Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 8
23%

Capítulo 8

Bobby se despertó aturdido por el sonido del teléfono. Durante un momento, permaneció tumbado bocarriba, parpadeando y sintiendo los latidos en su cabeza. Dios, apestaba a cerveza.

El teléfono volvió a sonar y un destello de esperanza le atravesó la mente: Susan.

Cogió el teléfono.

—¿Diga?

—¿Robert Dodge? —La mujer al otro lado no era Susan y se sorprendió de lo decepcionado que se sintió.

—¿Quién es?

—Soy Catherine Gagnon. Creo que usted disparó a mi marido.

Dios mío. Bobby se incorporó. Las persianas estaban bajadas, y en la oscuridad de su habitación no conseguía orientarse.

Recorrió el cuarto con la mirada hasta que encontró el reloj de la mesilla de noche y leyó los números rojos brillantes.

Las seis y cuarenta y cinco de la mañana.

¿Cuánto había dormido, tres, cuatro horas? No lo suficiente.

—No podemos hablar —dijo.

—No lo llamo para culparlo.

—No podemos hablar —repitió con más énfasis.

—Agente Dodge, no estaría viva ahora mismo si usted no hubiera hecho lo que hizo. ¿Es eso lo que necesita oír?

—Señora Gagnon, hay demandas, hay abogados. No podemos hablar.

—Entendido. Creo que puedo llegar al museo Isabella Stewart Gardner sin que me sigan. ¿Usted puede?

—Señora…

—Estaré allí después de las once. En la sala Veronese.

—Que disfrute de la visita.

—¿Nunca ha oído el dicho, agente Dodge? El enemigo de tu enemigo es mi amigo. Usted y yo tenemos el mismo enemigo, lo que significa que ahora somos la única esperanza que le queda al otro.

A las once y cuarto de la mañana, Bobby la encontró frente a un retrato de Whistler bañado en vivos tonos azules.

La obra representaba a una mujer recostada, desnuda, de curvas voluptuosas y envuelta en brillantes telas orientales.

En contraste, Catherine Gagnon destacaba como una silueta austera.

Largo cabello negro, vestido oscuro entallado, tacones azabaches finos.

Incluso de espaldas era una mujer llamativa.

Esbelta, reservada, rezumaba riqueza y buena educación.

Bobby decidió que era demasiado delgada para su gusto, demasiado rica, pero ella se giró y él sintió que algo se le tensaba en el bajo vientre.

Sería por su forma de moverse, pensó. O tal vez fuera la forma en que sus oscuros y grandes ojos dominaban su rostro pálido y anguloso.

Ella lo miró. Él la miró. Y, durante un largo instante, ninguno de los dos dio un paso.

La primera vez que Bobby la había visto, había tenido la impresión de que era una madona de cabello oscuro, una madre esbelta que envolvía protectora a su hijo pequeño.

Ahora, con las acusaciones de abuso infantil frescas en su cabeza, veía a una viuda negra.

Era fría. Había sido atrevida por llamarlo así, de improviso.

Y, decidió, que seguramente era peligrosa.

—Puede relajarse —indicó Catherine en voz baja desde el otro lado—. Es un museo de arte. No se permiten cámaras, ¿recuerda?

—Muy lista —reconoció Bobby.

Ella le dedicó una fugaz sonrisa antes de volver a centrar su atención en la obra.

Al final, él se acercó y se situó frente a la obra de Whistler, aunque dejó bastante distancia entre ellos.

La sala aún no se encontraba llena; principios de noviembre era temporada baja en Boston.

Demasiado tarde para ver las hojas otoñales, demasiado pronto para las compras navideñas.

Bobby y Catherine compartían la opulenta sala de la mansión-museo con solo otras cuatro personas, y ninguna de ellas parecía prestarles atención.

—¿Le gusta Whistler? —preguntó Catherine.

—Yo soy más fan de Pedro Martínez.

—¿Cree en la maldición de los Red Sox?

—No he visto nada que demuestre lo contrario.

—Me gusta este estudio de Whistler —señaló ella—. Las largas y sensuales líneas de ese cuerpo femenino contra esa opulenta tela azul. Es erótico en extremo. ¿Cree que esa mujer era solo una modelo o que, después de posar, se convirtió en su amante?

Bobby no dijo nada. Ella no parecía necesitar una respuesta.

—Tenía fama de ser un donjuán, ¿sabe? Sin embargo, en 1888, pocos años después de pintar esta obra, al parecer se casó con el amor de su vida, Beatrice Godwin. Ella murió ocho años después de cáncer. Qué pena. ¿Sabía que Whistler era un artista local? Nació en Lowell, Massachusetts…

—No he venido por el arte.

Ella se limitó a arquear una ceja.

—Es una pena, ¿no cree? Es un museo maravilloso.

Él la miró de nuevo y ella por fin cedió.

—Subamos. Al tercer piso.

—¿Más Whistler?

—No, más intimidad.

Subieron por la amplia y sinuosa escalera hasta la última planta del museo.

Pasaron junto a más gente y varios guardias que permanecían impasibles en las salas designadas.

Catorce años antes, dos ladrones disfrazados de policías de Boston habían robado trece obras de aquel museo.

El robo le había dado al edificio un cierto grado de notoriedad que los guardias de seguridad no olvidaron.

Ahora examinaban escrupulosamente a cada persona que pasaba, lo que hacía que Bobby desviara la mirada.

Cuando llegaron al tercer piso, se dio cuenta de que respiraba con más dificultad de la necesaria. Catherine Gagnon tampoco estaba tan serena como pretendía aparentar. Vio que le temblaban las manos a los lados. Como si sintiera su mirada, detuvo el movimiento y apretó los puños.

Ella caminó hasta el fondo y él la siguió, fijándose en cosas en las que no quería, como el aroma de su perfume, intenso, a canela, como un calor apenas contenido.

O su forma de caminar, ágil, elegante como un gato.

Hacía ejercicio. Yoga o pilates, supuso.

En cualquier caso, era más fuerte de lo que parecía.

En la sala trasera del tercer piso no había nadie. Bobby y Catherine se colocaron al azar, cerca, pero no demasiado, y ella empezó a hablar.

—Amaba a mi marido —explicó en voz baja—.

Sé que debe sonarle extraño. Cuando conocí a Jimmy, él era…

increíble, generoso, dulce. Me llevaba a París a pasar fines de semana relámpago y a hacer grandes compras.

Yo… había tenido algunos problemas antes en mi vida.

Algunas desgracias. Cuando conocí a Jimmy, sentí que las cosas encajaban por primera vez.

Él entró en escena y, literalmente, me dejó sin aliento. Era mi príncipe azul.

Bobby se preguntó qué significaba «algunas desgracias». Se preguntó, de hecho, por qué Catherine Gagnon le contaba eso. Él había matado a Jimmy Gagnon; no quería oír historias sobre ese hombre.

—Me equivoqué con él —dijo Catherine de repente—.

No era un caballero de brillante armadura.

Era un borracho y un maltratador, manipulador y carismático, que te sonreía si se salía con la suya y te perseguía con un cuchillo si no era así.

Era todo con lo que me había jurado a mí misma no casarme.

Pero no lo vi. No lo entendí hasta que fue demasiado tarde, y entonces solo pude preguntarme…

Tendría que haberlo sabido . ¿ Cómo había terminado casada con alguien como él?

Se detuvo de golpe, como quien que se muerde la lengua para no soltar una maldición. Se giró de nuevo, pero ahora sus pasos eran pesarosos, agitados, mientras caminaba de un lado a otro de la pequeña sala.

—¿Le pegaba? —preguntó Bobby.

—Puedo enseñarle los moratones. —Sus manos se movieron de inmediato hacia el cinturón de su vestido.

Él levantó la palma de la mano para detenerla.

—¿Por qué no se lo dijo a la policía?

—Eran policías de Boston. El padre de Jimmy, el juez Gagnon, ya había dictado una orden: si Jimmy tenía problemas, los policías debían llamarlo y él mismo se encargaba del asunto. A Jimmy le gustaba presumir de eso poco antes de dejarme inconsciente.

Bobby frunció el ceño. No le gustaban ese tipo de historias, que la policía hiciera la vista gorda, pero encajaba con lo que le habían contado dos policías de Boston. Jimmy Gagnon era un salvaje y utilizaba a su padre como salvoconducto para librarse de la cárcel.

—¿Y a su hijo?

—Jimmy nunca tocó a Nathan. Si lo hubiera hecho, lo habría dejado.

Lo dijo demasiado rápido; Bobby supo que mentía.

—Me parece que un hombre que la maltrata debería ser motivo suficiente para coger al niño y correr. Por supuesto, una vida huyendo no le permitiría tener tanto dinero.

—Oh, Jimmy no tenía dinero.

—¿No? ¿Qué considera una casa en el corazón de Back Bay?

—El padre de Jimmy la compró. Su padre compró la mayoría de las cosas que usábamos.

El dinero de Jimmy sigue inmovilizado en un fideicomiso.

Su padre es el albacea y reparte el dinero a su antojo.

Se trata de una cláusula que se remonta al tatarabuelo de Jimmy por parte de su madre.

Hizo una fortuna con el petróleo y luego se obsesionó con que las generaciones futuras no malgastaran la fortuna familiar.

Su solución fue inmovilizar los activos en fideicomisos que no vencen hasta que el heredero cumple cincuenta y cinco años.

Las generaciones posteriores han mantenido el mismo sistema.

Así que la familia tiene dinero, Maryanne heredó una cantidad escandalosa cuando cumplió cincuenta y cinco, pero Jimmy… Jimmy aún no tenía fortuna propia.

—¿Y ahora que ha muerto?

—El dinero va a Nathan, también en un fideicomiso. Yo no recibo ni un centavo.

Bobby seguía mostrándose escéptico.

—Pero seguro que hay disposiciones para el tutor del niño.

—El tutor de Nathan recibirá una asignación mensual —reconoció Catherine—.

Pero da por sentado que yo soy su tutora.

Esta mañana me han entregado unos documentos judiciales.

James y Maryanne me han demandado por la custodia de Nathan.

Afirman que intento matarlo. ¿Se lo imagina, agente Dodge?

¿Una madre que intenta hacerle daño a su propio hijo?