Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Respondió con la mayor sinceridad posible. El teniente Jachrimo había identificado a la familia como los Gagnon, pero, en el momento del incidente, Bobby no había recibido ninguna confirmación de los nombres.

Los investigadores se recostaron de nuevo en sus asientos. ¿Apaciguados? ¿Recelosos? Era difícil saberlo. Querían saber si conocía personalmente a la mujer o si sabía quién era. ¿Había hablado con ella durante el incidente?

No, respondió Bobby.

Había llegado el momento de entrar en detalles. ¿Qué lo había llevado a disparar el arma? ¿El oficial al mando le había autorizado a emplear fuerza letal?

No.

¿La víctima había proferido amenazas verbales contra Bobby u otro agente?

No.

¿La víctima había proferido amenazas verbales contra su mujer?

No que Bobby hubiera oído.

Pero la víctima tenía un arma.

Sí.

¿Y disparó?

Había informes de que se habían oído disparos.

Antes de que Bobby llegara. Pero ¿qué había pasado después? ¿Bobby había visto de verdad a la víctima disparar su arma?

El dedo del hombre estaba sobre el gatillo.

Pero ¿disparó el arma?

Sí. No. No estaba seguro. Él iba a disparar, Bobby disparó; todo sucedió muy rápido.

Entonces, ¿la víctima no disparó?

No estaba seguro.

¿Era posible que la víctima solo estuviera apuntando con el arma? ¿No llevaba ya un rato apuntando con el arma?

El hombre tenía el dedo en el gatillo.

Pero ¿lo apretó? ¿Intentó disparar a su mujer?

Bobby pensaba que la amenaza era inminente.

¿Por qué, agente Dodge, por qué?

«Por la forma en que sonrió el hombre». Bobby no podía decir eso. En su lugar, contestó: —El sujeto estaba a medio metro de la mujer, con una pistola de nueve milímetros apuntando a su cabeza y el dedo moviéndose sobre el gatillo. Lo he percibido como una amenaza inminente y de peso.

¿De verdad creía que un hombre mataría a su mujer con su hijo todavía en la habitación?

Sí, señor, Bobby creía que lo haría.

¿Por qué, agente Dodge, por qué?

Porque, a veces, señor, pasaban esas cosas.

Los investigadores asintieron con la cabeza y repitieron las mismas preguntas una y otra vez.

Bobby sabía cómo funcionaba. Cuantas más veces obligabas a alguien a contar su historia, más posibilidades había de que se contradijera.

Las mentiras se volvían más elaboradas y la verdad, más forzada.

Le daban cuerda para ver si se ahorcaba con ella.

A las seis y media de la mañana se rindieron.

Un nuevo día amanecía fuera de la sofocante sala de juntas y el ambiente distendido regresó.

Lamentaban haber tenido que hacer todas esas preguntas.

Era solo una cuestión de procedimiento. Una noche desafortunada.

Mala para todos. Pero a Bobby le favorecía el estar cooperando.

Lo apreciaban mucho. Todo el mundo quería llegar al fondo del asunto.

Cuanto antes llegaran a la verdad, antes podrían dejarlo atrás.

Tendrían más preguntas. Así que no debía irse demasiado lejos.

Bobby asintió, cansado. Empujó la silla hacia atrás y, cuando se levantó, se tambaleó. Vio que uno de los hombres se daba cuenta y entrecerraba los ojos con desconfianza.

Y Bobby sintió de repente el desconcertante impulso de darle un puñetazo en el estómago. Salió de la sala y encontró a su teniente esperándolo en el pasillo.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Bruni.

Bobby respondió con sinceridad: —No muy bien.

El sol ya había salido y el cielo estaba despejado cuando llegó al edificio donde vivía Susan.

La hora punta de la mañana ya había comenzado.

Oyó voces entrecortadas en la radio que describían el tráfico congestionado, los accidentes y los coches averiados detenidos en los arcenes.

El día estaba en marcha. Los habitantes de la ciudad salían de sus jaulas cerradas con llave para abarrotar las aceras y atascar las cafeterías.

Salió de su coche patrulla, inhaló el aire de la ciudad —frío, impregnado de diésel y cemento— y, por un momento surrealista, le pareció que la noche nunca había ocurrido.

El momento real era aquel, el edificio, el aparcamiento, la ciudad, pero el tiroteo había sido falso, un sueño particularmente vívido.

Ahora debía volver a ponerse el uniforme, subirse al coche patrulla y ponerse a trabajar.

Un tipo pasó por delante. Echó un vistazo a Bobby, que estaba aturdido, con su uniforme militar manchado de sudor, y aceleró el paso. Eso sacó al agente de su letargo.

Cogió su inseparable mochila y se dirigió al apartamento de Susan.

Ella respondió al segundo golpe en la puerta. Llevaba un albornoz rosa de chenilla y tenía el rostro sonrojado por el calor de la cama. Los ensayos solían prolongarse hasta bien entrada la noche, y a menudo dormía hasta tarde a la mañana siguiente.

Con el cabello rubio revuelto por el sueño, la piel sonrosada y los ojos grises todavía somnolientos, miró a Bobby, y su rostro se suavizó al instante en una sonrisa.

—Hola, cariño —dijo antes de que el sueño la abandonara por completo y su alegría instantánea diera paso a una preocupación inmediata—. ¿No deberías estar en el trabajo? Bobby, ¿qué pasa?

Él entró en su apartamento. Había tantas cosas que debía contarle… Sentía cómo las palabras se acumulaban en aquella insoportable opresión que le atenazaba el pecho. Susan era violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Boston. Se habían conocido, de todos los lugares posibles, en un pub local.

Bobby no sabía nada de música clásica. Lo suyo eran los bares donde ver el deporte, los partidos improvisados de baloncesto y la cerveza helada. En cambio, Susan era faldas vaporosas, largos paseos por el parque y té en el Ritz.

De todos modos, él la invitó a salir. Ella los sorprendió a ambos al aceptar.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y ya llevaban más de un año saliendo juntos.

A veces pensaba que era solo cuestión de tiempo que ella se mudara a su pequeña casa adosada de tres pisos en el sur de Boston.

Bobby se atrevía a pensar en bodas, bebés y dos mecedoras, una junto a la otra, en una residencia de ancianos.

Nunca se había decidido a hacerle la pregunta. Quizá porque todavía tenía demasiados momentos como aquel, en los que se presentaba ante ella sudoroso, sucio y con el trabajo de toda una noche encima y, en lugar de sentirse agradecido por verla, se sorprendía de que ella lo dejara entrar.

El mundo de Susan era un lugar tan hermoso… ¿Qué demonios hacía con un tipo como él?

—¿Bobby? —preguntó Susan en voz baja.

No encontraba las palabras. Ninguna salía de sus labios. Ninguna se acercaba siquiera a liberar las emociones reprimidas que le oprimían el pecho.

«Dios mío, ese pobre niño. Ver morir a su padre».

¿Por qué ese cabrón lo había obligado a hacerlo? ¿Por qué Jimmy Gagnon acababa de arruinar la vida de Bobby?

Se movió sin darse cuenta. Deslizó las manos bajo la bata de Susan, desesperado por encontrar piel desnuda.

Ella murmuró algo. Sí, no, él no llegó a escucharlo de verdad.

Le quitó la bata y deslizó los dedos por el fino encaje que le cubría los pechos mientras enterraba la cara en la curva de su cuello.

Susan tenía unos dedos preciosos. Largos, finos pero sorprendentemente fuertes.

Dedos que podían arrancar los sonidos más dulces de un delicado instrumento de madera.

Ahora esos dedos se encontraban en su espalda y buscaban los nudos que tensaban sus músculos.

Le había quitado la camisa y estaba desabrochándole los pantalones.

Era demasiado lenta. Él estaba hambriento, frenético. Necesitaba cosas que no podía nombrar, pero sabía, por instinto, que ella podía dárselas.

Era curioso que siempre hubiera sido delicado con ella hasta entonces.

Su piel era como porcelana fina; su belleza, demasiado pura para mancillarla.

Le arrancó el vaporoso camisón del cuerpo.

Hundió los dientes en la curva de su hombro.

Le agarró las nalgas con las manos y la empujó hacia arriba, levantándola contra él.

Cayeron enredados sobre el suelo de madera. Él quedó abajo; ella, arriba. Su preciosa boca le devoraba el pecho; su pequeña y pálida figura se retorcía contra su amplio y oscuro cuerpo. Luz y sombra, bien y mal.

Ella se irguió sobre él y descendió sobre su cuerpo. Tenía los hombros echados hacia atrás y los pechos proyectados hacia fuera. Ella lo necesitaba. Él la necesitaba. Luz y sombra, bien y mal.

En el último momento, vio a la mujer.

En el último momento, vio al niño.

Susan llegó al orgasmo con un grito gutural. Él la sostuvo cuando se desplomó sobre su cuerpo, y él permaneció allí tendido en el suelo y sintió una oscuridad que se prolongaba sin fin.