Capítulo 11
El hombre se sentó en una mesa en la terraza de una cafetería en Faneuil Hall, con el ceño fruncido primero ante su café moca doble con leche y luego ante el paisaje que lo rodeaba.
¿Qué demonios le había sucedido a ese lugar?
El Faneuil Hall de su memoria tenía pequeñas boutiques coquetas, viejos pubs irlandeses y muchas tiendas de souvenirs cursis.
Ahora se encontraba ante The Disney Store, Gap y Ann Taylor.
El histórico mercado se había convertido en un puñetero centro comercial de las afueras. Eso sí que era progreso.
Gruñó, dio un sorbo a su moca doble con leche y enseguida puso una mueca de disgusto.
La verdad era que llevaba una década esperando para probar esa bebida, tras haber visto a personajes de televisión, estrellas de rock y actrices de cine tomar un doble de soja de esto o un moca desnatado de aquello mientras pasaban el rato en pequeñas cafeterías elegantes.
Llevabas ropa ajustada, sorbías tu bebida cargada de cafeína y luego te marchabas en tu todoterreno Eddie Bauer, con una mujer parecida a Jennifer Aniston sentada a tu lado y tu jadeante golden retriever en la parte de atrás. Bienvenido al sueño americano.
Bueno, después de todos esos años preguntándoselo, tenía la respuesta: los cafés moca doble con leche sabían un poco mejor que la orina de gato.
No se imaginaba todoterrenos, partidos de fútbol o un césped perfectamente cortado.
Se preguntaba cómo demonios se había dejado engañar para pagar tanto dinero por algo que sabía tan mal.
Era tentador volver a la cafetería. Se plantaría justo delante de la cajera de pelo negro, con sus numerosos piercings faciales y su hosca actitud.
No diría ni una palabra. Solo se quedaría allí de pie, mirándola.
Ella le devolvería el dinero en sesenta segundos o menos y luego saldría corriendo a fumar un cigarrillo que necesitaría con desesperación, nerviosa sin saber muy bien por qué.
Le gustaría ver su cara en ese momento. Más que ninguna otra cosa en el último cuarto de siglo, había echado de menos ver cómo el rostro de una chica joven se llenaba de miedo.
La forma en que sus ojos se dilataban, las pupilas se oscurecían y el resto de su rostro perdía todo el color.
Y luego ese instante, ese instante sublimemente erótico, en el que el verdadero horror se apoderaba de sus rasgos al darse cuenta de que ya no era una vaga sensación de miedo sin identificar.
Al darse cuenta de que él iba a matarla de verdad.
Que le pertenecía y no había nada que pudiera hacer.
El hombre había estado encerrado durante ocho mil trescientos sesenta y tres días.
Había entrado en la cárcel con poco más de veinte años.
Claro, era muy grande, tenía una fuerza sobrehumana y, como habían testificado sus vecinos en el juicio, era «aterradoramente raro».
Pero aun así no dejaba de ser un muchacho.
Ahora, desde hacía unas horas, a la avanzada edad de cuarenta y cuatro años, volvía a ser un ciudadano de pleno derecho.
Sabía que la junta de libertad condicional suponía que la edad lo habría apaciguado, del mismo modo que se suponía que tanto años entre paredes de hormigón habían erradicado sus instintos más bajos.
Sin duda, después de casi veinticinco años en prisión, sería un buen hombre.
Lo pensó. No. A decir verdad, lo que más le apetecía era matar a alguien.
Pasaron dos chicas. De dieciocho o diecinueve años.
Una se dio cuenta de que la miraba. Le hizo un gesto obsceno y luego contoneó las caderas mientras se alejaba con paso tranquilo, con unos vaqueros tan bajos y ajustados que parecían pintados en su trasero.
Él murmuró una sola palabra entre dientes y la chica de repente aceleró el paso, arrastrando a su sorprendida amiga detrás de ella.
Con una sonrisa, las dejó ir. Eso casi compensó el mal café.
Había comenzado su estancia en la prisión Walpole, en el módulo de protección, destinado a «soplones y maricas». Era similar a un dormitorio con literas dobles, de seguridad media.
—No la cagues —le había advertido con severidad su abogado de oficio—. Para alguien como tú, esto es lo mejor que te puede pasar.
La primera noche, su compañero de litera se acurrucó en un rincón y le suplicó que no lo violara. El hombre miró con disgusto a aquel montón lloriqueante. No era de los que se andaban con tonterías.
La segunda noche, su compañero empezó a llorar y el hombre cedió a sus impulsos más básicos y golpeó al pequeño cabrón hasta dejarlo inconsciente. Al menos eso lo calló. También le valió una sanción. Y una reputación.
Entonces no lo sabía, pero ya había presos observándolo, y los rumores de la cárcel corrían como la pólvora.
Su acto de hostilidad le costó que lo enviaran al módulo central, donde comenzó la verdadera aventura.
Un hombre blanco tenía dos opciones allí: unirse a la hermandad aria para protegerse de los negros y los hispanos, o encontrar a Dios.
La protección de Dios era un poco menos segura dentro de los muros de cemento de Walpole. El hombre-niño se convirtió en neonazi.
Allí aprendió varias cosas. A hacer agujeros en la pared de yeso de su celda y después taparlos con pasta de dientes y pintura para modelar, y así esconder las drogas.
A pasar cigarrillos, cocaína, heroína, lo que fuera, ocultándolo en los bajos enrollados de los pantalones.
A fijar cuchillas de afeitar al marco metálico de su litera o dentro de la cisterna del inodoro para cortar los dedos de los guardias inexpertos.
A vivir rodeado de hombres sucios, asquerosos y enfadados. A mear con público. A cagar con público. A dormir entre gritos a medias, sabiendo que hay que despertarse con otros. A pasar un día tras otro inhalando aire viciado y extremadamente filtrado que apestaba a orina y limpiacristales.
Pero aún no había aprendido lo suficiente.
Lo pillaron al segundo año. Los Boston Red Sox intentaban llegar a la Serie Mundial y los guardias estaban pegados a la televisión.
Los hispanos salieron de la nada y le dieron una buena paliza.
Los guardias dijeron que no habían visto nada.
Lo mismo hicieron sus dos compañeros neonazis, que no apartaron la vista del partido.
Era grande, fuerte y malvado. Consiguió romper varias costillas, narices y muñecas a sus ocho atacantes. Le atravesaron el riñón con un pincho: lo derribaron como a un rinoceronte y lo dejaron desangrarse en el suelo.
Entonces se acercó uno de los blancos.
—Violador de niñas —dijo el neonazi, y le escupió en la cara.
Comenzó a tramar su venganza allí mismo, tumbado en el suelo de cemento, mientras la sangre formaba un charco alrededor de su cabeza.
Los funcionarios no eran idiotas. Si lo devolvían al módulo central, estaba muerto.
Si lo devolvían al de protección, algún otro acabaría muerto.
Así que ¿qué podían hacer? Encerrarlo en aislamiento, el único lugar que quedaba.
Él solo tardó una semana en darse cuenta de que, después de todo, su abogado de mierda había tenido razón: la seguridad media era lo mejor que podía esperar un tipo como él.
A partir de entonces pasó el tiempo solo en una celda de metro ochenta por dos cuarenta.
Le permitían salir una hora al día para asearse o hacer ejercicio en un patio cercado del tamaño de una perrera.
Desde una ventana rectangular del tamaño de su cara, vio cómo las hojas pasaban de verdes a doradas y luego a marrones.
Cómo los árboles pasaban de estar frondosos a desnudos y luego cubiertos de nieve.
Cómo las estaciones se sucedían con dolorosa lentitud, mes tras mes, año tras año.
Lo mejor que podía esperar era convertirse en un «fajinero», un preso de confianza que se encargaba de las tareas domésticas del bloque de celdas, a cambio de una un poco más grande. Sí, llevaba una vida muy glamurosa. La mayor emoción del mundo era encender la televisión y ver a Britney Spears.
Tanto tiempo. Para sentarse. Para rumiar. Para planear lo que debería suceder a continuación.
Las prisiones tenían que ver con el poder.
El poder tenía que ver con el dinero. Lo odiaban, lo temían, y él era paciente.
Acumulaba cigarrillos, construía su alijo.
Esperaba a que entrara sangre nueva entre los muros de cemento, alguien a quien le importara menos lo que él había hecho y más lo que se podía hacer.
Le llevó ocho años. El afortunado candidato fue un chico no mucho mayor de lo que él había sido al principio, excepto que este era todo huesos y tenía la cara llena de acné.
Resultó que había hecho películas indecentes protagonizadas por las niñas pequeñas de la guardería de su madre.
El chico fue directamente al módulo de protección, donde se pasaba las noches con los ojos abiertos, sabiendo que no tenía ninguna posibilidad y esperando a que el hombre del saco fuera a por él.
Él llegó primero al chico. Le había pasado algo de dinero a un guardia, quien a su vez le pasó al chico una nota firmada por el «señor Bosu».
Un poco más de dinero, algunas notas, y el chico estaba preparado y dispuesto.
El señor Bosu lo había convencido. Si el chico planeaba sobrevivir, tenía que golpear primero y hacerlo con fuerza, labrarse una reputación en esas primeras semanas, y todos lo dejarían en paz.
El chico se creyó el sermón; el señor Bosu le ofreció más consejos. Cómo fabricar un pincho, cómo ocultarlo. Cómo sacar la pieza de metal afilada con rapidez y atacar por sorpresa. Ah, y cómo elegir un objetivo.
Al hombre no le importaban los hispanos. Que les dieran, matarían a cualquier blanco solo por diversión. El señor Bosu tenía un objetivo más importante.
Ocurrió un jueves. En la cafetería. El chico del porno servía la comida a los demás reclusos de máxima seguridad.
Los dos objetivos indicados se pusieron en la fila.
El chaval les dijo que esperaran, que tenía que ir a buscar comida recién hecha.
Dio la vuelta al mostrador sin que nadie le prestara atención.
Derribó al primer neonazi antes de que pudiera emitir ningún sonido. El segundo acababa de levantar su bandeja, desconcertado, cuando el chico ya estaba sobre su garganta.
El hombre oyó historias más tarde. Que el chico, que empapado no superaría los sesenta kilos, era sorprendentemente fuerte.
Que se había abalanzado sobre los dos supremacistas blancos como un mono araña, enseñando los dientes y con una mirada salvaje, para cortarles el cuello.
La sangre arterial salpicó dos metros y medio.
Los presos que ya estaban sentados no sabían si la mancha roja de sus camisetas era de los dos blancos que se retorcían o de la salsa marinara de sus espaguetis recocidos.
Se desató el caos. Los demás neonazis saltaron de sus mesas y, como los neandertales de cabeza hueca que eran, se lanzaron a por el hispano más cercano, en lugar de hacer algo con el chico de brazos largos que destrozaba a sus camaradas.
Los guardias irrumpieron en la cafetería, empuñando pesados escudos y disparando proyectiles de impacto cinético a cualquiera lo bastante estúpido como para permanecer de pie.
El lugar quedó aislado, con las alarmas y las sirenas sonando, mientras el chico se ponía de pie en medio de la carnicería, levantaba el pincho metálica en su puño ensangrentado y gritaba: —¡Ni se os ocurra tocarme, cabrones!
Fue un momento glorioso, pensó el hombre.
Estaba sorprendido y agradablemente complacido con su pupilo.
Dos días después, el chico desapareció, por supuesto.
Se encontró una cantidad ingente de sangre en la lavandería, pero no había rastro del cadáver.
Lo que se decía en los pasillos era que no tocaran los pasteles de carne.
Después de eso, el estado creó una unidad especial para investigar los «problemas con las bandas» en la prisión.
Y el alcaide los obligó a ver un vídeo sobre «sensibilidad racial».
A partir de entonces, todos procuraban decir: «No, esto se trata de ti , no de tu puta raza», justo antes de darle una paliza a alguien.
El hombre se sintió bien durante unos días antes de volver a su emocionante vida de mirar las musarañas.
Sin embargo, había rumores y susurros sobre el misterioso señor Bosu. Tenía amigos, tenía contactos. Nadie sabía muy bien quién era, pero, incluso entre rejas, podía conseguir cosas .
Estaba satisfecho. Desde los duros recovecos de aislamiento, había hecho algo especial: se había convertido en el hombre del saco de todos los presos.
Sabía, mientras corría cada día por el patio de ejercicios o pasaba el tiempo haciendo flexiones, dominadas, abdominales y sentadillas, que habría vida después de aquello. Iba a salir. Volvería al mundo. Más duro, más inteligente y más fuerte que nunca.
Y sería el mejor.
Antes era un muchacho. Había obedecido a sus impulsos, pero había cometido errores. Ahora era un hombre. Tenía experiencia. Entendía el valor de la paciencia. Y conocía el sistema legal al dedillo.
No habría un empleo en McDonald’s para el glorioso señor Bosu.
No habría una vida de trabajo pesado ni tendría que presentarse todos los días en algún empleo insignificante en el que se suponía que debería estar eternamente agradecido solo porque alguien hubiera contratado a un lamentable exconvicto como él.
Había cumplido su condena. Y no tenía intención de volver nunca a la cárcel.
Ah, no; tenía un gran proyecto para sí mismo. De hecho, todo un plan de carrera. Lo había pensado incluso antes de que se pusiera en contacto con él su misterioso Benefactor X, el que había conseguido su oportuna libertad condicional, el que le había pasado una lista de tareas.
El señor Bosu iba a ganar un montón de dinero. Y lo iba a hacer con lo que mejor sabía hacer: destruir vidas al azar.
El hombre sonrió. Aplastó el vaso de café desechable con el puño y se levantó de la mesa. La gente se giraba. La gente lo miraba fijamente. Luego, con la misma rapidez, la gente volvía a mirar a otro lado.
El señor Bosu había cometido un error veinticinco años atrás. La había dejado vivir.
No pensaba cometer el mismo error otra vez.