Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Al girar hacia el sur de Boston, Bobby trató de averiguar qué debía hacer.

La doctora tenía razón: estaba cansado, hambriento y estresado.

Debería dar por terminada la noche, encerrarse en casa y descansar un poco.

Vivía en el primer piso de un adosado de tres viviendas; alquilaba las dos superiores para obtener unos ingresos extra, aunque muy pocos, ya que una de las inquilinas, la señora Higgins, había venido con la casa.

El anterior propietario le había estado cobrando ciento cinco dólares al mes durante los últimos veinte años, y Bobby no se había atrevido a cambiarle las condiciones.

La gente era así en aquel barrio. Se cuidaban unos a otros y, aunque él aún era un forastero, uno de los recién llegados que se habían instalado en el viejo barrio, sentía que debía estar a la altura del espíritu del lugar.

Así que mantuvo a la señora Higgins y a sus tres gatos por ciento cinco dólares al mes y, a cambio, ella le horneaba galletas con pepitas de chocolate y le contaba historias de sus nietos.

La señora Higgins iba a sentirse decepcionada con él. Le gustaba Susan; la aprobaba, como todos los demás en la vida de Bobby. Susan era dulce, Susan era amable. Susan era una mujer perfecta en todos los sentidos.

Y se había acabado. Bobby le había mentido a la psiquiatra, tal vez porque la certeza aún le dolía. Desde hacía cinco horas, Susan y él habían terminado. Había sido una fantasía, y se había acabado.

Se había despertado sobresaltado poco después de la una de la tarde, tembloroso y desorientado por el ruido del tráfico que entraba en la habitación iluminada por el sol.

Dios mío, se había quedado dormido y no había oído el despertador.

Estaba en la casa equivocada, no tenía su uniforme, joder, sí que estaba en un buen lío…

Y lo recordó: la noche, los disparos, los restos del cerebro de un hombre esparcidos en una lejana habitación.

Tumbado en la cama de Susan, sintió cómo le latía el corazón y, por un momento, temió estar sufriendo un infarto.

No podía respirar y le hormigueaba el brazo, con punzadas de dolor que le llegaban al pecho; Bobby jadeaba y resoplaba.

Entonces reparó en ella. La cabeza rubia de Susan, cálida y pesada sobre su hombro. La longitud de su cuerpo desnudo, pegado al suyo. La pierna izquierda, doblada sobre su cadera. Las sábanas, que olían a lavanda y sexo.

Sacó el brazo de debajo de ella y Susan se movió, se giró con un profundo suspiro y se volvió a dormir. Él la observó un instante más con una emoción que no supo nombrar. Quería tocar su mejilla. Quería inhalar su fragancia. Quería acurrucarse y aferrarse a ella como un niño.

Y pensó, casi con desesperación, que tal vez, si no se levantaba, el día no llegaría.

Él podría quedarse allí, ella podría quedarse allí; y él nunca tendría que contárselo y ella nunca tendría que saberlo.

Su mundo podría ser piel desnuda y cálida, cabello rubio revuelto y sábanas con aroma a lavanda.

Nunca tendría que enfrentarse a lo que había hecho. Nunca tendría que ser el hombre que había apretado el gatillo. Dios, la vida era una mierda.

Bobby se levantó de la cama para ir al baño, donde se dio cuenta de que no había tenido oportunidad de orinar desde las ocho de la noche anterior, y miccionó durante lo que le pareció una eternidad.

Luego se vistió, abrió el cajón inferior donde guardaba sus cosas y, procurando hacer el menor ruido posible, vació el contenido en su mochila.

Se detuvo en la puerta del dormitorio y observó las mejillas sonrosadas de Susan, los rizos revueltos de su cabello dorado. Y sintió un dolor que no cesaba.

Bobby ya casi nunca pensaba en su madre, pero, cuando lo hacía, casi siempre era en momentos como aquel. Cuando quería algo que sabía que no podía tener. Cuando estaba un poco desequilibrado, un poco roto y era un extraño permanente que siempre miraba desde fuera.

Recordó la forma en que la mujer había abrazado a su hijo la noche anterior, con la cabeza del niño apoyada en su pecho y las manos apretadas sobre sus oídos. Y se preguntó, de una manera oscura y premonitoria, si su madre había hecho alguna vez lo mismo.

A las dos de la tarde de un día soleado y luminoso, en el que debería haber estado patrullando la I-93 en busca de conductores temerarios, ebrios o que necesitaran ayuda, en el que debería haber seguido con su rutina de años, Bobby permaneció en la puerta del dormitorio de su novia y sintió que algo se le rompía por dentro.

Un dolor agudo y profundo. Un dolor físico auténtico.

Después pasó lo peor y solo quedó un dolor que ya se desvanecía, el eco de un dolor fantasma, un suave luto por lo que podría haber sido. Podría vivir con ello. De hecho, llevaba años viviendo con ello.

Y Bobby se marchó.

En cuanto la puerta principal se cerró tras él, Susan abrió los ojos y vio el espacio vacío en la cama. Lo llamó por su nombre, pero él ya estaba al final del pasillo y no la oyó.

La L Street Tavern era un bar de los de toda la vida que evocaba los tiempos de locales llenos de humo y partidas de dardos entre borrachos, antes de que los bares se convirtieran en franquicias nacionales libres de humo y aptas para familias, y en escenarios de populares comedias televisivas.

Muchos policías lo frecuentaban. También la gente del barrio.

Era el tipo de lugar donde un hombre podía relajarse.

Los viernes por la noche estaba abarrotado. Bobby pensó que tendría que quedarse de pie, pero entonces, al otro lado del local en penumbra, Walter Jensen, del Departamento de Policía de Boston, lo vio y se levantó de su taburete al instante.

—¡Bobby, amigo! ¡Ven aquí! Siéntate, estás en tu casa. Eh, Gary, Gary, Gary. ¡Invito a este hombre a una cerveza!

—Una Coca-Cola —dijo Bobby de inmediato, mientras se dirigía a la barra de madera, donde muchos hombres se giraban ya hacia él, algunos conocidos y otros no.

Detrás de la barra, Gary ya había empezado a servir una Killian’s.

—Cerveza —dijo Walt con firmeza—. El busca ya no va a sonar, Bobby. ¿Te acuerdas? Mientras estés de baja administrativa, te has quitado ese peso de encima. Así que siéntate, aflójate el cuello de la camisa y tómate una bien fría.

—Joder —dijo Bobby con cierta sorpresa—. Tienes razón.

Así que se tomó una cerveza. A la primera lo invitó Walt, que lo felicitó por un trabajo bien hecho.

—Me lo ha dicho el propio teniente Jachrimo en persona. Hiciste lo que tenías que hacer. Y nada menos que a través de un cristal. Joder, Bobby, eso sí que es disparar bien.

Luego Donny, también de la policía de Boston, quiso sumarse a los elogios. Él también lo invitó a una cerveza y aportó su opinión.

—Esto solo demuestra que el dinero no compra la felicidad. Walt, ¿cuántas veces hemos estado en esa casa? ¿Tres, cuatro, cinco? Lo único que lamentamos es habernos perdido la fiesta.

Bobby cayó en ese momento en que tanto Walt como Donny formaban parte del SWAT de Boston.

—¿Cómo fue lo de Revere? —preguntó.

—Lo de siempre —respondió Donny—. Un tipo disparó al techo de su propia casa.

Se bebió seis cervezas. Volvió a disparar a su casa y, justo cuando el teniente empezaba a enfadarse por la falta de progresos, se desmayó.

Entramos y lo inmovilizamos bien mientras roncaba.

La verdad es que fue un poco aburrido. Ni siquiera pudimos gritar.

—Pero ¿habíais estado en Back Bay?

—Claro, a Jimmy y a su mujer les gustaba montar el espectáculo. Él se emborrachaba, ella se enfadaba y se liaba.

—¿Él la maltrataba?

Donny se encogió de hombros.

—Nunca lo vimos y ella nunca dijo nada. De todos modos, no eran ellos quienes llamaban a la policía. Siempre eran los vecinos los que se quejaban.

—¿No les gustaba que hubiera peleas en su barrio?

—A Jimmy le gustaba tirar cosas —dijo Walt—. Una vez lanzó una silla desde el balcón y le dio al Volvo de su vecino. No le hizo ninguna gracia.

—Cuando os llamaban, ¿qué hacíais?

—No mucho. Un par de agentes pasaban por allí y hablaban con la feliz pareja.

Una vez me tocó atender el aviso. Jimmy se disculpó y, como era generoso, me invitó a una cerveza.

La mujer nunca decía gran cosa. Es una persona fría, en mi opinión, aunque, al estar casada con un tipo como Jimmy, quizá había aprendido a mantener la boca cerrada.

—¿Era violento?

—La vez que estuve allí, vi un agujero en la pared —comentó Walt—. Su mujer no dijo nada, pero a mí me pareció que tenía el mismo tamaño que el puño de un hombre.

—¿Y el niño?

—Nunca lo vi. Creo que tenían una niñera. Supongo que era lo mejor para él.

La segunda cerveza de Bobby se estaba acabando. Donny llamó a Gary para que le pusiera otra y Bobby no se quejó.

—Cualquiera habría pensado que el hijo de un juez sabría comportarse mejor —comentó en tono seco.

Walt se encogió de hombros.

—Por lo que he oído, si Jimmy se metía en algún lío, el juez hacía una llamada y todo se solucionaba. Ojalá todos tuviéramos tanta suerte.

—Esta vez no se ha solucionado —señaló Bobby con dureza.

—No. Buen tiro, Bobby. La verdad es que, si no fuera por ti, esa mujer y ese niño estarían muertos ahora mismo. Fue algo muy gordo.

Se acercaron más compañeros. Alguien le dio una palmada en la espalda.

Otro lo invitó a otra cerveza. Bobby ya no sentía el borde del vaso al acercárselo a los labios.

Era consciente de que se hundía poco a poco, de que desaparecía en un vórtice dentro del ruidoso y caluroso bar.

Pero, al mismo tiempo, era extremadamente consciente de todo: de quienes no se le acercaban; de quienes lo observaban desde el otro lado del bar; de la forma en que algunas personas lo miraban, se fijaban en su rostro y sacudían la cabeza con rapidez.