Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Bobby salía del hospital cuando se percató de los pasos que sonaban tras él.

Aceleró el ritmo, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y la cabeza gacha, como si mirara al suelo, aunque en realidad ese ángulo le permitía echar un vistazo detrás.

Zapatos de vestir, negros y muy brillantes, constató.

Zapatos de chulo, los llamaría su padre.

Giró bruscamente a la izquierda en una esquina y vio mejor al hombre que lo seguía cuando este se tardó en reacción y se desvió para tomar la curva. Gabardina larga beige , bien confeccionada. Pantalones de vestir negros, con un dobladillo perfecto. Un abogado, pensó Bobby. Entonces, de repente…

Se detuvo en seco ante la pared de una tienda, lo que pilló desprevenido a su perseguidor. El hombre, mayor y corpulento, con un pelo castaño entrecano que apenas le rozaba las orejas y que llevaba peinado a la perfección, se detuvo de inmediato, levantó las manos y le dedicó una sonrisa radiante.

—Ah, me ha pillado.

—Y ahora es cuando se larga.

Bobby dio un paso amenazador hacia delante, pero el hombre se limitó a sonreír de nuevo.

—¿Qué va a hacer, agente Dodge? ¿Agredirme en medio de una calle llena de gente? Ambos sabemos que no es de los que se enfrentan cara a cara. Ahora bien, si le diera un rifle, cincuenta metros de distancia y una habitación a oscuras…

Bobby le agarró las solapas de la gabardina. Tres peatones se dieron cuenta y se alejaron con rapidez.

—Póngame a prueba —espetó Bobby.

—Vamos, Bobby…

—¿Quién demonios es usted?

—Un amigo.

—Bueno, amigo, empiece a hablar o en treinta segundos le arranco los huevos.

El hombre soltó una risita nerviosa. Ya había intentado poner a prueba a Bobby una vez. No parecía tan seguro de querer intentarlo una segunda.

—Solo quiero hablar —dijo el hombre.

—¿Por qué?

—Porque sé cosas que debería escuchar.

—¿Es abogado?

—Investigador.

—¿Para quién trabaja?

—Venga, Bobby, ya sabe para quién.

Él lo pensó y entonces cayó en la cuenta.

—Para James Gagnon.

—Técnicamente, para Maryanne Gagnon; la demanda está a su nombre. Por cierto, me llamo Harris. —El hombre intentó darle la mano. Bobby la ignoró—. Harris Reed, de Reed and Wagner Investigations, quizá haya oído hablar de nosotros.

—No.

— Touché . ¿Le importaría soltarme la gabardina? Y podríamos dar un pequeño paseo. Parece un hombre al que le gusta hacer ejercicio. Aunque imagino que su reunión con Catherine Gagnon lo habrá dejado sin aliento.

Bobby soltó despacio al hombre.

—Me ha estado siguiendo.

—Más bien, he mostrado un gran interés por sus actividades. ¿Caminamos?

Harris señaló la acera. Bobby apretó los labios, pero, tras un momento, reanudó la marcha a regañadientes. Tenía curiosidad y ambos lo sabían.

—Es guapa, ¿verdad? —observó el investigador. Bobby no respondió—. ¿Sería más fácil si fuera fea? —preguntó Harris—. Imagino que debe ser desconcertante conocer a la mujer del hombre al que has matado y fantasear con follártela.

—Vaya al grano.

—Usted ha estado haciendo preguntas, agente Dodge.

Ya que las hace, creo que debería escuchar todas las respuestas.

¿Me permite? —Bobby no protestó y el investigador comenzó su discurso—: Trabajaba en la sección de perfumería de los grandes almacenes Filene’s.

¿Se lo contó? Sí, la elegante y hermosa señora Gagnon se ganaba la vida rociando perfume a los clientes.

No solo había dejado la universidad, sino que no tenía ninguna cualificación que le sirviera para encontrar trabajo.

Vendía perfumes, vivía en un apartamento infestado de cucarachas en el este de Boston y llevaba el mismo vestido un día sí y otro no. Hasta que conoció a Jimmy, claro.

—¿Jimmy tenía dieciocho años?

—En realidad, tenía veintisiete en aquel momento.

—Entonces, era un adulto. Sabía lo que hacía.

—Eso es lo que se podría pensar —asintió Harris con suavidad—. Pero, con una mujer como Catherine, las apariencias engañan.

—Es un lobo con piel de cordero, blablablá. Siga.

—Jimmy Gagnon era un poco mujeriego. Seguro que ha oído historias: un hombre guapo, divertido, de espíritu libre y, por supuesto, muy generoso.

Muchas mujeres habían pasado por su vida.

Sus padres, lo confieso, empezaban a preocuparse un poco, y se preguntaban si sentaría la cabeza.

Y conoció a Catherine. Él sonrió, ella lo roció con perfume y el resto, como se suele decir, es historia.

»Mis jefes, James y Maryanne, estaban entusiasmados al principio. Catherine parecía encantadora, tranquila, quizá incluso un poco tímida. Y, por supuesto, Jimmy les contó todo sobre su trágica vida.

—Algunas desgracias —murmuró Bobby.

—¿Perdón?

—Nada.

—Debería buscar el nombre de Catherine alguna vez.

Mire en 1980, cualquier entrada bajo «Milagro de Acción de Gracias».

Así la llamaban por aquel entonces, después de que un pederasta la secuestrara y la retuviera como su esclava sexual durante veintiocho días en un agujero que había cavado en el suelo.

Unos cazadores la encontraron por casualidad.

De lo contrario, solo Dios sabe lo que le habría pasado.

»A Jimmy le pareció una historia fascinante.

Tendría que haber visto a Catherine hace seis años, cuando se conocieron.

Demasiado delgada, con los ojos hundidos y un vestido raído.

No solo era hermosa, también tenía un aire trágico, toda una damisela en apuros.

Le dijo a Jimmy que él era la única oportunidad de ser feliz que había tenido nunca, y él se lo tragó todo: anzuelo, sedal y caña completa.

En cuestión de meses se comprometieron y se casaron.

Catherine Gagnon llegó, vio y conquistó.

Ya habían recorrido una manzana y devoraban con rapidez la segunda.

—Así que Jimmy consiguió una mujer hermosa y Catherine consiguió una cuenta bancaria. —Bobby se encogió de hombros—. Suena como la mitad de los matrimonios de los ricos y famosos. ¿Cuál es el problema?

—Su hijo. Catherine y Jimmy tuvieron a Nathan solo un año después, y ella sufrió una crisis nerviosa.

La verdad era que no soportaba ser madre.

Y, por primera vez, James y Maryanne empezaron a tener miedo.

No solo de lo que Catherine le hacía a Jimmy, sino de lo que le podía hacer a Nathan.

—Harris cambió de tema—. Catherine solo tenía doce años cuando Richard Umbrio la secuestró.

Yo era policía, ¿sabe?, trabajaba en Homicidios, en Baltimore.

No importa cuántos casos hayas visto, los secuestros de niños son lo peor.

Allí estaba esa pobre chiquilla, que volvía a casa del colegio.

De repente, la metieron en un coche, y seguro que gritó a pleno pulmón, pero nadie oyó nada.

»Y Richard no era pequeño, no era uno de esos pederastas de aspecto afeminado que se ven a menudo, de los que tienen que cebarse con niños porque es obvio que no pueden enfrentarse a nadie de su tamaño.

No, a la tierna edad de veinte años, Richard Umbrio medía un metro noventa y tres y pesaba cien kilos.

Sus vecinos ya tenían la costumbre de cruzar al otro lado de la calle para no tener que mirarlo a los ojos.

Catherine, por su parte, pesaba unos treinta y seis.

¿Qué podía hacer una niña contra un tipo como él?

Déjeme ser el primero en decir que no hay un infierno lo bastante grande para algunos de los cabrones que andan por la tierra.

»Richard la llevó al bosque, no muy lejos de su casa.

La escondió bajo tierra, donde podía visitarla siempre que quisiera sin que nadie oyese nada.

Le dio una lata de café para que la usara como retrete, una garrafa de agua y una barra de pan.

Eso fue todo. Sin linterna, sin catre, sin manta para abrigarse.

La mantuvo allí abajo como a un animal. Y, durante casi un mes, le hizo lo que quiso cuando quiso.

»Hay que preguntarse qué le hace a una niña ese nivel de abuso sistemático. Hay que preguntarse cómo se debió sentir. Abandonada en la oscuridad durante largos periodos de tiempo para tener compañía en forma de un violador en serie. Solo pensarlo enfurece, ¿verdad?

Bobby seguía sin responder, pero tenía la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños a los lados. Tenía la sensación de que Harris aún no había llegado a la parte mala. Aquello era solo el preludio; Harris todavía estaba calentando.

—Quizá Catherine tuvo suerte cuando la encontraron —señaló entonces el investigador—.

O quizá no. ¿Cómo se recupera una persona de algo así?

¿Es posible que una chica deje todo eso atrás y vuelva a la normalidad?

—Harris esperó un instante. Luego anunció—: Catherine dejó de dormir en el momento en que nació Nathan.

Jimmy la encontraba paseándose por la casa, encendiendo las luces una y otra vez.

Él la llevaba a la cama, ella saltaba por el otro lado.

Él apagaba las luces, ella las volvía a encender, incluida la del horno.

Y no eran solo sus extrañas compulsiones.

»Cuando cogía a Nathan, lo sostenía con rigidez, alejado de su cuerpo.

Cuanto más gritaba el bebé, más lo cargaba como si fuera una lata de conserva que no sabía dónde dejar.

Al tercer día, Jimmy la encontró de pie junto a la cuna: sostenía una almohada.

Jimmy le preguntó qué hacía y ella respondió que Nathan le había dicho que estaba cansado y necesitaba dormir.

Jimmy llamó a sus padres, presa del pánico.

Los Gagnon estuvieron de acuerdo en que no debía dejar a Nathan solo con Catherine nunca más, y buscaron una niñera.

»Es cierto que las cosas se calmaron un poco tras contratarla, sobre todo porque Catherine le entregó a su hijo y nunca miró atrás.

Literalmente. La niñera se llevó al bebé y Catherine se fue a un balneario.

Jimmy se sintió un poco frustrado, como puede imaginar.

Pensaba que se había casado con una joven encantadora, incluso que la había rescatado, y así era como ella le pagaba, abandonando a su hijo, viajando por Europa y relacionándose con un montón de tipos a los que le gustaba llamar «amigos».

Para ser sinceros, quizá Jimmy no fuera el marido más fiel, pero tampoco tenía, digamos, un matrimonio feliz.

—Entonces, ¿por qué Jimmy no la dejó? —preguntó Bobby—. ¿O era mucho más divertido pegarle?

—Ah, las infames palizas. Así que ya se ha enterado.

Bueno, digamos que los rumores sobre el maltrato conyugal pueden ser muy exagerados.

Encuéntreme un informe policial. Encuéntreme una caja fuerte llena de fotos, o al menos un testigo que lo corrobore.

Las historias son fáciles de contar; ciñámonos a los hechos.

—Hecho número uno. —Bobby contó con los dedos—. Si Jimmy era tan infeliz en su matrimonio, ¿por qué no se marchó?

—Lo hizo. Esa fue la primera vez que Nathan se puso «enfermo».

—¿Qué?

—Lo ha entendido bien. Jimmy intentó dejar a Catherine y Nathan se puso enfermo como por arte de magia.

Nathan estaba muy enfermo, según ella. Necesitaba pruebas especiales, necesitaba atención médica.

Contrató a los mejores expertos que el dinero podía comprar y Jimmy regresó a casa de inmediato.

Su hijo estaba gravemente enfermo, por el amor de Dios.

No podía dejar a su mujer en un momento así.

»Y ese era el patrón. Jimmy sorprendía a Catherine en la cama con su sastre, él se enfadaba y Nathan acababa en el hospital.

Enfermo, sin duda, «vomitando, con fiebre, desnutrido» hasta el momento en que Jimmy se comportaba como debía.

Entonces sucedía el milagro y Nathan se recuperaba.

Como puede imaginar, James y Maryanne se preocuparon mucho.

No solo era que Jimmy fuese ya un manojo de nervios, sino que no soportaban pensar en lo que le ocurría a su nieto.

—Y empezaron a acusarla de maltrato infantil —añadió Bobby. Dejó de caminar y miró a Harris a los ojos—. ¿Tiene alguna prueba que respalde esa historia, Harris? Porque el propio médico de Nathan insiste en que hay una base médica para lo que sucede.

—¿El doctor Lancelot? —Harris resopló y se detuvo a su lado—.

Salude a su mujer y a sus hijos de mi parte.

Catherine tiene a ese pobre idiota comiendo de su mano; él diría que la luna está hecha de queso azul si pensara que eso la haría feliz.

Hace seis meses, Jimmy descubrió que se había estado acostando con el buen doctor.

Y ahí fue cuando entré en escena para vigilar a Catherine, intentar averiguar qué ocurría con Nathan y, llegado el caso, para proteger a Nathan Gagnon.

Jimmy ya había tenido suficiente. Hace seis meses, empezó a hacer planes para divorciarse.

Estaban en una esquina. El tráfico se intensificó y el ruido se hizo más fuerte. Pero, de repente, eso no importó. De repente, Bobby supo lo que el investigador iba a decir.

—James y Maryanne tenían razón al sospechar —le dijo Harris en voz baja—.

Por desgracia, subestimaron lo inteligente que puede llegar a ser Catherine.

Centraron su atención en Nathan, sin preocuparse nunca por el pobre Jimmy.

El martes por la mañana, Jimmy Gagnon solicitó de manera oficial el divorcio de Catherine Gagnon.

Y solo sesenta horas después estaba muerto.

Dígame usted, agente, ¿no es demasiada coincidencia?

—Vamos, Harris. Fue una llamada por violencia doméstica. Ella no tenía forma de saber lo que iba a ocurrir.

—¿Vio la televisión el jueves por la noche, agente Dodge?

¿Oyó las noticias sobre que la policía de Boston había tenido que acudir a otro aviso, los mismos agentes que conocían a Jimmy y Catherine y que habrían sabido manejar la situación con algo más tacto?

Me pregunto si Catherine también vio la televisión esa noche.

—Aun así, no podía saber que Jimmy volvería a casa borracho, que se enfadaría, que cogería un arma…

—¿En serio? Porque conozco a muchas mujeres que saben de sobra cómo sacar de quicio a sus maridos, la mejor manera de provocar una pelea, la forma más rápida de hacerles perder los estribos.

Seguro que lo ha visto antes, agente Dodge.

No hay ninguna mujer que no sea capaz de poner a su marido en condiciones de matar.

—Le dirigió una mirada significativa. Esta vez, Bobby no se apresuró a responder.

»Lo volverá a llamar —afirmó Harris—. Le dirá que su hijo está gravemente enfermo. Le dirá que usted es la única esperanza que le queda. Le suplicará que la ayude. Es lo que hace, agente Dodge: destruye la vida de los hombres.

—¿De verdad cree que mataría a su propio hijo solo para vengarse de su marido?

Harris se limitó a encogerse de hombros.

—Los hombres pueden ser violentos, agente Dodge, pero, seamos sinceros: las mujeres son crueles.