Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Bobby se limitó a encogerse de hombros.

—Bien, ¿qué quiere que le cuente?

Elizabeth volvió a sonreír. Empezaba mostrando una hostilidad manifiesta. No esperaba menos.

—Empecemos por lo básico. —Cogió su portapapeles—. ¿Nombre?

—Robert G. Dodge.

—¿Qué significa la G?

—Dada la limitada confidencialidad, no lo diré.

—¿Tan malo es como para no decirlo? Veamos, ¿Geoffrey?

—No.

—¿Godfrey?

—¿Cómo demonios lo ha…?

—Digamos que yo tampoco revelo mi segundo nombre. Godfrey. ¿Es un nombre con tradición familiar?

—Eso es lo que dice mi padre.

—¿Y sus padres son…?

—Mi padre se llama Larry. Lawrence, en realidad.

—¿Y su madre?

—Se fue.

—¿Se fue?

—Sí, se fue. Se marchó. Yo tenía cuatro o cinco años. No, seis o siete. No lo sé. Se marchó. —Elizabeth esperó—. No creo que el matrimonio con mi padre fuera muy bien —añadió Bobby.

Abrió las manos como diciendo: «¿Qué se le va a hacer?». Y, en efecto, a aquella edad, ¿qué podía haber hecho él?

—¿Hermanos?

—Uno. Mayor. Se llama George Chandler Dodge, así que, sí, toda la familia carga con la maldición de unos nombres ingleses horribles. Ahora bien, ¿qué tiene esto que ver con el tiroteo?

—No lo sé. ¿Tiene algo que ver con el tiroteo?

Bobby se puso de pie.

—No. Nada. Por eso a la gente no le gustan los psiquiatras.

Elizabeth levantó las manos en señal de rendición.

—Entendido. La verdad es que solo estoy rellenando los espacios en blanco del formulario. Y, para que conste, a la mayoría de la gente le gusta charlar un poco primero.

Bobby volvió a sentarse. Sin embargo, siguió con el ceño fruncido y entrecerró sus inquisitivos ojos, evaluándola.

Ella se preguntó con qué frecuencia utilizaba esa mirada a los demás y concluiría que no estaban a la altura.

Añadió a su lista mental: «Muchos conocidos, pero muy pocos amigos. No perdona. No olvida».

Y había mentido sobre la marcha de su madre.

—¿Podemos tutearnos? Me gustaría que esto fuera sencillo —comentó él.

—Me parece bien.

—Pregunta lo que tengas que preguntar, yo responderé lo que tenga que responder, y ambos podremos seguir con nuestras vidas.

—Un objetivo admirable.

—No estoy pensando en un plan para toda la vida.

—Ni se me ocurriría sugerírtelo —le aseguró ella—. Por desgracia, esto no es un trabajo que se pueda hacer en una sola sesión.

—¿Por qué no?

—Para empezar, no has concertado una cita y no tenemos tiempo suficiente para cubrir todo en una sola noche.

—Ah.

—Así que te sugiero que hablemos un poco esta noche y nos volvamos a ver el lunes.

—El lunes. —Tuvo que pensarlo—. De acuerdo —le dijo a regañadientes a la psiquiatra—. Puedo hacerlo.

—Perfecto. Me alegro de que lo hayamos solucionado.

—Sonó más seca de lo que pretendía, pero al menos Bobby sonrió.

Tenía una sonrisa agradable. Suavizaba las duras líneas de su rostro y le marcaba arrugas alrededor de los ojos.

Se sorprendió un poco al darse cuenta de que, cuando sonreía, era un hombre muy atractivo—.

Quizá, en lugar de hablar de anoche, podamos hablar de hoy —propuso ella.

—¿Hoy?

—Hoy es el primer día de tu vida después de haber disparado a alguien. Sin duda, eso es digno de mención. ¿Has dormido?

—Un poco.

—¿Has comido?

Tuvo que pensarlo y luego pareció sorprendido.

—No, creo que no. He salido a comprar café al despertarme esta tarde, pero entonces he visto el Boston Herald y… no he comprado el café.

—¿Has comprado el Herald ?

—Sí.

—¿Has leído el artículo?

—Lo suficiente.

—¿Qué te ha parecido?

—Los agentes de la Policía Estatal de Massachusetts no atacan a civiles, ni siquiera si son hijos de jueces.

—¿Es una buena obra de ficción?

—Sí, por los tres párrafos que he leído, me parece que sí.

—¿No has leído más? Pensaba que tendrías más curiosidad.

—¿Sobre lo que ocurrió? No necesito el relato de un periodista, yo estaba en primera fila.

—No. Sobre la víctima. Sobre Jimmy Gagnon.

Eso lo dejó sin palabras. Elizabeth tuvo que reconocerlo: lo había pillado desprevenido, pero él se tomó el tiempo para considerar lo que acababa de decirle.

—La información es un lujo que las unidades tácticas no tienen —comentó al final—.

Cuando apreté el gatillo anoche, no me importaba su nombre, su barrio, su padre o su historia.

No sabía si golpeaba a su perro o daba dinero a los orfanatos.

Lo único que sabía era que el sujeto tenía un arma apuntando a la cabeza de una mujer y el dedo en el gatillo.

Tenía que basar mis acciones en las suyas.

Y eso hice. Ahora nada de eso importa, así que ¿por qué torturarme?

Elizabeth volvió a sonreír. Le gustaba Bobby Dodge. Hacía años que no veía tantas capas de negación y racionalización, pero le gustaba Bobby Dodge.

—¿Y ejercicio? —preguntó—. ¿Has hecho ejercicio hoy?

—No. He pensado en salir a correr, pero con mi foto por todas partes…

—Lo entiendo. Bien, esta es tu tarea para el fin de semana: tienes que cuidarte físicamente para poder ocuparte después de tu estado emocional. ¿Hay algún lugar al que puedas ir, quizá a casa de tu padre o de tu hermano, donde puedas escapar y descansar un poco?

—A casa de mi novia.

—¿Y ella lleva bien todo esto?

—No lo sé. No hemos tenido tiempo de hablar sobre ello.

—Bueno, teniendo en cuenta lo que ha sucedido, vas a necesitar una buena red de apoyo, así que, si yo fuera tú, hablaría con ella.

—Elizabeth se inclinó hacia delante—. Lo de anoche fue algo importante, Bobby.

Vas a necesitar más de veinticuatro horas para superarlo, así que lo primero es lo primero.

Haz tres comidas equilibradas al día e intenta dormir bien por la noche.

Si te sientes tenso y nervioso, haz algo de ejercicio ligero para desahogarte.

Pero ten cuidado. Hay una línea muy fina entre correr diez kilómetros para relajarte y correr ochenta para no pensar. No querrás cruzar esa línea.

—Prometo no correr más de setenta y nueve kilómetros.

—Muy bien, pues. Que pases un buen fin de semana.

—¿Eso es todo? ¿Comer, dormir, hacer ejercicio y estaré curado? ¿Podré volver al trabajo la semana que viene?

—Come, duerme, haz ejercicio, y ya hablaremos más adelante —le corrigió ella con amabilidad—.

Pero esta noche no; es demasiado tarde y quizá sea incluso demasiado pronto para que sepas todo lo que tienes en la cabeza.

Voy a darte mi número. Puedes llamarme si sientes la necesidad repentina de hablar; si no, nos vemos el lunes. ¿Qué te parece a las tres?

Él se encogió de hombros.

—No me dejan trabajar, así que supongo que tengo el día libre.

—Perfecto.

Elizabeth se levantó. Bobby se levantó, pero no salió corriendo hacia la puerta, como ella pensaba que haría. En cambio, se quedó allí de pie, con aire perdido.

—A veces… —comentó de repente—, a veces, cuando pienso en lo que ha ocurrido, me enfado mucho. No conmigo mismo, sino con el sospechoso, por ir a por su mujer y su hijo. Por obligarme a disparar. ¿Es raro? ¿Matar a un hombre y odiarlo por ello?

—Yo diría que esa reacción entra dentro de lo normal.

Bobby asintió, pero no perdió esa mirada inquieta.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? ¿Una pregunta general sobre psicología?

—Por supuesto, permíteme divagar.

—Nos llaman mucho por altercados domésticos.

Parece que tres o cuatro veces a la semana estoy en el jardín de alguien mientras la mujer le grita al marido o el marido le grita a la mujer.

Hay una cosa que siempre me llama la atención: que después volvemos otra vez.

Que, por mucho que esas personas se peguen, siempre siguen juntas.

Y, si te pones un poco brusco con el novio mientras lo subes al coche patrulla, nueve de cada diez veces, la mujer, la misma que ha llamado al 911 y lleva la marca del puño de su pareja, nos ataca por hacerle daño a su hombre.

—La violencia doméstica es muy compleja —coincidió ella, que se preguntó a dónde quería llegar.

—¿Sería extraño matar al marido de una mujer y que ella te lo agradeciera?

Elizabeth hizo una pausa.

—Esa reacción sería menos habitual —dijo muy despacio.

—Eso pensaba.

—Pero eso no significa necesariamente nada.

—Tiene que significar algo, doctora, o ella no lo habría dicho.

—Bobby, ¿hablaste con Catherine Gagnon? ¿Conocías a la mujer de Jimmy?

—No, doctora. Te puedo asegurar que nunca hemos intercambiado una palabra.

Bobby ya estaba en la zona de recepción. Se puso su pesada chaqueta de lana y volvió a enrollarse la bufanda. Elizabeth lo siguió, con todos sus sentidos alerta, pero sin conseguir atravesar la barrera que Bobby levantaba a su alrededor.

—Nos vemos el lunes a las tres. Vaya, qué bien sienta tener una cita.

Bobby puso los ojos en blanco, le hizo un pequeño gesto de despedida y se dirigió hacia la puerta. Poco después, ella lo vio caminar por Boylston Street, con los hombros encogidos por el frío y las manos bien metidas en los bolsillos de la chaqueta.

La doctora Elizabeth Lane permaneció junto a la ventana mucho tiempo después de que desapareciera de su vista. Al final, suspiró.

Odiaba lo que tenía que hacer a continuación.

Cogió el teléfono.

—Hola. —Pasaron unos instantes—. Lo siento mucho. Mi más sentido pésame. Soy consciente de que esto es muy incómodo. —Y luego—: Una vez más, lamento mucho el momento, señor, pero tenemos que hablar.