Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Bobby podría trabajar toda su vida y, aun así, no podría permitirse ni siquiera aparcar en una calle como esa, y mucho menos vivir en ella. Resultaba curioso que algunas personas parecieran tener todas las ventajas posibles en la vida y, aun así, estuvieran tan jodidas.

La distancia no sería un problema, determinó.

Los edificios de ladrillo rojizo estaban muy juntos, con apenas cuarenta y cinco metros entre un lado y el otro de la calle.

El ángulo era más preocupante. Cualquiera superior a cuarenta y cinco grados complicaba la balística.

El edificio en cuestión parecía tener cinco pisos, además de un sótano con luz natural.

Sin embargo, el oficial al mando había comentado que el quinto se había convertido en un techo abovedado para el dormitorio principal del cuarto.

Eso encajaba con lo que Bobby veía: luces encendidas en el cuarto piso, donde parecía haber un balcón con una elaborada barandilla de hierro forjado.

Cruzó la calle, desde donde podía observar mejor.

El espacio entre los barrotes de hierro forjado del balcón parecía ser de unos ocho centímetros.

No había problema, dado que entrenaba todos los meses para acertar en una zona letal de dos centímetros y medio.

El ángulo, sin embargo, complicaba las cosas; disparar a través de aquel hueco de ocho centímetros sería pan comido.

Pero disparar hacia arriba o hacia abajo con un ángulo de más de treinta grados…

Bobby necesitaba buscar una posición más elevada.

Miró el edificio de cuatro pisos situado justo frente a la casa de los Gagnon y, momentos después, llamó a la puerta principal.

Aunque el teniente Jachrimo le había dicho que los agentes uniformados ya habían evacuado a los residentes de la zona, no se sorprendió cuando un hombre mayor de mirada despierta y con una bata verde oscuro abrió al instante la vieja puerta de madera; era increíble cuánta gente no abandonaba su casa, ni siquiera al encontrarse rodeada por hombres armados hasta los dientes.

—Oiga, ¿es usted policía? Porque ya le he dicho al otro que no me voy a marchar.

—Necesito acceder a la última planta —indicó Bobby.

—¿Eso es un rifle?

—Señor, se trata de un asunto oficial de la policía. Necesito acceder a la última planta.

—Claro. Ese es el dormitorio principal. Oooh. —El hombre abrió mucho los ojos—. Ya lo entiendo. Mi balcón está frente al de los Gagnon. Debe ser un francotirador de la policía. Oooh, ¿puedo ofrecerle algo?

—Solo la última planta, señor. De inmediato.

Parecía que el hombre deseaba complacerlo.

George Harlow era consultor, le informó a Bobby mientras lo guiaba con premura por una amplia escalera central.

Casi siempre estaba de viaje, había sido pura suerte que estuviera en casa esa noche para dejar entrar a Bobby.

Su casa era más pequeña, no tan bonita como las otras, pero era dueño de todo el maldito edificio.

Volvía locos a sus vecinos de los edificios divididos en apartamentos, que no dejaban de especular sobre el valor de aquella vivienda unifamiliar.

Porque el mes anterior se había vendido una casa unifamiliar de Back Bay por casi diez millones de dólares.

Diez millones de dólares. Sí, el padre de George, que era un borracho, no le había dejado una herencia tan mala después de todo.

Por supuesto, los impuestos sobre la propiedad lo estaban ahogando.

¿Podía George tocar el rifle?

Bobby se negó.

Llegaron al dormitorio. El amplio espacio apenas tenía muebles, y mucho menos cuadros en las paredes.

El hombre debía viajar mucho, porque Bobby había visto habitaciones de hotel con más personalidad.

Sin embargo, la pared delantera era toda de cristal, con unas puertas correderas justo en el centro. Perfecto.

—Apague las luces —pidió. El señor Harlow casi se rio al obedecer—. ¿Tiene una mesa que pueda usar? Nada lujoso. Y una silla.

El señor Harlow tenía una mesa de juego. Bobby la montó mientras su anfitrión buscaba una silla plegable de metal. La respiración de Bobby se había acelerado. ¿Por subir cuatro tramos de escaleras? ¿O por la adrenalina de una noche que estaba a punto de comenzar oficialmente?

Llevaba ya dieciséis minutos allí, lo cual no estaba nada mal, pero tampoco era excelente.

Ya habrían llegado más agentes. Se estaba acotando mejor el perímetro.

Pronto aparecería otro agente para hacer de vigilante, lo que le proporcionaría un par de ojos extra.

Y después llegaría el equipo de negociación de crisis, que establecería contacto por fin.

Bobby colocó su Sig Sauer sobre la mesa y abrió las correderas dos centímetros y medio, lo justo para que asomara la punta de su rifle.

Luego se sentó en la silla metálica del señor Harlow, encendió la radio que llevaba sujeta a su chaleco antibalas y habló por el micrófono receptor que llevaba en la oreja y que funcionaba con las vibraciones de su mandíbula.

—Aquí Francotirador Uno, informando.

—Adelante, Francotirador Uno —respondió el teniente Jachrimo.

Bobby observó por la mira y por fin encontró a los Gagnon.