CAPÍTULO 10 Retreta
Siempre es importante ir de la mano de un compañero de viaje en el que poder confiar y que cuestione, incluso critique, tus acciones pero que a la vez cubra tus espaldas cuando el fuego arrecia en primera línea del frente.
También es difícil decir adiós. Poner punto final.
Caer por el precipicio sin saber la altura de la caída cuando la cuerda se rompe.
Al fin y al cabo, venimos solos al mundo y nos morimos solos sí, pero precisamente por eso, cuán importante es que en el camino la compañía sume y no reste. En primera línea siempre.
Tras analizar meticulosamente los planos y documentos no solo pudieron ubicar con exactitud donde se encontraban sino también saber dónde se encontraría la línea del frente durante la próxima semana y de esta forma anticipar sus propios movimientos.
No era fácil la empresa, pero tener la dirección en un sobre siempre ayuda.
El día era frio, propio de la época del año y aunque los cielos lucían tupidos por grises nubes, no amenazaba lluvia.
El primer pueblo tras casi toda una jornada de andadura apareció al fondo de un profundo valle.
Algunas casonas tapizaban la parte baja de ambas vertientes dando al bosque de pinos todo el protagonismo en las cotas altas.
Aquellas casas pese a encontrarse en valles de difícil comunicación entre sí, compartían un hecho común: su arquitectura.
Sobre planta cuadrada de dos pisos y paredes encaladas, sobresalen de la fachada principal y en sus extremos dos muros hastiales -cortavientos- de sillería que también será empleada en ventanas y aristas entre paramentos verticales.
En la planta baja, un amplio arco de medio punto dará paso al establo quedando a un lado, independiente, la puerta de la vivienda.
En la primera planta una balconada de madera -solana por estar soleada dada su orientación sur- se sitúa encajada entre los muros hastiales, tejado a dos aguas con teja árabe y aleros de madera darán por concluida la fisonomía propia de las casas de esta zona de España.
Habían dispuesto que en el caso de que alguien les diera el alto, mostrarían los documentos y planos de guerra con el fin de conseguir salvoconducto y tener vía libre hasta la marquesa y se juraron que ante cualquier tipo de amenaza o presión mantendrían el mismo discurso: encontraron un vehículo accidentado en la carretera, que nadie les pidió santo y seña y que no vieron víctima alguna y que por necesidad registraron el coche y encontraron una manta y una carpeta con los documentos.
Se lo aprendieron de memoria haciéndose preguntas el uno al otro buscando alguna contradicción.
Así estuvieron hasta dar con la primera casa, en la que una placa de azulejos azules con el nombre del pueblo en letras blancas y el escudo provincial daban la bienvenida.
Unos metros más allá, una precaria barricada trataba de bloquear la carretera: ruedas de tractores, barricas de vino, tablones, bloques de piedra y una endeble concertina esperaban a la guerra.
Todo parecía en calma, en una calma tensa.
- ¡Alejo! – escucharon.
Alejo dio un respingo, aquel grito se le hizo familiar y en cambio no conseguía identificarlo. Desde una pequeña loma apareció de la tierra un miliciano al que solo veían por encima de la cintura.
- ¡¡ALEJO!! – gritó esta vez con más fuerza.
Habían pasado cuatro meses sin tener noticias de su hermano mayor, cuatro meses de huida constante con el único propósito de ser libre.
Y, sin embargo, las carambolas del Destino hacían que en esa huida desesperada Alejo y su hermano mayor se encontrasen en un pueblo entre fronteras.
Alejo observó que su hermano había envejecido diez años en apenas unos meses.
Las manos seguían siendo las mismas, enormes y ennegrecidas por el trabajo, pero la sonrisa ya no era aquella sonrisa despreocupada de la fábrica.
Ignacio Manuel era el hijo primogénito. Sus padres habían llegado a Vizcaya apenas un año antes y él era el fruto de una generación de nuevos vascos.
Como tal, sus padres decidieron dotarle de un nombre compuesto Ignacio -patrón de Vizcaya- y Manuel -nombre de su abuelo materno- con el fin de que siempre tuviera en cuenta su pasado y su presente.
Como estudiar no iba con él, pronto empezó de aprendiz en distintos talleres.
Lo suyo eran los trabajos donde primara la fuerza y así fue ganando años en los tajos donde poco a poco fue entablando relación con obreros sindicalistas.
Allí empezaron las reuniones clandestinas, las pintadas y los pasquines y pronto las manifestaciones.
Manuel era hombre de pocas palabras y movido por una mezcla de odio hacia el que no necesitaba deslomarse para conseguir un trozo de pan y venganza hacia quien había arrebatado del jornal a su padre, emprendió un viaje sin retorno.
En las distintas manifestaciones organizadas para obligar a la patronal a mejorar los jornales, Manuel fue protagonista de un tumulto donde varios camaradas armados con palos y cócteles molotov rodearon a tres policías municipales a los que pretendieron quemar vivos y que tuvieron que repeler el ataque disparando al aire dispersando al grupo.
Finalmente, y en plena huida, un grupo de guardias civiles detuvieron a Manuel y sus correligionarios dándoles buen escarmiento en los calabozos.
Manuel fue condenado por “perturbar el orden público, atemorizar a los habitantes de una población o a clases o sectores determinados de la misma y atentado” a prisión mayor -entre 20 años y un día y 30 años de prisión- pero fue liberado de la cárcel por un grupo de cenetistas con los que marchó al frente.
Con el despido de su padre, Manuel se había echado a la espalda el peso de la economía familiar junto con su madre.
En aquella época no existía adolescencia, pasabas de jugar al escondite a apretar tuercas en un taller.
Su vida se centraba en el trabajo, la actividad sindical y su novia con la que incluso había hecho planes de boda, hasta que la guerra se interpuso.
Manuel seguía guardando en el bolsillo interior una fotografía doblada de Clara, la muchacha con la que había pensado casarse antes de que la guerra arrasara cualquier plan de futuro.
Y allí, a unos pocos kilómetros del frente de guerra del que uno huía y el otro aguardaba, dos hermanos se abrazaban.
- ¿Pero qué haces aquí Alejo?, lo último que se de ti es que ibas a pasar el verano en el pueblo. – dijo Manuel con emoción.
- Son muchas cosas por contar hermano, tuvimos que huir del tren camino al pueblo porque nos querían detener -mintió- y hemos ido de un lado a otro huyendo de la guerra hasta aquí – contestó Alejo.
- Ahora me cuentas todo Alejo, quiero saberlo todo, pero tienes -dio una pausa- tenéis que meteros en aquella casa de ahí arriba, está fortificada. – afirmó Manuel con voz tensa.
- Tranquilo Manuel, el frente no pasará por aquí hasta dentro de dos días, pero sí que nos vendría bien un plato caliente la verdad – terció Alejo.
- ¿Cómo sabes eso? - preguntó intrigado Manuel mientras acompañaba a Alejo y Laura hacia la casa.
La casa fortificada no era más que una borda de mampostería reconvertida.
Se encontraba dominando visualmente el pueblo y, sin embargo, rodeada de arbolado, estaba muy bien oculta de vuelos de reconocimiento.
La habían reforzado con unos muros de hormigón armado de aproximadamente metro y medio de altura que perimetraban la fachada que daba al valle, con cinco troneras para ametralladora y fusilería constituían una posición de disparo magnífica.
Así mismo, distintas líneas de concertinas a modo de barricadas y una trinchera en zigzag por delante de los muros completaban la fortificación.
- ¿Con quién vienes Rodro? – preguntó un soldado con prismáticos y pistolón en el cinto -luego supieron que era el oficial al mando- que asomó desde un árbol adelantado al bosque mientras fumaba un pitillo.
- ¡Es mi hermano! – respondió Manuel.
- Vamos dentro – dijo con voz serena el militar.
Laura se mantenía en segundo plano, pese a no haber dicho una palabra se sentía escrutada tanto por el hermano de Alejo como por el soldado que les interpelaba.
El pensamiento de que sabían perfectamente quien era ella la embargaba, las manos le sudaban y quería por todos los medios proseguir su marcha de inmediato.
Le intrigaba el grado de camaradería que reinaba en contra del carácter castrense del otro lado.
Entraron en la casa, en la parte izquierda se situaba la antigua cuadra que ahora hacía las veces de polvorín, a la derecha un pequeño comedor donde sobre una mesa corrida de madera tosca se situaban varios mapas y fotografías aéreas: era la base de operaciones de ese sector.
- ¿Quiénes sois? – preguntó el soldado tras sentarse en uno de los bancos.
- Es mi hermano ya te lo he dicho, ella no sé quién es – intercedió Manuel.
- No te he preguntado a ti, Rodro – mantuvo el tono el miliciano.
Tras una breve pausa en la que Laura y Alejo se miraron dándose la mano, Alejo contestó:
- Soy Alejo, el hermano de Manuel y ella es Laura, mi…- respondió sin encontrar la última palabra.
- Novia, soy su novia – completó Laura provocando la sorpresa en la sala y el sonrojo de Alejo.
- Yo soy Bonifacio Puente, comandante de este batallón, os he estado observando desde que habéis encarado el valle, ¿Por qué venís de zona azul? – preguntó.
Laura se sentía en un callejón sin salida.
Se encontraba en plena base de operaciones del ejército popular, en zona roja, frente a un comandante cenetista que, aunque quizá no conociese su identidad, buscaba saber quiénes eran y pese a su trato afable estaría encantado de poder detenerla por insurrecta.
Sentía cansancio, hastío y pena, siempre huyendo de todos y sin saber ella misma en qué lugar se encontraba.
Alejo, que sería de ella sin él. Él se había convertido en su compañero, en su confidente y en su amante.
Frente a la adversidad habían hecho piña, pero ahora todo cambiaba, su hermano bien podría ayudarlos o quizá, todo lo contrario.
- Venimos huyendo comandante – dijo Alejo rápidamente.
- ¿De quién huis? – preguntó el comandante mientras se encendía un cigarro.
- Estábamos en un pueblo al otro lado del valle, nos detuvieron y nos llevaron a un cuartel. Allí un tipo nos dijo en su despacho que éramos desafectos al régimen. Por suerte conseguimos escaparnos. – argumentó.
- ¿Cómo conseguisteis huir? – preguntó dando una profunda calada escudriñando con la mirada a los chicos.
- Bueno Boni, ¿ya vale no? Que es mi hermano, bastante han sufrido ya. Lo importante es que han llegado aquí y están a salvo. – quiso atajar Manuel.
- ¿Te fías de tu hermano Rodro?, yo ni de mi padre. – sentenció el comandante – dadles rancho y lecho. Que no salgan de la casa. – mandó a otro de los soldados que se encontraba allí mientras se levantaba. ¡Ah! y registrarles.
Manuel calló, no podía interponerse ante una orden directa del comandante y aunque se compadecía de su pobre hermano no podía hacer más. Alejo tampoco supo cómo rebatir a Bonifacio Puente, quien, pese a no perder la compostura, se había mostrado inflexible.
Bonifacio Puente rondaba los cuarenta años. Una antigua herida de bala le obligaba a apoyar ligeramente el peso sobre la pierna derecha. Llevaba el pelo demasiado largo para un militar y una barba descuidada que contrastaba con unos ojos extraordinariamente serenos.
- Comandante, tenemos algo que podría interesarle. – dijo Laura sorprendiendo a todos en la sala.