencias de dinero se rastreaban.
Peor aún, los bancos no abrían los domingos y el señor Bosu no hacía nada gratis.
Se quedaría con el dinero en efectivo, muchas gracias.
Bonitos y gruesos fajos de billetes desgastados que podía atarse al estómago y gastar a su antojo.
El señor Bosu cogió el maletín. Su silencioso guía lo dejó en Faneuil Hall y le entregó un móvil con números memorizados; así se mantendrían en contacto.
El señor Bosu asintió con la cabeza muchas veces.
Dejó que su contacto pensara que estaba agradecido.
Por supuesto, él sabía de sobra quién conducía.
La mayoría de los chicos de la cárcel conocían al enlace por su reputación y, por supuesto, la reputación de Robinson no podía compararse con la del señor Bosu.
Sin embargo, el señor Bosu no dijo nada. Como había aprendido en la cárcel, el conocimiento era poder.
El señor Bosu se metió las manos en los bolsillos. Empezó a silbar mientras bajaba los escalones de la iglesia y caminaba por última vez entre el bullicio de niños que corrían, reían y jugaban felices. Todo a su debido tiempo.
Ahora, iría a buscar un cachorro.