Sobrevivir CAPÍTULO 11 Traición
79%

CAPÍTULO 11 Traición

Es ingenuo pensar que las personas no evolucionamos con el paso del tiempo.

Los fracasos, las pérdidas, los logros… Nos moldean como el barro en un torno ante las manos de la vida.

En aquella casa se respiraba un clima anómalo: juegos de cartas, risas y comidas se alternaban con guardias y vaivenes de munición.

No saber quién es tu verdadero enemigo, mantener una alerta permanente y luchar para sobrevivir.

Bonifacio miró atentamente a Laura escrutando cada gesto, tenía un aura conciliadora que rápidamente se tornaba en la más brutal fiereza cuando sentía que le intentaban ocultar algo. Esa ambivalencia se había contagiado en sus hombres que tan pronto reían y cantaban como violaban y mataban.

​-​              ​ Mis padres siempre me han repetido que una persona tiene una boca y dos orejas y por tanto hay que actuar en consecuencia, así que, soy todo oídos. – enunció Bonifacio.

Fueron segundos de silencio en los que nadie se atrevía a moverse, segundos en que todas las miradas apuntaban a Laura sin empuñar un arma, pero con una bala cargada.

​-​              ​ Intuyo que sabes perfectamente quien soy, después de tantos meses de huida nuestra no buscada fama nos habrá precedido – empezó diciendo Laura, con tono decidido y frio, mirando directamente a su interlocutor que la dejaba hablar sin apenas pestañear – Alejo y yo llevamos huyendo de la guerra desde que nos conocimos, salvándonos la vida el uno al otro y al final aquí estamos, en la casilla de salida – prosiguió su discurso con resquemor.

- a estas alturas no confío en la palabra de nadie, ni de falangistas ni de comunistas, lo único que puedo es tratar que no nos maten. -afirmó con voz queda.

​-​              ​ Bien, y después de tanta palabrería, ¿qué va a hacer que salves la vida? – preguntó el comandante Puente con desdén interrumpiendo el discurso de Laura.

​-​              ​ Darte información sobre cómo se dispondrá tu enemigo sobre el campo de batalla las próximas dos semanas. – dijo Laura sin titubear.

Sobre la mesa, junto a los mapas, descansaba un ejemplar ajado de "La Conquista del Pan" de Kropotkin. Las esquinas estaban dobladas por el uso. No parecía el libro de un fanático sino el de alguien que aún buscaba respuestas.

El comandante se levantó de la silla súbitamente, como si una descarga eléctrica hubiera recorrido su cuerpo, con sus dos manos apoyadas sobre la mesa y con voz alterada comenzó su discurso:

​-​              ​ La Falange y los requetés son el cáncer del proletariado, unos por sus ideales fascistas que compran al jornalero con sus palabrerías pero que no dejan de ser engominados de ciudad hijos del capital y los otros…

los otros por representar el retraso de esta sociedad.

¿Cómo va a avanzar el país creyéndonos que los monigotes de las iglesias pueden parar las sequías o dar la fertilidad a las mujeres?

Nosotros, los vizcaínos, hemos permitido demasiado tiempo que la Iglesia fuera el tutor de nuestras vidas, que nos dijesen cuando algo estaba bien o estaba mal a merced de un fantoche vestido de negro.

Tras su alocución dio por un momento la espalda a los chicos, mirando a través de la pequeña ventana de la estancia las profundidades del valle.

​-​              ​ No podemos dejar ganar a los subversivos, a quienes no quieren que el proletariado avance, a quienes con el capital juegan con la vida de la gente creando conflictos y envidias.

No somos mercancía, no somos títeres de la burguesía, somos los dueños de nuestra vida y debemos reconquistar los derechos que los enemigos del pueblo quieren arrebatarnos – prosiguió.

Alejo y Laura se miraron brevemente, casi sin girar las cabezas, solo para demostrarse que estaban ahí, que seguían siendo uno, que se apoyaban el uno en el otro.

​-​              ​ ¡Fuera, todos fuera! – ordenó el comandante a sus soldados.

​-​              ​ Boni, me gustaría estar presente, soy su hermano… – dijo Rodro con atrevimiento.

​-​              ​ Te he dado una orden -espetó Puente no dando lugar a camaraderías.

Cuando todos los soldados habían abandonado la escena -incluido Rodro- el comandante Puente se sentó. Cambió su rictus e hizo un ademán a los chicos para que tomaran asiento.

​-​              ​ Bueno, ¿Dónde están esos documentos? – preguntó con interés Puente.

Laura vaciló por un momento, no sabía muy bien a qué estaba jugando el comandante.

Bien podría haberles detenido como hizo Marcillo.

Sin embargo, tras el discurso que había exhortado, casi más a sus soldados que a ellos mismos, un comandante bien distinto se encontraba frente a ellos.

Finalmente, Laura se rehízo y con actitud altanera abrió su mochila colocando primero un brillante lingote de oro sobre la mesa para después posar el rollo que contenía los planos de la futura contienda.

Alejo, un paso atrás, analizaba la escena en un mar de dudas.

El silencio se apoderó de la estancia. El comandante Puente aún no se había levantado de la silla y miraba impertérrito los dos objetos que Laura acababa de colocar. Ninguno de los dos lograba imaginar cual iba a ser la reacción de Puente.

De pronto, una sirena estruendosa resonó en toda la casa.

En un abrir y cerrar de ojos, la escena había cambiado drásticamente.

Una primera ráfaga de ametralladora dio la salida.

Puente se levantó como un resorte mientras Laura, con gran habilidad, regresaba el lingote y los planos a la mochila.

Alejo y Laura se miraron, no necesitaron decirse nada.

Abrir la puerta, salir corriendo y confiar en sobrevivir.

Los milicianos corrían de un lado para otro, unos iban en busca de munición mientras otros ya pertrechados salían a guerrear en las trincheras.

El olor a pólvora, el humo, las explosiones que todo fragmentan, las órdenes atropelladas, el ansia de matar; el miedo a morir.

Todo se superponía mientras aún la incertidumbre era total.

Laura repasó mentalmente sus notas, no era hoy, hoy no debían atacar. Se habían adelantado.

​-​              ​ ¡Vamos! – dijo Laura, subamos al monte, rápido – alentando a un Alejo que no necesitaba empujes.

La casa fortificada se había convertido en el blanco de la artillería nacional.

Los primeros obuses cayeron muy por delante de la línea de trincheras, pero pronto los cambios en la deriva hicieron que la casa sufriera grandes estragos.

Los muros de hormigón armado eran los que mejor resistían.

Lo demás, quedaba a merced de la puntería.

​-​              ​ No te pares Laura, hay que seguir, busquemos otro valle – dijo Alejo que tomaba el relevo en los ánimos, mientras echaba una última mirada atrás dejando a su espalda una gran columna de humo.

Alejo y Laura marcharon durante horas, en silencio total, parando de vez en cuando para comprobar que no les estaban siguiendo. Al fin, cruzaron al siguiente valle por un pequeño sendero que encontraron hasta que la noche se adueñó de las sombras y les obligó a buscar resguardo.

​-​              ​ ¿Crees que Puente nos la quería jugar? – preguntó suspicaz Alejo.

​-​              ​ Puede ser…pero hay algo que no sabemos. Tengo un sexto sentido para eso Alejo, créeme. – respondió convencida de sí misma Laura.

​-​              ​ ¿A qué te refieres?, ¿Cuándo mandó a todos fuera y nos pidió los documentos? – quiso aclarar Alejo.

​-​              ​ Si, exacto. Creo que en el fondo no le movían del todo las ideas políticas. - sugirió Laura.

​-​              ​ Puede ser. – concedió Alejo.

No podían dormir, no podían dejar de pensar en que una vez más habían conseguido huir y que pese a estar en lo más profundo de un bosque sin saber a qué bando de las Españas pertenecían aquellos árboles, ellos seguían frente a frente.

Tampoco podían olvidar que, al otro lado del valle, habían dejado a Rodro a merced de los disparos.

Sin hablar, casi sin mirarse a los ojos, sabían lo que cada uno pensaba. Lo que significaba cada paso que habían dado. Se quedaron así, hasta que el sueño les venció.