CAPÍTULO 12 Desafectos
El egoísmo es el mal endémico de una sociedad aletargada, sumida en el bien interior y no en el del prójimo.
Dar un paso hacia delante, ser valiente y atreverse son hoy quimeras.
Puerta grande o enfermería para quien, con el dolor del paso por el desierto, con llagas y heridas en lo más profundo del Ser busca una meta, lo intenta.
Sin miedo al fracaso. Porque lo peor de sentirlo es no intentarlo.
No era una mañana normal. Aquel día amanecía perezoso, sin ganas de salir del letargo de la noche. Nubes bajas hacían indistinguibles las copas de los árboles. El rocío impregnaba cada poro del bosque y el frío atenazaba cualquier ser viviente.
Alejo y Laura se despertaron abrazados, vestidos con todas las capas de ropa que tenían, tapados con aquella manta salvadora que Laura, con buen tino, había metido con calzador entre sus enseres y, sin embargo, no podían dejar de castañear y tiritar.
Aquella pesada humedad, aquel frio punzante, minaba cualquier pensamiento.
- Buenos días - dijo Alejo a tan solo un palmo de Laura.
- Buenos días, Alejo – respondió con una sonrisa de complicidad Laura.
- Veamos, ¿Cuál es el plan? – quiso saber Alejo.
- Creo…que solo tenemos dos opciones – afirmó Laura con rotundidad.
Ambos guardaron silencio. Volver en busca de Rodro, sin saber si habría sobrevivido y enfrentarse a la ira de Marcillo. Seguir el camino, sin rumbo claro en busca de la marquesa y arrastrando la pena de la más que posible pérdida de un hermano. Esas eran las opciones. Decidieron volver.
Contaban con una baza importante: los planos de la contienda. Sabían día a día cual sería el avance nacional sobre el terreno. Sin embargo, las dudas les asaltaban.
- Laura, según esto ayer no deberían haber atacado – concluyó Alejo mientras analizaba los planos.
- Lo sé, pero al adelantarse un día, hoy estarán parados en el valle rearmándose – valoró Laura.
- ¿Tú crees?, ¿y si tienen una nueva estrategia? – preguntó dubitativo Alejo.
- Tenemos que fiarnos de lo que tenemos Alejo, no se cambia un plan de guerra de un día para otro – afirmó con seguridad Laura, no dejando opción de réplica a Alejo.
Ya en movimiento, el frio atenazador se fue atenuando.
Sobre ellos, las nubes seguían cubriendo las copas de los árboles más altos.
El sendero cubierto de hojas se hacía a veces impracticable pero el ansia por continuar, la emoción contenida que albergaba aún un halo de esperanza, les hacía proseguir.
Aquel lugar, frontera entre fronteras, albergaba para si una belleza singular.
Árboles caducos y perennes se conjugaban sin ningún orden, buscando únicamente llegar más alto, buscando la luz, dejando la oscuridad debajo.
El sotobosque, aparentemente yermo, contenía sin embargo la más abundante de las vidas.
Los troncos y ramas vencidos por las últimas tormentas y la descomposición del terreno eran maná para insectos y pequeños animalillos que se ocultaban de cualquier mirada furtiva.
El ambiente lúgubre, el tono ocre -casi óxido- del suelo, macabro, misteriosamente hipnótico e increíblemente fértil.
Ambos incrementaban el ritmo a cada paso, como si de una carrera al sprint se tratase.
La colina no tardaría en aparecer. No había pasado un día desde que habían recorrido ese mismo camino y a pesar de ello, no eran capaces de desandar sus pasos.
Los senderos se cruzaban, serpenteaban y se separaban.
Se miraban incrédulos, avanzaban y avanzaban, pero el camino no era el mismo que el del día anterior.
Las zarzas se extendían por aquel paraje umbrío y oscuro.
Extrañados decidieron parar, observar, pensar...
- ¿Cómo es posible? - se decía para sí mismo incrédulo Alejo.
- Hemos ido por el mismo camino de ayer Alejo, estoy segura - quiso restar importancia Laura.
- Lo sé, pienso como tú, pero... ¡Mira donde estamos! - exclamó apesadumbrado Alejo mientras trataba de desengancharse de aquellas alambradas naturales.
- Alejo, lo conseguiremos. No te preocupes. Vamos a rescatar a tu hermano. - dijo Laura con el mayor tono de seguridad del que fue capaz.
En un momento, la naturaleza perdió su calma: de la espesura del bosque surgieron como resortes varios Mauser ¡Alto!, un golpe en la sien, una bala perdida.
El zumbido en la cabeza resultaba atroz. Las luces destellantes impedían recuperar completamente la conciencia mientras un sabor metálico recorría su cara llegando hasta sus labios.
- Laura... - trató de esbozar con un hilo de voz sin obtener respuesta-
- Laura...- esta vez más fuerte.
- ¡Cállate rojo! - exclamó una voz que no supo reconocer.
Los nacionales no solo se habían hecho con el control del valle en tiempo récord si no que se habían apropiado de un gran botín de guerra: morteros, lanzagranadas, fusiles, ametralladoras y distinto armamento en general.
Lo que más motivó a la tropa fue la singular cantidad de vino que encontraron en el polvorín.
Sin duda, Puente tenía claro como envanecer a sus camaradas.
La carretera serpenteaba tratando de salvar el desnivel de la forma más voraz posible.
Laura, sentada en la parte de atrás del coche entre dos oscos soldados, veía por el cristal como el paisaje cada vez era más abrupto.
No sabía el tiempo que había pasado en aquel coche negro engalanado con banderas rojigualdas, había perdido la noción del tiempo.
Aún no se había dado cuenta de que delante el teniente Marcillo la miraba fijamente a través de un espejo.
Nadie había dicho una palabra desde que, a empujones, con algún exabrupto mediante, metieran a Laura en el vehículo donde ya estaba esperando Marcillo.
Todo el trayecto en un silencio que atenazaba.
- Nunca imaginé que una niña bien de las mejores familias de Neguri pudiera querer venderse a los rojos – dijo Marcillo rompiendo la falsa atmósfera pacífica.
- Yo no me he vendido a nadie – replicó Laura como un resorte.
- ¿Ah no?, ¿robar al Glorioso Movimiento documentos confidenciales sobre el avance de la guerra para entregárselo a los cenetistas no le parece venderse? – preguntó Marcillo enfatizando su desdén en cada sílaba.
Laura aguardó unos segundos que se hicieron eternos. Había estado pensando sobre algo, un atrevimiento sin duda, pero quizá podría resultar:
- No íbamos en busca de ninguna línea cenetista teniente, buscábamos la forma de llegar a Bilbao de la forma más rápida posible para darle sus pertenencias a la Ilma.
Sra. Marquesa de Zabalburu, muy amiga de mi padre y como sabrá de Don Emilio Mola.
– argumentó Laura con la mayor serenidad de la que fue capaz.
Aquellas dos últimas palabras desdibujaron la mordaz faz de Marcillo por un momento, era precisamente eso lo que Laura buscaba. La duda, la inseguridad, la necesidad de comprobación por parte de Marcillo. En definitiva, ganarle tiempo al tiempo.
- No me creo una palabra – dijo Marcillo sin dar mayor explicación.
- ¿Ah no?, ¿quiere usted un consejo de guerra?
No creo que a Don Emilio le agrade que tenga secuestrada a la hija de uno de los mayores apoyos del Movimiento en Vizcaya y menos aún que haya impedido que las pertenencias de su gran amiga – dando énfasis a estas dos últimas palabras – lleguen lo antes posible a sus manos.
– dijo Laura reuniendo todo el valor que pudo.
- Yo… yo no he impedido tal cosa señorita Aznar – terció dubitativo – yo… daré orden de que informen a la mayor brevedad a la marquesa de lo que me acaba de contar – afirmó para tras una breve pausa añadir– Basta decir que la mentira es pecado y yo no admito herejes.
Por primera vez Laura descubrió unas profundas ojeras bajo aquellos ojos grises.
Marcillo parecía cansado. No cansado de la guerra.
Cansado de llevar demasiado tiempo dentro de ella.
Laura lo había conseguido, la duda se había sembrado en el teniente Marcillo, ahora solo faltaba saber dónde lo tenían.
Alejo no era un joven de misa, no creía que con Eucaristía y confesión se fuera a ningún lado, pero pese a ello se sorprendió recitando en voz alta todos los padrenuestros y avemarías de los que era capaz, tratando que el Espíritu Santo encarnado en algún alma rebelde intercediera por él.
La realidad era bien distinta, colgado de un árbol con sus muñecas atadas hacia atrás, prácticamente desnudo, en medio de un bosque inhóspito y con la niebla abrazando cada poro de su piel como compañía en la agonía, esperaba su final.
Se encontraba con los ojos vendados, con heridas secas y otras aun latientes, descalzo y a pesar de todo, solo un pensamiento habitaba en su cabeza: Laura.