Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando Catherine se levantó, Prudence ya se había ido.

Los domingos eran el día libre de la niñera y a la joven no le gustaba perder ni un minuto.

Catherine pensó que hacía bien. El sol brillaba y el cielo azul, casi insoportablemente radiante, se extendía sobre ellos, con ese aspecto que solo el cielo de Nueva Inglaterra podía tener durante los frescos días de noviembre.

Aun así, Catherine fue de habitación en habitación y encendió las luces.

Pensó que tal vez se estaba volviendo un poco loca.

¿Había dormido la noche anterior? No estaba segura.

A veces soñaba, así que debía haber dormido.

Había visto a Nathan el día en que nació.

Llevaba tres horas empujando. «Ya casi está, ya casi está», le repetía el médico.

Catherine había dejado de gritar a las dos horas y solo jadeaba con pesadez, como un animal de granja angustiado.

Los médicos mentían, Jimmy mentía. Se estaba muriendo y ese bebé la partía en dos.

Otra contracción. «Empuja», gritó el médico.

«Empuja», gritó Jimmy. Ella se mordió el labio inferior y pujó con todas sus fuerzas.

Nathan salió tan rápido que pasó por encima de las manos del doctor, que lo esperaban, y aterrizó en el suelo cubierto con sábanas. El doctor vitoreó. Jimmy vitoreó. Ella solo gimió. Luego pusieron al pequeño Nathan sobre su pecho: era diminuto y estaba azul y cubierto de mucosidad.

Ella no sabía qué pensar. No sabía cómo sentirse.

Pero Nathan se movió, sus diminutos labios buscaron su pecho, y ella se encontró llorando como una idiota.

Lloró lágrimas grandes y gruesas, las únicas lágrimas sinceras que había derramado desde su infancia.

Lloró por Nathan, por esa hermosa nueva vida que de alguna manera había surgido de su alma estéril.

Lloró por ese milagro que nunca había creído que le pudiera suceder a ella.

Y lloró porque su marido la abrazaba con fuerza, su bebé se acurrucaba contra ella y, por una fracción de segundo, no se sintió sola.

Había soñado con su madre. Catherine la había visto de pie en la puerta de su dormitorio infantil.

Catherine yacía en su estrecha cama, con los ojos desesperadamente alerta.

Tenía que permanecer despierta, porque, si dormía, llegaría la oscuridad, y en la oscuridad estaría él .

Forzaba su cabeza contra su regazo . « El olor, el olor, el olor» .

Gruñía mientras empujaba dentro de ella, como si un camello tratase de pasar por el ojo de una aguja.

«El dolor, el dolor, el dolor». O sería peor.

Serían los días y las semanas posteriores, y él ya ni siquiera tendría que forzarla.

Cuando ella hacía lo que él quería, porque resistirse era inútil, porque las humillaciones ya no importaban, porque la niña que había sido arrojada a ese infierno ya no existía.

Ya solo quedaba su cuerpo, un caparazón seco que seguía los movimientos y solo sentía gratitud por el hecho de que él volviera.

Algún día no lo haría. Ella lo entendía. Algún día, se cansaría de ella, se marcharía y ella moriría allí abajo. En la oscuridad. Sola.

No había suficientes luces en la casa. Eran las tres, las cuatro, quizá las cinco de la mañana, y Catherine reunió todas las velas.

Las linternas eran útiles. La luz del horno.

La luz nocturna del dispensador de agua de la puerta del frigorífico.

Las luces debajo de los armarios. Las luces en el interior de los armarios.

Las llamas de las dos chimeneas de gas. Fue de habitación en habitación encendiéndolas. Necesitaba luz, debía tener luz.

Había soñado con Jimmy. Jimmy sonriente, Jimmy feliz. «Oye, ¿qué tiene que hacer un chico para que le eches un poco de perfume?». Jimmy enfadado, Jimmy borracho, Jimmy frío. «¿Estás seguro de que no recibirá nada? No quiero que toque ni un centavo».

Había soñado tanto con Jimmy que se había levantado de un salto de la cama a las seis de la mañana y había corrido al baño a vomitar.

«Bu», susurró una voz en el fondo de su cabeza. «Bu» .

«Oh, por favor, Dios, que Jimmy esté muerto de verdad».

Eran casi las nueve. Hora de visitas en el hospital. Catherine ya había llamado cuatro veces. Nathan estaba despierto. Podía ir a verlo.

Que le dieran al hospital. No confiaba en ese lugar. No ofrecía suficiente seguridad. Iba a llevar a su hijo a casa.

Catherine tenía el abrigo, tenía las llaves.

Hizo una última revisión de la casa. Cierto, las velas.

Pasó por las habitaciones y apagó las mechas encendidas una por una.

Bajaba las escaleras de nuevo cuando se acordó de la táser.

Tenía una en la caja fuerte. Regresó al dormitorio principal y se preparó para armarse para una guerra contra un enemigo que no tenía nombre.

¿Quién habría escrito «¡Bu!» en su espejo retrovisor? ¿Quién haría algo así?

No le gustaba pensar en ello. Había respuestas ahí fuera, y la mayoría la aterrorizaban.

La caja fuerte estaba abierta, tal y como la había dejado la policía. Miró dentro. La táser había desaparecido. Cabrones. La habrían registrado como prueba. Como si la táser fuera a protegerla de la pistola de Jimmy.

Volvió a bajar, la ira la revitalizaba y la empujaba hacia la puerta principal. Al hospital, a ver a Nathan. Acababa de poner la mano en el pomo cuando, del otro lado, alguien llamó a la puerta. Catherine retrocedió y se llevó la mano al pecho como si la hubieran golpeado. Volvieron a llamar.

Muy despacio, se asomó por la mirilla.

Había tres personas allí. Policías.

No, pensó desesperada. Ahora no. Nathan estaba solo. ¿No sabían que en cualquier momento un hombre en un Chevy azul podía doblar la esquina?

Llamaron otra vez. Con lentitud, abrió la puerta.

—¿Catherine Gagnon? —preguntó el hombre que estaba delante.

Tenía la nariz aplastada, como si lo hubieran golpeado en la cara demasiadas veces. Su aspecto desentonaba con su bonito traje gris.

—¿Quién es usted?

—Rick Copley, fiscal adjunto del condado de Suffolk.

Estoy con la inspectora D. D. Warren, de la policía de Boston —señaló a una hermosa rubia con un gusto pésimo para la ropa—, y el investigador Rob Casella, de la Fiscalía.

—Señaló a un hombre de rostro sombrío que vestía un traje oscuro solo apto para funerales—.

Tenemos algunas preguntas que necesitamos que nos responda. ¿Podemos pasar?

—Voy a ver a mi hijo —dijo ella.

—Entonces, haremos lo posible por no robarle mucho tiempo.

El fiscal adjunto ya estaba entrando en su casa. Tras un momento, cedió. Sería mejor hacerlo ya. Antes de que Nathan o Prudence regresaran.

La rubia de mal gusto miraba alrededor del vestíbulo de la planta baja como si no le impresionara. El investigador, por su parte, tomaba notas.

—Creo que estaremos más cómodos sentados. —El fiscal adjunto los invitó a entrar en el salón, a la izquierda del vestíbulo.

Catherine al final soltó el bolso y se quitó el abrigo. Observaba al fiscal adjunto con mucha atención; era el que llevaba la voz cantante.

Se preguntó qué pensaría de las viudas afligidas y volvió a cruzar la mirada con él.

Su expresión era dura, calculadora, como la de un depredador que evaluaba a su presa.

Así que eso era. Desde que tenía memoria, Catherine solo había sacado lo peor de los hombres.

Los hombres que deseaban a las mujeres la deseaban aún más a ella.

Y los hombres que odiaban a las mujeres…

Decidió que era mejor centrar sus energías en el hombre vestido para un funeral.

—Me alegro de que hayan venido —dijo con firmeza. Echó los hombros hacia atrás y entró en la salita—. Ayer me puse en contacto con la oficina del forense. Confieso que me sorprendió bastante saber que todavía no puedo reclamar el cuerpo de mi marido.

—En este tipo de situaciones, se necesita tiempo.

—¿Tiene hijos, señor Copley?

Él se limitó a mirarla.

Ella dijo en voz baja:

—Este es un momento muy difícil para mi hijo. Me gustaría terminar de planificar el funeral, para que ambos podamos dejar esto atrás. Cuanto antes cierre mi hijo este capítulo, antes podrá empezar a recuperarse.

Copley y su equipo no dijeron nada. Catherine se sentó frente a ellos en una antigua silla de madera.

Cruzó una pierna sobre la otra y se agarró las rodillas con las manos.

Esa mañana había elegido la ropa con cuidado: una falda negra hasta la rodilla con un jersey de cuello alto de cachemira gris jaspeado, ceñido a la cintura con un cinturón.

Llevaba pendientes de perlas, su alianza en el dedo y su largo cabello negro recogido en un moño en la nuca.

Era la viuda digna y afligida por excelencia, y lo sabía.

Si esa gente iba a atacar a la mujer del difunto, debían dar el primer paso.

—Tenemos algunas preguntas sobre la noche del jueves —dijo por fin el fiscal adjunto del distrito, tras aclararse la garganta y así romper el silencio—. ¿Podría repasar algunas cosas con nosotros una vez más?

Ella se limitó a mirarlos, expectante.

—Eh…, está bien.

El investigador Casella sacó su cuaderno y lo ojeó. Catherine ya no lo miraba; estudiaba a la rubia. La Fiscalía investigaba los tiroteos policiales, no el Departamento de Policía de Boston, así que ¿por qué estaba allí esa mujer?

—En cuanto a las cintas de vídeo del sistema de seguridad…, parece que nos falta la del dormitorio principal.

—No hay ninguna.

—¿No hay cinta? Según nos ha informado la empresa de seguridad, hay una cámara instalada en esa habitación.

Ella miró al investigador Casella con serenidad.

—No estaba encendida.

—¿No estaba encendida?

—Qué conveniente —murmuró la rubia.

Catherine la ignoró.

—Esa cámara es para cuando estamos fuera. Jimmy la había programado para que se apagara de forma automática desde la medianoche hasta las ocho de la mañana.