Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Catherine condujo hacia la casa de su padre.

El sol se retiraba, otro día que llegaba a su fin prematuramente mientras el invierno empezaba a mostrar su peor cara.

Estaba cansada. Tan cansada que le dolían hasta los huesos, lo que la hacía agarrar el volante con demasiada fuerza y removerse en el asiento.

Jimmy siempre se burlaba de ella cuando conducía; decía que sería malísima en un viaje por carretera, que se quedaría dormida y se mataría antes de llegar a la primera parada.

Pensar en él le provocaba un dolor agudo y punzante en lo más profundo de su ser.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se habían dicho una palabra amable?

¿Cuántos años desde que se habían molestado siquiera en fingir que estaban enamorados?

Supuso que no importaba. Él había sido una constante en su vida, y ahora lo echaba de menos como otras personas podían echar de menos una extremidad.

Antes se sentía entera. Ahora, de un modo extraño, se sentía incompleta.

Llegó al barrio de su padre. Su barrio. Sus padres habían comprado la casa cuando ella tenía cinco años.

La vivienda de dos plantas se encontraba en un terreno de mil metros cuadrados, rodeada de otras modestas casas en otros modestos terrenos.

Poco había cambiado a lo largo de los años.

Su padre mantenía el mismo revestimiento blanco de la fachada con las contraventanas de color rojo colonial.

Los martes era el día de la basura. Los sábados, la gente arreglaba sus jardines.

Y todos los miércoles por la noche, su padre se reunía con los McGlashan y los Bodell para beber cerveza y jugar a las cartas.

Su padre le contaría historias sobre sus hijos y sus nietos.

Chicos con los que había crecido y que habían terminado gestionando tiendas de ultramarinos o a trabajando en bancos, que conducían monovolúmenes y vivían en sus propias casas de dos plantas con niños rubios y perros grandes y saltarines.

Chicos con los que había crecido y que llevaban una vida normal y feliz.

A veces se había preguntado, justo después de que ocurriera, por qué no había sido uno de ellos. ¿Por qué no habían visto el Chevy azul? ¿Por qué no se habían detenido a ayudar a buscar a un misterioso perro perdido?

Dios, odiaba girar en esa calle.

Aparcó el Mercedes en la entrada. Su padre tenía las luces del porche encendidas, que iluminaban el pequeño camino de ladrillos y los cuatro escalones de la entrada. Catherine inspiró hondo, se recordó a sí misma que debía concentrarse en lo que había ido a hacer y salió del coche.

El frío la golpeó con fuerza. Temblaba sin control. Miró hacia la calle, donde la noche se cerraba justo más allá de los árboles y formaba un oscuro túnel del que no había escapatoria. Miró hacia abajo y vio lo mismo.

Y, de repente, odió hasta la médula ese maldito lugar. La casa, el jardín, el barrio de los años setenta. Había sido un acto cruel del destino lo que había llevado a sus padres allí. Y, en lo que a ella se refería, había sido un acto aún más cruel el que los había hecho quedarse.

—No es el barrio —le había dicho su padre a su madre una y otra vez justo después de que sucediera—. Ha sido un solo hombre. Si nos mudamos ahora, ¿qué pensará Catherine?

«Habría pensado que os importaba».

Respiraba entrecortadamente. Se dio cuenta de que estaba a punto de perder el control y apretó los puños con fuerza.

«Piensa en un lugar feliz —se dijo a sí misma con un punto de histeria. Luego pensó—: Que le den». Se dirigió a la entrada.

Su padre ya la esperaba. Subió los escalones y él abrió la puerta de madera. Le dejó a ella la tarea de abrir la mosquitera mientras él permanecía a un lado.

Dentro, él le cogió el abrigo y, como era su costumbre, le preguntó: —¿Qué tal el viaje?

—Bien.

—¿El tráfico?

—No ha estado mal.

Él gruñó.

—Pero volver a la ciudad un sábado por la noche…

—Me las arreglaré.

Él volvió a quejarse del tráfico —no le gustaba el lugar donde ella vivía tanto como a ella no le gustaba donde vivía él— y luego señaló con un débil gesto la pequeña sala de estar.

Aún tenía la alfombra de pelo largo dorado y el sofá marrón de estampado floral.

Catherine le había ofrecido cambiar los muebles una vez.

Él había negado con la cabeza. El sofá era cómodo y la alfombra, resistente. No necesitaba nada extravagante .

Catherine se acercó al pequeño sofá de dos plazas y se sentó en el borde, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Entrar en aquella sala siempre la hacía sentir como si viajara en el tiempo; nunca sabía dónde mirar ni cómo sentirse. Eligió un punto de la alfombra y fijó la mirada.

—Necesito hablar contigo de algo —dijo en voz baja.

—¿Tienes sed? ¿Quieres algo de beber?

—No.

—Tengo refrescos. Cerveza de raíz, ¿verdad? Es lo que te gusta.

—No tengo sed, papá.

—¿Y agua? Después de un viaje tan largo, debes estar sedienta. Te traeré un poco de agua.

Ella dejó de discutir. Su padre se dirigió a la cocina y regresó con agua en dos vasos de plástico con estampado de margaritas. Se sentó en el sillón reclinable. Ella se quedó en el sofá de dos plazas. Al final, bebió un poco.

—Ya sabes lo que ha pasado —dijo ella por fin.

Su padre parecía incapaz de mirarla. Sus ojos iban de un lado a otro de la habitación. Al final encontró el retrato de su madre, colgado sobre la repisa de la chimenea, y ella pensó que su rostro parecía viejo y triste.

—Sí —dijo él por fin.

—Siento que haya acabado así. Lo siento… Siento que Jimmy haya muerto.

—Te pegaba —indicó su padre, la primera vez que ella lo oía reconocerlo.

—A veces.

—No era un buen hombre.

—No.

—¿Tanto te gustaba su dinero? —preguntó su padre, y ella se sorprendió por la repentina ira de su voz.

Vaciló, las manos le temblaron aún más. Intentó dar otro sorbo de agua, pero el vaso temblaba entre sus manos. Deseaba salir corriendo de la habitación.

—Era bueno con Nathan.

—Nunca os prestó la más mínima atención a ninguno de los dos.

—Papá…

—Deberías haberlo dejado.

—Es más complicado…

—¡Te pegaba! Deberías haberlo dejado. Deberías haber venido aquí.

Catherine abrió la boca. No sabía qué decir.

Su padre nunca le había hecho esa oferta.

Ni siquiera había comentado nada sobre su matrimonio.

Había asistido a su boda, donde le había dado la mano a Jimmy, su recién estrenado marido, y le había deseado suerte.

Después, se había mantenido ocupado con sus juegos de cartas, sus grupos de veteranos y sus rutinas.

Aparecía cada Acción de Gracias y Navidad en casa de sus suegros, comía un poco de pavo, le daba un regalo a su nieto, le daba un beso en la mejilla a su hija y eso era todo: se marchaba de nuevo, de regreso al barrio que él amaba y Catherine aborrecía.

A veces se preguntaba si las cosas habrían sido diferentes si su madre hubiera vivido. Nunca lo sabrían.

—Ya no importa —expuso ella al final.

—Supongo que no. —Su padre bebió un poco de agua.

—Pero hay un problema. Los Gagnon, los padres de Jimmy, me han demandado por la custodia de Nathan. —Levantó la barbilla—. Afirman que lo maltrato.

Su padre no dijo nada de inmediato. Bebió más agua, luego retorció el vaso de plástico opaco entre las manos y volvió a beber.

El silencio se prolongó. Catherine se sintió desconcertada.

¿Dónde estaba la negación? ¿Dónde estaba el impulso de defender a su hija?

Sesenta segundos antes, había afirmado que podría haber acudido a él en busca de ayuda para su matrimonio roto. ¿Dónde estaba ahora?

—¿Por las enfermedades? —preguntó su padre por fin.

—Dicen que le estoy haciendo algo a Nathan, que le echo algo en la comida, que sé yo. Creen que lo enfermo a propósito.

Su padre levantó la vista.

—¿Y lo haces?

—¡Papá!

—Pasa mucho tiempo en el hospital.

—¡Está enfermo!

—Los médicos no han encontrado nada.

—¡Tiene pancreatitis! Ahora mismo. Llama al doctor Rocco, llama a cualquiera de ese maldito lugar. —Se puso de pie—. ¡Es mi hijo! He hecho todo lo posible por hacer lo correcto por él. ¿Cómo puedes…? ¡¿Cómo te atreves?! ¡Maldita sea, ¿cómo te atreves?!

Gritaba. Literalmente. Vociferaba como una loca, con las venas del cuello hinchadas, y en algún rincón de su mente comprendió que llevaba días deseando hacer aquello.

Desde el martes por la mañana, cuando había cogido el teléfono y había oído a Jimmy hablar de sus planes de divorcio de manera despreocupada con un abogado.

—¿ Estás seguro de que no recibirá nada? —había preguntado—. No quiero que toque ni un centavo.

— Sin Nathan, no habrá dinero —le había asegurado el abogado—. Todo está arreglado. Puedo presentar los papeles en menos de una hora.

—¡Amo a mi hijo! —le chilló a su padre—. ¿Por qué nadie cree que quiero a Nathan?

Y se derrumbó. Las piernas le fallaron. Se desplomó sobre el horrible sofá marrón, sus hombros se agitaron y un extraño sonido entrecortado le salió de la garganta.

No podía encontrarse a sí misma. Estaba perdida, ahogada en un momento imaginario, en el que Jimmy la había abandonado y Nathan se había marchado y ella había regresado a su apartamento infestado de cucarachas, sin familia, sin dinero, sola.

Un Chevy azul giraría en la calle. Se abriría un agujero en el suelo. Ya no habría nada que la salvara.

Su padre seguía frente a ella. Tenía la mirada fija en el retrato de su madre. Eso fue lo que le dio fuerzas. Se recompuso y se pasó el dorso de la mano por los ojos secos.

—¿Me apoyarás? —preguntó en voz baja.

—¿Necesitas dinero?

—No, papá. —Su voz volvió a ser dura. Se obligó a hablar con calma, como si se lo explicara a un niño—.

Va a haber una audiencia. Por la custodia.

Me he reunido con mi abogado esta tarde.

Los Gagnon llevarán testigos para declarar que soy una mala madre.

Necesito mis propios testigos que digan que soy una buena madre.

O, al menos —añadió—, que no soy una amenaza para Nathan.