Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Tengo entendido que usted está a cargo del tratamiento de Nathan Gagnon —expuso Bobby.

—Durante el último año, sí. Otra pediatra, la doctora Wagner, me derivó a Nathan cuando ella no logró avances en su tratamiento.

—¿Nathan tiene alguna enfermedad?

—Oficialmente, figura como fallo de medro.

—¿Fallo de medro? —preguntó Bobby. Sacó un pequeño cuaderno de espiral y un bolígrafo.

—Retraso en el crecimiento. Desde que nació, ha estado por debajo de la media en cuanto a tamaño, peso e hitos del desarrollo. No se está desarrollando de forma «normal».

Bobby frunció el ceño, sin estar seguro de entenderlo.

—¿El niño es demasiado pequeño?

—Bueno, ese es un factor. La estatura de Nathan, de ochenta y seis centímetros, lo sitúa en el uno por ciento inferior para un niño de cuatro años, y su peso, menos de doce kilos, no alcanza en absoluto la curva de crecimiento. Sin embargo, su condición tiene que ver con algo más que el tamaño.

—Explíquese.

—Desde que nació, Nathan ha sufrido vómitos, diarrea y fiebres altas.

Parece estar siempre desnutrido: ha tenido raquitismo y sus niveles de fosfato en sangre son demasiado bajos, al igual que sus niveles de glucosa.

Como he dicho antes, se ha quedado atrás en casi todos los parámetros tradicionales de desarrollo: no se sentó hasta los once meses, no le salieron los dientes hasta los dieciocho y no empezó a caminar hasta pasados los dos años.

Nada de eso se considera bueno. Y, en el último año, su estado parece haber empeorado.

Ha tenido varios ataques de pancreatitis aguda y dos fracturas óseas. No ha crecido de forma adecuada.

Bobby pasó una página de su cuaderno.

—Hablemos de las fracturas. ¿No es inusual que un niño de cuatro años se rompa dos huesos en un año?

—No para un paciente como Nathan.

—¿Qué quiere decir?

—Nathan sufre hipofosfatemia, es decir, tiene un nivel bajo de fosfato. Esto, combinado con el raquitismo, hace que sus huesos sean muy frágiles y propensos a fracturarse. Para que conste, también le salen moratones con bastante facilidad.

Bobby levantó la mirada de golpe.

—¿Por qué dice eso?

—Por eso está aquí, ¿no? Para averiguar si lo maltratan. Para convencerse de que mató al hombre correcto. —El doctor Rocco añadió en voz baja—: Que conste, creo que fue un buen disparo.

Bobby frunció el ceño. No esperaba ese giro en la conversación, que lo abordaran de frente. Se sentía demasiado expuesto y eso lo cabreó.

—¿Cree que Nathan sufría malos tratos? —preguntó con voz tensa.

—Hay muchas formas de hacer daño a un niño —respondió el doctor Rocco.

—¿Alguien le rompió los huesos a Nathan?

—No. El raquitismo le rompió los huesos a Nathan Gagnon. Lo sé por las radiografías.

Bobby se recostó en el asiento. La valoración del doctor Rocco no le gustó. De hecho, lo dejó más confundido que nunca.

—Entonces, ¿qué le ocurre a ese niño? ¿Por qué tiene todos esos problemas?

—No lo sé.

—¿No lo sabe?

—Eso es lo que indica un diagnóstico de fallo de medro: que no lo sabemos. No podemos determinar la causa exacta, por lo que el niño sigue bajo el diagnóstico general de «retraso en el crecimiento».

—Bueno, doctor, habrá explorado algunas posibilidades, ¿no?

—Claro. Le hicimos pruebas iniciales: hemograma completo, niveles de plomo, análisis de orina y una serie de valores electrolíticos.

Le hemos hecho pruebas de diabetes, reflujo, malabsorción y fibrosis quística.

Uno de los mejores endocrinólogos del país ha examinado a Nathan para detectar enfermedades tiroideas, trastornos metabólicos y desequilibrios hormonales.

Luego, un nefrólogo estudió sus riñones y le hizo más pruebas relacionadas con los electrolitos, diabetes y anemia.

He examinado a Nathan, lo he estudiado y lo he enviado a los mejores especialistas que conozco.

Y sigo sin tener un diagnóstico. Desde el punto de vista médico, Nathan Gagnon no tiene ningún problema grave, salvo el hecho de que está muy muy enfermo.

Bobby empezaba a odiar aquella conversación. Hizo girar el bolígrafo entre los dedos, luego lo dejó y lo volvió a coger.

—No le gustaba Jimmy Gagnon —dijo sin rodeos.

—Nunca lo conocí.

—¿Nunca?

—Nunca. Nathan ha venido a mi consulta dos o tres veces al mes. De hecho, lo han llevado a urgencias cuatro veces en los últimos seis meses. Y ni una sola vez he visto a Jimmy Gagnon. Eso ya dice mucho.

Bobby observó el aspecto de club de campo del médico.

—¿Cuándo empezó a acostarse con Catherine?

El hombre no se molestó en fingir sorpresa.

—Ella se merecía algo mejor —respondió con serenidad.

—¿Era una mujer abandonada?

—Peor. —El médico se inclinó hacia delante, con expresión seria—. Aún no está haciendo las preguntas adecuadas. Quizá Nathan tuviera una razón médica para sufrir hematomas con facilidad, pero Catherine no.

—¿Jimmy la golpeaba?

—Yo mismo vi los moratones.

—¿Ojos morados?

—Dele un poco de crédito al hombre. Nunca la golpeaba donde cualquiera pudiera verlo. Fui al instituto con chicos como Jimmy. Pensaban que pegar a sus novias en privado les daba cierta clase.

—Podría haberlo denunciado.

—¿En serio? ¿Para que algún policía me mirara como usted me mira ahora? Ni siquiera hacía falta que me acostara con ella. Con solo querer acostarme con ella, ninguno de esos machotes con uniforme me habría tomado en serio.

—¿Alguna vez pensó en enfrentarse a Jimmy usted mismo?

—Lo pensé.

—¿Y?

—Fui a su casa una vez. Sabía que Catherine y Nathan no estaban. Llamé a la puerta, pero no había nadie.

—¿Y no volvió? El hombre maltrataba a la mujer que ama, se presentó en una casa vacía ¿y consideró que eso era suficiente? —La voz de Bobby era fría.

—¿Qué quería que hiciera? —preguntó el doctor Rocco con tono severo—. ¿Amenazarlo con una pistola?

La pullita tenía la intención de herir. Bobby se limitó a encogerse de hombros y le dijo con sinceridad: —Es lo que yo habría hecho.

El doctor Rocco se sonrojó. Se alejó de Bobby, cruzó los brazos sobre el pecho y clavó la mirada en un punto de su escritorio.

—Le dije que lo dejara —soltó por fin.

—¿Y que usted se ocuparía de ella? —Bobby miró adrede la mano izquierda del médico, en la que llevaba un anillo de oro.

Una vez más, el buen doctor se negó a dejarse intimidar.

—Habría sido un honor para mí.

—Pero ella no lo hizo. Se quedó.

—Dijo que yo no sabía lo que decía. Dijo que, si alguna vez dejaba a Jimmy, él destruiría su vida y la de cualquiera que intentara ayudarla. Dijo que mi carrera se iría al traste.

—¿Y la creyó?

—No. Sí. No lo sé. No conocí a Jimmy Gagnon, ¿recuerda?

Solo había oído historias. Pero, hace seis meses, Jimmy se enteró de nuestra…

relación. Yo había escrito algunas cartas.

Supongo que Catherine no tuvo el valor de destruirlas.

Las cosas eran difíciles para ella. Las escribí para darle esperanza. —Bobby esperó.

»Al día siguiente, un investigador privado se presentó en mi consulta y me hizo todo tipo de preguntas sobre Nathan.

Tenía una declaración jurada firmada por Jimmy en la que exigía la entrega del historial médico de su hijo.

En diez minutos, la estrategia del investigador quedó clara.

Quería saber si el estado de Nathan podía ser el resultado de una inanición prolongada o de algún otro tipo de maltrato por parte de los padres.

Insinuó que Catherine causaba la enfermedad de Nathan, que mataba de hambre a su hijo.

—¿Es eso posible?

—No lo creo.

—¿No lo cree? —Bobby arqueó ambas cejas—. Acaba de decirme que el niño tiene algún tipo de enfermedad difícil de diagnosticar. ¿Y ahora me dice que ella podría ser la causante?

—Mire, sin haber identificado una causa específica para la condición de Nathan, desde el punto de vista médico, no puedo descartar nada.

Sí, uno de sus padres o los dos podrían estar matándolo de hambre.

O alguien podría haber adulterado su comida o haberlo manipulado mentalmente para que no coma.

Como médico, he hecho un seguimiento con Catherine, Nathan y las distintas niñeras sobre sus hábitos alimenticios.

He obtenido respuestas que me aseguran que el niño recibe comida suficiente y adecuada.

Pero, al fin y al cabo, solo soy el médico.

Yo vuelvo a casa con mi familia y Nathan vuelve a casa con la suya.

—Entonces, ¿alguien podría estar maltratándolo?

—Es posible —dijo el doctor Rocco con impaciencia—.

Pero no creo que sea probable . Y eso es lo que le dije al investigador de Jimmy.

De todos modos, no importó. Dejé de ver a Catherine, ella se reconcilió con Jimmy y se acabaron las preguntas.

De eso se trataba. Jimmy quería dejarle claro quién mandaba.

Si Catherine lo dejaba, podía despedirse de su hijo y dar la bienvenida al sistema judicial penal.

Es una mujer inteligente. Hizo lo que tenía que hacer.

Y, para que conste, no sé qué demonios más le hizo Jimmy, pero, el día que Catherine vino a mi oficina para terminar con todo, apenas podía caminar.

Ese era el tipo de hombre que era Jimmy Gagnon.

Así que ya se lo he dicho una vez y se lo repito: en mi opinión, agente Dodge, fue un buen disparo.

Bobby entrecerró los ojos.

—Con Jimmy muerto, ¿cree que Nathan podría empezar a mejorar como por arte de magia?

—No lo sé. Y, la verdad, ya no es mi responsabilidad. Esta mañana he dejado de ser oficialmente el médico de Nathan. Lo he derivado al doctor Iorfino, tal y como me indicó el doctor Gerritsen, jefe de Pediatría.

—¿Lo ha apartado como médico de Nathan? —preguntó Bobby, sorprendido—. ¿Su propio jefe?

—Le sorprendería el poder que ejerce el juez Gagnon —dijo el doctor Rocco en voz baja. Luego esbozó una extraña sonrisa—. Pero no se preocupe, agente. No estoy tan indefenso como cree. El doctor Iorfino es genetista. Llámelo corazonada, pero creo que al final seré yo quien se ría el último.