CAPÍTULO 12 Desafectos #2
En esa lenta agonía, se sentía como Jesucristo crucificado.
En la cruz, la dimensión del tiempo pesaba con distinta medida.
La incertidumbre, la propia sensación de ahogo, la falta de libertad, la injusticia de ser enemigo por tener un pensamiento distinto, marcaban más su espíritu que las propias heridas.
No sentía miedo, era un sentimiento distinto.
No era terror o pánico, no era pena ni tristeza.
Era simplemente impotencia. Impotencia por no poder volver a ver a sus padres, a sus hermanos, por no compartir más navidades juntos, por no poder seguir devorando libros, estudiar y labrarse un porvenir, un futuro en el que no dependiera de un patrón y donde fuera libre en sus decisiones.
Un futuro junto a Laura. Toda esa impotencia era una llama negra que quemaba su corazón y que, en cambio, le hacía seguir vivo.
La tropa nacional para unos, rebelde para otros, se regía por una tenaz jerarquía militar.
No era fácil organizar un conjunto de almas tan variopinto; pese a que tenían en común el amor a la Patria, la realidad era que cada uno basaba ese cariño en muy distintos valores.
Italianos y falangistas tenían muchas más cosas en común que con los requetés y estas afinidades creaban cierto clima de desconfianza que se plasmaba en cosas tan peregrinas como el reparto del rancho.
Los italianos gozaban de un sueldo mucho mayor que los soldados españoles, esto hacía que pudieran comprarse ciertos lujos que los nacionales solo podían soñar.
Algo semejante sucedía con los días de permiso, la calidad de las armas o incluso la cantidad de munición.
Estas desigualdades en campaña eran mal vistas por la tropa española pero apenas criticada por los falangistas dado que los italianos solían compartir muchos de esos lujos con ellos y casi nunca con los requetés.
Sin embargo, las distintas facciones no mostraban ninguna fisura con el enemigo.
Odiaban, con todas sus fuerzas el marxismo, que había infectado España convirtiéndolo en un solar donde la propiedad era atentada, la religión católica perseguida y donde la creación de riqueza era automáticamente atacada.
Ellos actuaban en nombre de la Patria, con la certeza de querer vencer a los que habían traicionado a la identidad de un pueblo y a su unidad nacional.
Actuaban con el objeto no solo de revertir el orden en una España sumida en el caos del tiroteo, los sabotajes, las persecuciones y los atentados si no de recuperar el orgullo de una enseña, enseña heroica e invencible, deshacerse de los quejidos aún audibles del 98 y ensalzar la idea de España como el Imperio que fue.
Y en esas estaban, tratando de resurgir un Imperio matando a golpes a un pobre chico que aquella semana cumpliría 17 años.
El cielo comenzó a llorar, al principio como un leve susurro, casi un suspiro, que fue incrementando su llanto.
Los soldados sorprendidos, trataban de resguardarse al cobijo de las copas de los árboles, otros incluso con las portezuelas de carga de los camiones a modo de parapeto.
El cielo se tornó negro, un negro casi irreal, un negro capaz de eclipsar cualquier resquicio de luz.
La lluvia golpeaba violentamente el suelo, cada vez con más intensidad con mayor rabia a cada segundo, como si Ravel orquestara su Bolero.
Pronto todo el terreno era charco. La sensación de humedad traspasaba cada poro.
Alejo notaba como el agua lavaba su cara ensangrentada y a pesar de aquella atmósfera apocalíptica sentía, sin embargo, cada vez menos el peso de la cruz.
Nadie se percataba de él, ningún soldado era consciente que Alejo reunía fuerzas de flaqueza para liberarse del yugo, que las cuerdas que lo sujetaban le oprimían con menor fuerza, como si el Destino le estuviera dando una segunda oportunidad.
Sintió algo, algo parecido a un susurro, una leve brisa, una inyección de adrenalina o todo esto junto.
Sin entender cómo, de forma autómata Alejo de un tirón sordo se había liberado.
De rodillas en el suelo, embarrado, con el cuerpo destrozado y sin saber hacia dónde ir, huyó sin mirar atrás y aparentemente sin despertar sobresalto alguno en sus captores.
La lluvia apenas le dejaba abrir los ojos.
Alejo corría tropezando entre raíces y piedras. No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo. Quizá minutos. Quizá horas. El bosque retumbó. Primero un disparo. Luego otro. Después nada. Silencio. Solo el agua golpeando las hojas.
Se dejó caer detrás de un haya centenaria tratando de recuperar el aliento. La cabeza le daba vueltas. Cada respiración era una cuchillada. Laura.
Aquel pensamiento volvió a él. No sabía dónde estaba. No sabía si seguía viva. No sabía siquiera si volvería a verla.
Y sin embargo siguió avanzando. La niebla se abrió ligeramente en una pequeña vaguada.
Entonces distinguió una figura. Una sombra inmóvil, un hombre apoyado contra un tronco.
Alejo se acercó con cautela, el uniforme estaba empapado y su rostro cubierto de barro.
Cuando el hombre levantó la cabeza ambos se quedaron inmóviles.
— ¿Rodro?
— Llegas tarde, hermano.
La sonrisa de Manuel apenas duró un segundo, una venda improvisada envolvía su costado. Había perdido mucha sangre.
— ¿Laura? —preguntó Alejo.
Manuel señaló hacia la ladera.
- Se la llevaron.
Aquellas tres palabras le atravesaron más que cualquier golpe recibido.
- Tenemos que seguirlos.
- No puedes seguir a nadie en este estado.
- Tengo que encontrarla.
Manuel sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo no parecía un miliciano. Solo un hermano mayor.
- Siempre fuiste tan terco como madre.
La lluvia continuó cayendo, durante unos instantes permanecieron en silencio. Dos hermanos. Dos supervivientes arrastrados por una guerra que jamás habían decidido.
- Escúchame bien, Alejo —dijo Manuel con voz cada vez más débil—. Llevo demasiado tiempo odiando, lanzó una mirada al cielo buscando el valor necesario.
- Odiando a los ricos. A los guardias. A la Iglesia. A cualquiera que pensara diferente. - prosiguió.
La respiración comenzó a entrecortarse.
- Y al final solo encontré más odio - sentenció.
Alejo le sujetó la mano.
- No hables – rogó.
- Escucha.
Las lágrimas se mezclaban con la lluvia.
- Si encuentras a Laura... no permitas que esta guerra os convierta en lo mismo que ellos.
La mano de Manuel perdió fuerza hasta quedarse inmóvil. Alejo permaneció allí mucho tiempo, perplejo, sin poder moverse ni un ápice, incapaz de aceptar la vida que ya no existía.
A varias decenas de kilómetros de allí, el automóvil negro avanzaba lentamente. Laura observaba por la ventanilla mientras Marcillo permanecía en silencio. La tormenta había cedido. Por primera vez desde su captura, el teniente parecía incómodo. Finalmente habló:
- La marquesa ha confirmado su identidad.
Laura no respondió.
- Y también ha confirmado la existencia del envío.
Marcillo bajó la mirada.
- Parece que me equivoqué - señaló achicando su otrora altivo tono sílaba a sílaba.
- No es la primera vez. – sentenció Laura.
Aquella respuesta habría enfurecido al viejo Marcillo. No al que ahora viajaba sentado frente a ella. Durante unos segundos pareció veinte años más viejo.
- Llevamos meses persiguiéndonos entre españoles. – reparó lacónico.
Laura no contestó.
- Y no sé si cuando todo esto termine quedará algo que salvar. – admitió.
El coche continuó avanzando por la carretera embarrada. Laura pensó en Miguel, en Fabio, en Rodro, en Alejo. Alejo.
Y comprendió algo. Ya no huía por salvar su vida. Huía por proteger aquello que todavía conservaba sentido.
Al amanecer, Alejo alcanzó la carretera. Empapado. Solo. Exhausto, pero vivo. En el horizonte distinguió el perfil de un automóvil detenido. Una melena rubia apareció entre la niebla. Alejo sonrió. Laura empezó a correr.
Y por primera vez desde que abandonaron aquel tren no corrían para escapar.
Corrían el uno hacia el otro.