Capítulo 8 #2
Se acercó a él y se detuvo más cerca de lo que solían hacerlo los desconocidos. Volvió a percibir su perfume, la pálida curva de su esbelto cuello y la forma en que su largo y oscuro cabello caía sobre su espalda, una rica cortina negra tan erótica como lo era la tela azul del retrato de Whistler.
No hizo ningún otro movimiento, no dijo ninguna otra palabra y, sin embargo, había algo en ella que invitaba al contacto físico. Algo que lo atraía como hombre y le rogaba que la conquistara como mujer.
Jugaba con él. Utilizaba su cuerpo como arma, trataba de confundir la mente del pobre y estúpido policía. Y, aun sabiéndolo, seguía tentado de dar un paso adelante y presionar su cuerpo contra el de ella.
—Mi hijo está en el hospital —murmuró.
—¿Qué?
—Está en la UCI. Pancreatitis. Quizá a usted no le parezca algo que ponga en peligro su vida, pero, para un niño como Nathan, sí lo es.
Mi hijo está enfermo, agente Dodge. Está muy muy enfermo, y los médicos no saben por qué, así que mis suegros me culpan a mí.
Si consiguen hacer que su enfermedad sea culpa mía, podrán quitarme a Nathan.
Y tendrán a su nieto, y el dinero, solo para ellos.
A menos, claro está, que usted me ayude.
Bobby dejó que su mirada recorriera el cuerpo de Catherine.
—¿Y por qué iba a ayudarla?
Ella sonrió. Una sonrisa femenina, pero, por primera vez, Bobby también vio una chispa de emoción en sus ojos: estaba triste. Catherine Gagnon estaba profunda, terriblemente triste. Levantó una mano y posó los dedos sobre el pecho de Bobby.
—Nos necesitamos el uno al otro —dijo en voz baja—. Piense en la audiencia ante el secretario judicial…
—¿Sabe lo de la audiencia?
—Por supuesto que lo sé. Las dos mociones van juntas, agente Dodge. La batalla por la custodia es la base de la audiencia de causa probable. En resumen: si yo maltrato a Nathan, usted cometió un asesinato.
—Yo no he cometido ningún asesinato.
Los dedos de Catherine revolotearon sobre su pecho.
—Por supuesto. Igual que yo no soy el tipo de mujer que sueña con hacerle daño a su hijo. —Se inclinó hacia él, y su aliento le rozó los labios—. ¿No confía en mí, agente Dodge? Debería hacerlo, ¿sabe? Porque yo no tengo más remedio que confiar en usted.
Bobby necesitaba aire. Salió del museo, tomó un taxi hasta su casa y se quedó parado como un idiota en medio del salón. A la mierda. Salió a correr.
Bajó por G Street hasta Columbia Road. Se adentró en el parque, donde el tráfico rugía a su izquierda y a su derecha no había nada más que el océano.
Dejó atrás Heights en dirección a Point, pasó junto a la histórica casa de baños de L Street y vio cómo las casas pasaban de ser pulcras viviendas de tres plantas a auténticas mansiones.
Llegó a Castle Island, donde el viento le azotaba la cara y el mar golpeaba la orilla.
El tiempo era salvaje allí, el aire era una fuerza física que lo empujaba mientras él se esforzaba por avanzar.
Se abrió paso entre los muros de piedra del antiguo mirador, observó cómo los aviones de Logan ascendían hacia el cielo, como si apenas fueran a sobrepasar la isla.
Allí había un parque infantil. Los niños se deslizaban por el tobogán, abrigados para protegerse del frío.
Volvió a correr, percibía los sonidos de las risas de los pequeños mientras las notas bailaban con el viento.
Muchas familias se habían mudado al sur de Boston.
Antes eran niños de clase trabajadora que subían desde los distintos proyectos de viviendas sociales hasta Castle Island.
Ahora las familias eran de clase media, pero sus hijos jugaban con la misma despreocupación.
Se dirigió a casa, con los pulmones trabajando a pleno rendimiento. Por fin había despejado la niebla de su cabeza.
Ya de regreso, sacó la guía telefónica y, todavía empapado en sudor, comenzó a hacer llamadas. Encontró a quien buscaba al tercer intento.
—Tenemos a un Nathan Gagnon ingresado en la UCI —respondió una enfermera del hospital a su pregunta—. Lo trajeron anoche.
—¿Está bien?
—Bueno, por lo general no ingresamos a los que están sanos en cuidados intensivos. —La enfermera sonaba burlona.
—Me refiero a su estado. Soy de la Policía Estatal de Massachusetts. —Le dio su número de placa.
—Grave, pero estable —informó ella.
—Pancreatitis —recordó Bobby—. ¿Es mortal?
—Puede serlo.
—¿En este caso?
—Tendría que hablar con su pediatra, el doctor Rocco.
Bobby tomó nota.
—¿Ha estado el niño allí antes?
—Unas cuantas veces. De nuevo, agente, debería hablar con el doctor Rocco.
—De acuerdo, de acuerdo. Una pregunta más, si no le importa.
La enfermera pareció pensarlo y luego debió decidir que no le importaba.
—Adelante.
—¿El niño ha acudido alguna vez con otras lesiones? Ya sabe, huesos rotos, moratones inexplicables…
—¿Pregunta que si se cae mucho por las escaleras? —preguntó la mujer con sequedad.
—Exacto. ¿Qué tal las escaleras?
—Dos huesos rotos en los últimos doce meses. Dígamelo usted.
—Dos huesos rotos en los últimos doce meses —murmuró Bobby—. No me diga. Gracias. Me ha sido de gran ayuda. —Colgó el teléfono.
Bobby se sentó en el borde de la silla. La guía telefónica se encontraba abierta sobre su regazo.
El sudor le goteaba por la nariz y caía sobre el fino papel.
Volvía a sentir la oscuridad dentro de sí mismo, turbia y profunda.
Y pensó que lo que le apetecía hacer, más que correr, más que dormir, más incluso que hablar con Susan, era ir a un campo de tiro y disparar a un blanco hasta dejarlo irreconocible.
¿Qué decía eso de él?
Un hombre inteligente se habría olvidado de su encuentro con Catherine Gagnon. Había hecho su trabajo lo mejor que podía hacerlo un agente. Ahora debía desentenderse de todo aquello y marcharse.
Por supuesto, un hombre inteligente no se habría encontrado con una mujer como Catherine en un museo público. Y un hombre inteligente no se habría preocupado tanto por un niño al que apenas conocía.
Bobby cerró de golpe la guía telefónica.
—Doctor Rocco —repitió para sí mismo.
Se dirigió a la ducha.