Capítulo 6 #2
Y se dio cuenta de algo que no había notado antes: la forma en que Walt y Donny lo observaban.
Con respeto, sí, y con admiración tal vez, pero también con auténtica lástima.
Porque era un policía que había matado a un hombre.
Y, al final del día, no importaría lo que la Fiscalía decidiera o lo que el Departamento emitiera como conclusión oficial.
Vivían en la era de los medios de comunicación y, en dicha era los policías no debían disparar.
A los policías se los honraba si morían en acto de servicio, pero nunca debían sacar sus armas, ni siquiera en defensa propia.
Llegó otra cerveza. Bobby cogió el vaso. Estaba a punto de emborracharse del todo cuando su teniente lo encontró y le dio la noticia.
—Joder, Bobby. ¿Qué coño haces? La mitad de la ciudad te está observando ¿y tú te emborrachas?
El teniente Bruni lo arrastraba al doblar la esquina del bar. Tenía un dedo enganchado en el cuello de la chaqueta de Bobby y, literalmente, tiraba de él por la calle.
—No… estoy… de servicio —logró balbucear.
Dios, hacía frío. La cruda noche de noviembre le abofeteó la cara, haciéndolo parpadear como un búho.
—La tele viene hacia aquí. Alguien le ha filtrado a la maldita prensa que estabas de juerga en un pub .
Pero, por Dios, debes tener un ángel de la guarda en alguna parte, porque han captado la comunicación en la radio y me han enviado a sacarte de ahí.
Bobby, escúchame. —El teniente Bruni se detuvo de repente.
Jadeaba, y su aliento formaba nubes heladas que flotaban ante los ojos de Bobby.
Tenía las manos en el cuello de la chaqueta y lo zarandeaba—. Bobby, estás metido en un lío.
—No… jodas.
—Escúchame, Bobby. Hoy ha sido un día ajetreado en los despachos. El juez Gagnon no está contento con la muerte de su hijo y no está dispuesto a escuchar razones ni a tener en cuenta las circunstancias. Busca venganza, Bobby, y te tiene en el punto de mira.
A él no se le ocurría nada que decir. El mundo daba vueltas a su alrededor. El aire era frío en sus mejillas. El hedor de la cerveza impregnaba sus fosas nasales. Necesitaba una ducha. Dios, necesitaba dormir.
«Gracias», había dicho la mujer. «Gracias».
Y entonces lo asaltó un pensamiento: «¡Qué puta zorra!
». ¿Le había dado las gracias? No debería haberle dado las gracias.
Hacía años que debería haber dejado al alcohólico de su marido.
O haber dicho algo para calmarlo una hora antes.
O no haber soltado al niño. O no haber provocado nunca a su marido hasta que esbozó aquella sonrisa fría y vengativa.
Ella era la que estaba en aquella habitación con Jimmy.
Debería haber hecho un millón y medio de cosas de otra manera para que Bobby nunca hubiera tenido que apretar el gatillo.
Para que Bobby nunca hubiera tenido que matar a un hombre y arruinar su puñetera vida.
Para que Bobby no estuviera allí, borracho, agotado y avergonzado.
¿Qué clase de hombre mataba a otro delante de su propio hijo? Dios mío, ¿qué había hecho?
«Esa zorra, esa zorra, esa zorra».
Se apartó de su teniente. Deambuló en pequeños círculos, todavía enloquecido de rabia.
Quería coger un bate y romper todas las putas ventanas de todos los putos coches de esa calle.
Y luego coger una llave de cruz para todas las puertas y una cuchilla para todos los neumáticos. Quería, quería, quería…
Dios, no podía respirar. Se le había bloqueado el pecho.
Tenía los labios abiertos; jadeaba, pero no le salía nada, no podía respirar.
Estaba sufriendo otro ataque al corazón.
Iba a morirse en el sur de Boston porque era noviembre y siempre había sabido que ocurriría así.
El verano era seguro, el otoño no estaba tan mal, pero noviembre…
Noviembre era un mes mortal. Mierda, mierda, mierda.
—Pon la cabeza entre las rodillas. Vamos, Bobby. Inclínate, respira hondo. Tú puedes. Concéntrate en el sonido de mi voz.
Bobby sintió unas manos sobre sus hombros, una presión que lo obligó a bajar la cabeza. Las estrellas se acumulaban ante sus ojos, brillantes puntos blancos que florecían en un mar de negro. Las estrellas estallarían pronto, se desvanecerían y solo quedaría el negro, que se apresuraría a recibirlo.
Entonces, tan rápido como había comenzado, el pecho se le desbloqueó, sus comprimidos pulmones de repente jadeaban con vida e inhalaron una bocanada de oxígeno. Se tambaleó hacia el centro de la calle, esquivó por los pelos un coche que pasaba y dio una bocanada profunda del aire helado.
Bruni seguía a su lado, lo arrastró fuera del tráfico y le habló en voz baja y rápida: —Préstame atención, Bobby. Recupérate y hazme caso.
Bobby encontró una farola a la que agarrarse. Rodeó el frío metal con los brazos y las piernas. Luego bajó la cabeza y luchó por recobrar el control.
—Está bien —dijo—. Estoy bien.
Bruni parecía escéptico, pero gruñó en señal de asentimiento.
—¿Sabes lo que es una audiencia ante un secretario judicial?
—¿Un secretario qué?
—Secretario judicial. El secretario judicial depende del Tribunal del Distrito de Chelsea, en el condado de Suffolk.
Es la parte civil del sistema judicial del Condado, frente a la parte penal.
Es probable que no lo supieras, yo desde luego no, pero cualquier persona puede solicitar una audiencia ante un secretario judicial si existe causa probable de que se haya cometido un delito y de que el acusado lo haya cometido.
Si el magistrado falla a favor de la causa probable, puede presentar cargos penales contra el acusado, aunque se trate de un tribunal civil .
En resumen, cualquier ciudadano puede acudir a la Fiscalía y, con la ayuda del secretario, llevar adelante su propio caso penal, con su propio abogado y su propio dinero.
Quizá te preguntes, Bobby, qué tiene esto que ver contigo.
—¿Qué tiene que ver conmigo? —preguntó con cansancio.
—A las cuatro y cuarenta y cinco de esta tarde, Maryanne Gagnon, mujer del juez James Gagnon del Tribunal Superior de Suffolk y madre de Jimmy Gagnon, ha presentado una solicitud para una audiencia ante el secretario judicial.
Ella argumenta que hay causa probable de que se haya cometido un asesinato y de que tú seas el autor.
Bobby cometió el error de cerrar los ojos. El mundo comenzó a girar de forma nauseabunda.
—El juez Gagnon no va a esperar a la Fiscalía, Bobby. Le importa una mierda lo que averigüen sus investigadores, le importa una mierda lo que averigüe nuestro Departamento. Va a por ti por su cuenta.
—Pensaba… Pensaba que, como empleados del estado de Massachusetts, estábamos protegidos contra todo eso por la Ley de Reclamaciones por Responsabilidad Civil de Massachusetts. Mientras estemos de servicio, solo pueden demandar al estado, no a nosotros.
—Sí, nadie puede presentar una demanda civil contra ti.
Pero esto no es una demanda civil, Bobby.
Es una audiencia para determinar si existe causa probable para presentar cargos penales.
Es un delito grave. Estamos hablando de que, si te declaran culpable, irás a la cárcel.
No se trata de un tipo que busca aliviar su dolor sacando una buena cantidad de dinero, Bobby.
Se trata de un tipo que quiere destrozarte la vida.
A Bobby se le doblaron las piernas y cayó con fuerza: se inclinó bruscamente hacia la izquierda, antes de que Bruni lo cogiera del brazo y lo enderezase. El teniente se sentó a su lado en el bordillo. Se quedaron allí, ocultos entre dos coches, y durante un rato ninguno de los dos habló.
—Dios mío —dijo Bobby por fin.
—Lo siento, Bobby. Te lo juro por Dios, nunca había oído nada parecido. ¿Tienes abogado?
—Creía que el sindicato proporcionaba uno.
—El sindicato no puede ayudarte. Este es un caso contra tu persona, no contra el estado de Massachusetts ni contra el Departamento. En este caso, estás solo.
Bobby se llevó las manos a la cabeza. Estaba demasiado cansado, demasiado borracho. Era como si noviembre le hubiera quitado todas las fuerzas y no le quedara nada.
—Fue un disparo justificado —dijo.
—Nadie que yo conozca dice lo contrario.
—Ese hombre iba a matar a su mujer.
—Esta tarde he escuchado la grabación de la conversación con el puesto de mando.
Seguiste el procedimiento, Bobby. Documentaste los hechos, detallaste lo que sucedía e hiciste aquello para lo que te habían entrenado.
Puede que nadie más te lo diga, pero estoy orgulloso de ti, Bobby.
Tenías un trabajo que hacer y no te echaste atrás.
Bobby no podía hablar. Tuvo que pellizcarse el puente de la nariz para contener las lágrimas que de repente le escocían en los ojos. Dios, estaba agotado. Peor aún, estaba borracho .
—¿Y puede ganar? —preguntó por fin—. Ese hombre es juez. Tiene dinero, tiene influencia. Mierda, no puedo permitirme un traje de verdad con lo que gano. ¿Eso significa que ganará?
—No lo sé —dijo Bruni, pero suspiró con fuerza, lo que significaba que sabía lo suficiente.
—No lo entiendo. Jimmy tenía un arma. Jimmy apuntaba con ella a su mujer y a su hijo. ¿Eso no significa nada para nadie? ¿Ni siquiera para sus padres?
—Es un poco complicado.
—¿Por qué, porque es rico, porque tiene una casa en Back Bay? Maltratar a tu familia es maltratar a tu familia. ¡No me importa cuánto dinero tengas! —El teniente se quedó en silencio—. ¿Qué? —preguntó Bobby—. Por el amor de Dios, ¿ qué ?
Bruni suspiró profundamente.
—En los documentos judiciales, los Gagnon no niegan que Jimmy tuviera un arma.
Y no niegan que apuntara con ella a su mujer.
Pero dicen… Dicen que la mujer es el problema en esa casa, Bobby.
Según los documentos judiciales, Catherine Gagnon llevaba tiempo maltratando a su hijo.
Y, si Jimmy la estaba amenazando, era solo porque quería salvar la vida del niño.