Capítulo 3
—Veo la espalda de un hombre blanco, de aproximadamente un metro ochenta de altura, pelo castaño y corto y camisa azul oscuro.
Está de pie a un metro veinte más o menos tras unas puertas francesas en la parte delantera del edificio, que voy a llamar lado A del nivel cuatro.
Las puertas francesas miden un metro de ancho, se abren hacia fuera y constituyen la tercera abertura.
La abertura uno del nivel cuatro es una ventana de doble hoja, de unos setenta y cinco centímetros de ancho y dos metros diez de alto.
La abertura dos es otra ventana de doble hoja, de sesenta y cinco centímetros de ancho y dos metros diez de alto.
La abertura cuatro, lado A, nivel cuatro, es una última ventana de doble hoja, de sesenta y cinco centímetros de ancho y dos metros diez de alto.
Bobby informó de los detalles de la cuarta planta de los Gagnon sin perder de vista al único sospechoso. El hombre no se movía. ¿Estaba observando a alguien, buscaba algo? Tenía las dos manos delante del cuerpo, por lo que Bobby no podía saber si iba armado.
Con los prismáticos, buscó a una mujer y un niño, pero no los encontró.
La habitación parecía un dormitorio, con una cama de matrimonio situada justo en el centro del espacio y alineada en paralelo a las puertas francesas.
Era una de esas elaboradas camas de hierro forjado con una tela blanca vaporosa colgando en todas las direcciones.
Detrás de la cama se veía una hilera de puertas correderas pintadas de blanco.
Debía ser un armario. A la izquierda se distinguía un hueco donde parecía haber otra puerta. ¿El baño principal? ¿Una sala de estar?
La habitación era grande, con muchos rincones donde esconderse, por lo que la situación era aún más interesante.
Bobby intentó ajustar los prismáticos para penetrar en las sombras de la alcoba de la izquierda, sin suerte. Escudriñó con brevedad las otras ventanas iluminadas del edificio, pero no encontró ningún indicio de otros ocupantes.
¿Dónde estaban la mujer y el niño? ¿Escondidos entre las cortinas de tela que cubrían la cama? ¿Metidos dentro de un armario? ¿Ya muertos, en el suelo?
Bobby sintió que se le encogía el estómago por la tensión. Se obligó a inspirar despacio y luego a espirar.
«Concéntrate. Forma parte del momento, pero mantente fuera de él. Distánciate».
«¿Cuál es la diferencia entre un tirador y un francotirador? Un tirador siente el pulso. Un francotirador lo silencia».
Bobby se preparó para una larga espera: ajustó el soporte de su rifle, colocando la culata en el saco de apoyo hasta alcanzar la altura perfecta.
Movió la silla hasta inclinarse sobre la mesa y luego encajó la culata en la curva de su hombro.
Cuando el rifle quedó bien firme pero cómodo contra su cuerpo, como una extremidad más, un tercer brazo, se echó hacia delante y encontró el punto apoyo, el lugar donde la mejilla se asentaba sobre la culata y el ojo se alineaba con la mira de forma tan perfecta que, de repente, el mundo entero parecía caber en ella.
Podía ver cualquier cosa, podía disparar a cualquier cosa.
Volvió a estudiar al único sospechoso, que ahora miraba por encima del borde de la cama de hierro forjado.
Bobby introdujo en la recámara una bala de punta adherida y situó la mira del visor en la nuca del hombre. Su respiración era superficial; su pulso, constante. Apuntó sin que su mano temblara lo más mínimo.
Los francotiradores de la policía practicaban una sola cosa: incapacitar al instante a un sujeto que pudiera tener el dedo en el gatillo. Básicamente, mes tras mes, Bobby se entrenaba para seccionar el tronco encefálico de un hombre.
Se sintió satisfecho con su posición. El ángulo era fácil; la distancia, manejable.
Sufriría una pequeña desviación por el cristal de las puertas francesas, pero nada que no pudiera manejar con munición de ciento sesenta y cinco granos.
Con el objetivo inmóvil, no tenía que preocuparse por la desviación del plomo y, a una distancia tan corta, el tiempo y el viento no eran factores relevantes.
Se apartó de la mira, con cuidado de no mover el rifle, y con la mano derecha tomó notas en su cuaderno de tiro.
Detalló la munición, el ajuste de la mira y la posición de tiro.
Luego cogió los prismáticos, que le proporcionaban un campo de visión más amplio, y, de nuevo, con cuidado de no mover el rifle, siguió vigilando la escena.
El hombre se había movido un poco hacia los pies de la cama.
Bobby sintió una tensión creciente, una fuerza que iba in crescendo .
No sabía por qué, pero pronto lo entendió: la forma en que el hombre estaba de pie, con los hombros cuadrados, los codos hacia fuera y los pies un tanto separados, era una postura dominante, la de un hombre que se hinchaba para parecer aún más grande y fuerte.
Bobby sabía que, si pudiera verle la cara, tendría una mueca desagradable, una mirada enrojecida y encolerizada.
Una vez más, buscó señales de la mujer y el niño, y, una vez más, no las encontró. Sin embargo, debían estar en algún lugar de esa habitación, o el hombre se habría movido. Bobby deseaba verle la cara.
Como de momento no ocurría nada, dibujó el esquema del edificio para su equipo.
De acuerdo con el protocolo, etiquetó cada lado del edificio con una letra: A, B, C y D.
Dado que había edificios colindantes a ambos lados y en la parte trasera, solo quedaba libre la parte delantera, a la que etiquetó con la letra A.
Después, numeró cada planta de la casa, del uno al cinco, más el sótano.
Por último, anotó cada abertura del lado A: especificó si se trataba de una ventana o una puerta, indicó su tamaño aproximado y las numeró de izquierda a derecha, empezando por el uno.
Eso dio como resultado un gráfico simple que todos podían comprender.
El hombre estaba de pie frente a las puertas francesas: lado A, nivel cuatro, abertura tres.
O, en la forma abreviada que utilizarían cuando empezara la acción: hombre solo, A-cuatro-tres, sin tener que especificar cuál era la izquierda o la derecha de cada uno.
Con tres coordenadas rápidas, ¡bum!, el trabajo estaba hecho.
Una vez terminado el esquema, Bobby hizo sus propias comprobaciones, cosas que había aprendido tras años de trabajo.
¿Algún indicio en la casa de que hubiera premeditación?
¿Puertas atrancadas, listones de madera clavados en las ventanas?
¿Algún signo de que alguien intentara ocultar sus delitos?
¿Persianas bajadas o muebles que bloquearan la vista…
? La preparación previa era una señal de alerta.
También lo eran los disparos por la ventana o las amenazas abiertas de violencia.
Hasta ese momento, todo seguía tranquilo. No se veía a nadie en el edificio, excepto al único sospechoso, de pie a un metro veinte tras las puertas francesas, A-cuatro-tres.
Bobby se quitó los prismáticos y volvió a observar la habitación a través de la mira del rifle.
Con las correderas entreabiertas, le llegaba una brisa fría que le helaba la cara y le entumecía los dedos.
En cuanto llegara un observador, le pediría que las cerrara, pero debía sentarse lo bastante cerca como para poder volver a entreabrirlas en cualquier instante.
Por el momento, sin embargo, se encontraba bien.
Su respiración era constante; sus músculos estaban relajados.
Estaba encontrando su estado de calma. Tranquilo pero preparado.
Alerta pero relajado. «Si apuntas a una zona pequeña, fallarás por poco».
Ya ni siquiera pensaba en la mesa de juego, en el frío viento de noviembre ni en que el señor Harlow seguía en la puerta que había tras él, ansioso por presenciar algún tipo de espectáculo.
Pronto llegaría el negociador de rehenes, hablaría por teléfono con el sospechoso e intentaría llegar a una solución pacífica.
Si aún no había heridos, el negociador trataría de convencerlo de que se rindiera, ya que lo peor que tendría que sufrir sería pasar un poco de vergüenza.
Si la familia resultaba herida o, peor aún, muerta, las cosas se complicarían.
Pero el equipo de gestión de crisis era bueno.
El año anterior, Bobby había visto al negociador, Al Hanson, convencer a tres presos fugados para que se entregaran de manera pacífica, a pesar de que los tres se enfrentaban a cadena perpetua y no tenían nada que perder si se liaban a tiros.
Después, el teniente de Bobby se había acercado a cada uno de los presos, les había dado una palmada en el hombro y les había agradecido de corazón que se hubieran rendido.
Esas situaciones siempre comenzaban con mucha adrenalina, testosterona y, en general, un ambiente de locura.
Entonces aparecía el equipo de Bobby y se encargaba de calmar los ánimos.
No había motivo para actuar de forma precipitada.
No había necesidad de recurrir a la violencia.
«Si sigues los protocolos, amigo, todo saldrá bien».
Movimiento. Al otro lado de la calle, el sospechoso se giró de repente y caminó hacia la derecha de forma agitada. Bobby por fin vio una pistola.
—El sospechoso se mueve frente a las puertas francesas, A-cuatro-tres.
Veo lo que parece ser una nueve milímetros en la mano derecha.
Mujer blanca —anunció Bobby de repente, con voz triunfante—.
Pelo largo y negro, camiseta roja oscura; parece que está arrodillada o sentada detrás de la cama, a cuatro metros y medio de las puertas francesas, A-cuatro-tres.
Niño blanco, pelo oscuro, pegado a la mujer. Pequeño, dos o tres años.
—¿Se mueven la mujer o el niño? —La voz del teniente Jachrimo se escuchó por el receptor—. ¿Alguna señal de lesiones?
Bobby frunció el ceño. Era difícil de decir.
El hombre volvió a interponerse en su campo de visión y empezó a caminar con rapidez de un lado a otro, agitando la pistola con la mano derecha.
Bobby se centró en el arma, en busca de más detalles.
Resultaba complicado, con el hombre moviéndose.
Alejó el zoom y trató de hacerse una idea del único sospechoso: cómo sostenía la pistola de nueve milímetros, cómo se movía por la habitación.
¿Era un experto en el manejo de armas? ¿Un aficionado nervioso? También era difícil de determinar.
El hombre se desplazó hacia la derecha y Bobby vio que la mujer gritaba algo. Tenía al pequeño bien agarrado contra ella, con la cara girada hacia su pecho y las manos cubriéndole los oídos.
Algo ocurría. Y muy rápido. Bobby no sabía qué había provocado el alboroto, pero el hombre gritaba. A través de la mira, vio la saliva que salía disparada de entre sus labios, los músculos tensos de su cuello. Resultaba surrealista contemplar una ira tan explosiva sin oír ningún sonido.
La mujer se puso de pie, con el niño aún apretado contra su pecho. Ella había dejado de gritar, al parecer tras haber llegado a algún tipo de conclusión. El hombre vociferaba con violencia; ella se limitaba a mirarlo.
De repente, él apuntó con el arma a la cabeza de la mujer. Abrió la mano izquierda, como si hiciera un gesto para que le entregara al niño.
—El sospechoso está encañonando a la mujer —se oyó decir Bobby—. El sospechoso le está apuntando con una pistola…
El hombre seguía apuntando con el arma a la cabeza de la mujer, pero ahora rodeaba la cama, rápido, furioso. Ella no dijo una palabra, no se movió ni un paso. Entonces él hombre llegó hasta ella, gritó con ferocidad y tiró del niño con la mano izquierda.
El chico se separó del pecho de su madre. Bobby alcanzó a ver de manera fugaz un rostro pequeño y pálido de ojos oscuros y desorbitados. El crío estaba muerto de miedo.
—El sospechoso tiene al niño. El sospechoso lo empuja por la habitación.
Lejos de su madre. Lejos de lo que fuera a suceder a continuación.
Bobby se hallaba presente , formaba parte del momento, pero estaba fuera de él.
Manipuló la mira telescópica e hizo pequeños ajustes con la misma naturalidad con la que respiraba.
Se desplazó un poco hacia la izquierda y se adelantó una fracción de segundo cuando el sospechoso empujó a su hijo hacia los pies de la cama y después volvía hacia su mujer.
El niño desapareció entre la tela blanca que flotaba alrededor de la cama. Solo quedaban él y ella, marido y mujer. Jimmy Gagnon ya no gritaba, pero su pecho se agitaba arriba y abajo; respiraba con fuerza.
La mujer al final habló. Sus labios eran fáciles de leer en el mundo ampliado de la mirilla Leupold de Bobby.
—¿Y ahora qué, Jimmy? ¿Qué vas a hacer?
Jimmy sonrió de repente y, al ver esa sonrisa, Bobby supo de sobra lo que iba a ocurrir a continuación.
El dedo de Jimmy Gagnon se movió hacia el gatillo. Y desde unos cuarenta y cinco metros de distancia, desde el dormitorio a oscuras de la casa de un vecino, Bobby Dodge lo abatió de un disparo.
***
Jadeaba. Respiraba con fuerza. Una presión insoportable estalló de repente en su pecho y luego se desinfló.
Bobby apartó el dedo del gatillo y retrocedió con brusquedad, como si soltara una serpiente de cascabel viva.
Sin embargo, mantuvo el ojo en la mira. Vio que la mujer corrió hacia los pies de la cama y cogió al niño en brazos, vio cómo apartaba la cabeza del pequeño de la sangre y del cuerpo de su padre.
Por un momento, madre e hijo permanecieron abrazados y formaron una sola figura de brazos y piernas entrelazados, la mejilla de ella apoyada en la cabeza de él.
La mujer levantó la cabeza. Miró al otro lado de la calle.
Miró hacia el interior de la casa de su vecino.
Miró directamente a Bobby Dodge y él sintió un cosquilleo que no pudo explicar.
—Gracias —articuló ella con los labios.
Bobby se levantó de la mesa y se dio cuenta de que respiraba con fuerza y tenía la cara cubierta de sudor.
—Joder —dijo el señor Harlow desde la puerta.
Entonces, por fin, volvió a ser consciente del mundo que lo rodeaba. Pasos que resonaban. Sirenas a todo volumen. Hombres que se acercaban. Algunos, a por ella; otros, a por él.
Bobby puso las manos detrás, a la espalda, plantó bien los pies y esperó como le habían enseñado. Había hecho su trabajo. Había quitado una vida para salvar otra.
Ahora empezaría el follón.