Capítulo 4
El equipo de asalto irrumpió en la casa y confirmó la presencia del sospechoso, al que le faltaba la mitad de la cabeza. Después, el equipo se retiró a toda prisa. La vivienda ya no era competencia de la Unidad de Operaciones Tácticas Especiales. Se había convertido en la escena de un crimen.
Se llamó a la Fiscalía del condado de Suffolk. Despertaron al fiscal adjunto del distrito, quien reunió a una unidad especial de investigadores y se presentó en el lugar. Se incluyó la Sig Sauer de Bobby como prueba. Apartaron e interrogaron en calidad de testigos a sus compañeros de equipo.
A Bobby lo sentaron en la parte trasera de un coche patrulla; no estaba en metido en ningún lío, pero se sentía como un chaval que hubiera hecho novillos.
Los medios de comunicación ya se agolpaban al otro lado de la cinta amarilla que delimitaba la escena del crimen.
Los focos de las cámaras de televisión brillaban mientras los periodistas competían por conseguir la mejor posición.
Hasta ese momento, la Fiscalía lo tenía todo bajo control.
El cadáver ya había sido retirado del lugar de los hechos y Bobby se encontraba a salvo dentro del coche patrulla.
La clave era no proporcionar nunca demasiadas imágenes. Sin embargo, si no conseguían nada por tierra, los medios de comunicación no tardarían en echarse al aire.
Su teniente, John Bruni, llegó al lugar. Se acercó al coche patrulla y le dio a Bobby una palmada en el hombro.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—Estas cosas siempre son desagradables.
—Sí.
—La Unidad de Asistencia al Empleado llegará en breve. Te explicarán tus derechos y te darán apoyo. No eres el primero al que le sucede esto, Bobby.
—Lo sé.
—Responde solo a lo que te apetezca responder. Si te sientes incómodo, da por terminado el día. El sindicato te proporcionará un abogado, así que no tengas miedo de pedir asesoramiento legal.
—De acuerdo.
—Estamos aquí para ayudarte, Bobby. Una vez que formas parte del equipo, siempre formarás parte del equipo.
Bruni tuvo que irse. Probablemente debía ponerse en contacto con el Gabinete de Prensa, que pronto haría una declaración a los medios: «Esta noche, un agente no identificado se ha visto involucrado en un tiroteo mortal.
La Fiscalía se ha hecho cargo de la investigación del incidente. No hay comentarios por el momento».
Y así sería. Bobby ya lo había visto antes.
Un policía había sido emboscado mientras realizaba un control rutinario de tráfico.
Dos hombres hispanos que iban en un Honda destartalado abrieron fuego contra el agente.
Él respondió disparando: hirió a uno y mató al otro.
El agente se tomó una licencia remunerada de inmediato, desapareció de la comisaría y de la vida pública mientras la prensa juzgaba su caso en los periódicos y la comunidad hispana lo acusaba de racismo.
Un mes después, la Fiscalía dictaminó que el caso no justificaba la presentación de cargos penales; quizá ayudó el hecho de que el agente tuviera una bala alojada en la parte superior del brazo.
Sin embargo, la prensa pareció no darse por enterada.
Un hermano del hombre abatido presentó una demanda civil contra el agente y, por lo que Bobby había oído, el policía se enfrentaba a una demanda de un millón de dólares.
No había vuelto al servicio. Y la mayoría de la gente en Boston probablemente pensaba que era racista.
¿Estaba mal haber matado a un hombre y luego preocuparse por lo que eso podía significar para su carrera? ¿Era una actitud egocéntrica? ¿Inapropiada? ¿O era así como funcionaban esas cosas?
Bobby volvió a pensar en la mujer. Delgada. Pálida. Abrazando a su hijo con fuerza contra su cuerpo. «Gracias», habían articulado sus labios. Él había disparado a su marido delante de ella y de su hijo, y ella le había dado las gracias.
Un nuevo golpe en la ventana. Una tontería, ya que la puerta del coche estaba abierta. Bobby levantó la vista y vio a uno de sus compañeros de equipo, Patrick Loftus.
—Menuda noche —dijo Loftus.
—Sí.
—Siento habérmelo perdido. Acabo de llegar hace unos minutos. Cuando ya había terminado todo.
Loftus vivía en Cape Cod, a solo una hora de distancia.
Así que el tiroteo había ocurrido muy rápido.
Bobby se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué hora era.
Había recibido la llamada, se había subido al coche y había preparado el rifle.
Todo era una nebulosa en su mente, una serie de acciones y reacciones.
Llegó, vio, actuó. Joder, había matado a un hombre.
Mejor dicho, le había volado la mitad de la cabeza.
«Gracias» , había dicho la mujer. «Gracias».
Bobby se asomó por la ventanilla del coche.
—¿Hay cámaras? —preguntó.
—Las tengo controladas.
—Bien. —Bobby vomitó en la calle.
—Lo siento mucho —dijo Loftus en voz baja.
Bobby se recostó contra el asiento y cerró los ojos.
—Sí —contestó—. Yo también.
Luego llegaron los chicos de la Unidad de Asistencia al Empleado.
Eran otros agentes, una especie de grupo de apoyo entre compañeros.
Le explicaron paso a paso cómo iba a desarrollarse el proceso.
Los investigadores de la Fiscalía lo entrevistarían.
Debía responder a las preguntas con sinceridad, pero de la forma más breve posible.
Tenía derecho a un abogado: el sindicato de la Policía Estatal de Massachusetts pagaría los honorarios.
Tenía derecho a poner fin al interrogatorio en cualquier momento en que se sintiera incómodo.
Tenía derecho a no declarar contra sí mismo.
Debía tener en cuenta que las directrices para el uso de la fuerza letal establecían que esta estaba justificada si se consideraba que su propia vida, o la de otra persona, estaba en peligro inmediato. Algo que convenía tener en cuenta cuando los investigadores le hicieran preguntas.
El fiscal adjunto necesitaría al menos dos semanas para estudiar los hechos.
Examinarían el arma de Bobby y se analizarían las grabaciones de la conversación por radio entre el puesto de mando y él.
Realizarían pruebas balísticas en la escena del crimen y tomarían declaración a todos los presentes, incluidos los compañeros de equipo de Bobby, la mujer, el niño y el bueno del señor Harlow.
Al finalizar la investigación, correspondería a la Fiscalía decidir si los hechos justificaban la presentación de cargos penales.
Si se trataba de un disparo justificado, Bobby no tendría problemas.
El Gabinete de Prensa emitiría un comunicado, la Fiscalía emitiría otro y Bobby volvería al servicio.
Si la Fiscalía decidía presentar cargos penales…
Bueno, mejor no adelantarse.
A partir de ese momento, Bobby se encontraba de baja administrativa remunerada.
No sería mala idea aprovechar el tiempo para asimilar lo ocurrido.
Quizá hablar con otros compañeros que hubieran pasado por lo mismo; la Unidad de Asistencia al Empleado podría organizarlo.
Si quería, incluso podía recibir algún tipo de terapia para superar un incidente traumático.
La Unidad de Asistencia al Empleado tenía una psiquiatra muy reconocida y quedaría bien en el expediente de Bobby.
Matar a alguien era algo muy grave, incluso para un policía. Cuanto antes lo afrontara, antes podría seguir con su vida.
Los compañeros de la Unidad de Asistencia al Empleado se marcharon y los investigadores ocuparon su lugar.
Eran las tres y media de la madrugada. Bobby llevaba despierto casi veintidós horas. Siguió a los investigadores hasta la Fiscalía, donde todos tomaron tazas humeantes de café recién hecho y se sentaron alrededor de una mesa de madera rayada, como viejos amigos que se ponían al día.
Bobby no se dejó engañar. Estaba completamente agotado después de toda la adrenalina que había circulado de repente por su torrente sanguíneo, pero seguía siendo un francotirador, un hombre capaz de reducir el mundo a una mira telescópica y mantener esa concentración durante horas.
Y comenzó el baile.
¿Dónde estaba Bobby cuando recibió la llamada?
En el Boston Beer Garden, respondió, y de inmediato perdió puntos. Añadió que solo había bebido Coca-Cola, lo que el camarero podría confirmar, y recuperó algo de terreno.
¿A qué hora había empezado a trabajar ese día? ¿A qué hora había terminado su turno? Un turno de quince horas le supuso un ceño fruncido; ¿el comentario de que estaba entrenado para trabajar muchas horas no era suficiente justificación?
¿Cómo había llegado al lugar, cuál había sido su tiempo de respuesta, qué recordaba de su conversación con el teniente Jachrimo?
Lo estaban tanteando, buscando algo, así que las respuestas de Bobby se hicieron más breves.
Sintió la amenaza en la conversación, pero no logró identificar el origen.
Los investigadores continuaron, pero el ambiente distendido se erosionó con rapidez.
Las preguntas eran más incisivas y las respuestas se juzgaban con dureza.
Tuvo que explicar por qué había decidido acceder a la residencia del señor Harlow. Describió cómo había dispuesto su posición de tiro sobre la mesa de juego, por qué había decidido abrir las correderas y por qué había utilizado munición con punta adherida.
¿Qué había visto en la casa, a quién había visto en la casa?
Bobby lo hizo mejor con esas preguntas. Un hombre blanco, una mujer blanca. No dio nombres ni les atribuyó supuestas identidades como marido, mujer o hijo. Fue lo más neutral posible. Había disparado a un hombre, pero no había sido nada personal.
Al final, llegaron al meollo del asunto. ¿Sabía que la víctima era James Gagnon?
Y, por primera vez, Bobby reflexionó antes de responder.
Víctima. Interesante elección de palabra. El hombre ya no era un sospechoso, alguien que había apuntado con un arma a su mujer y empezado a ejercer presión sobre el gatillo: era una víctima. Bobby pensó que tal vez fuera hora de pedir un abogado. Pero no lo hizo.