Sobrevivir CAPÍTULO 9 Adviento
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CAPÍTULO 9 Adviento

El frío de Castilla es diferente al de Bilbao.

Uno puede soportarlo, no le pesan los pulmones al caminar y con suficiente abrigo es incluso reconfortante.

Sin embargo, todo cambia con el viento. La sensación inmóvil de una cara atenazada por el engelante soplido de la naturaleza, las manos rojas y agarrotadas, el rictus del cuerpo encogido tratando de salvar el poco calor del cuerpo que es irremediablemente hurtado por el caprichoso vendaval.

Cuando la naturaleza se hace notar no hay nada ni nadie que pueda interponerse, solo demorar el tiempo hasta que su cometido se cumple.

Tras casi dos horas con el acelerador a fondo sin saber muy bien qué carretera tomar, tratando de evitar cualquier control por vías que más bien eran caminos de montaña quebradizos, el motor del Citroën se caló. Habían conseguido lo más difícil: huir, recuperar la libertad.

La noche se les había echado encima y la luna era el único foco con el que alumbrarse.

Actuaban al unísono, llenos de adrenalina sabían que actuar rápido era de vital importancia.

Decidieron empujar el coche y sacarlo de la carretera, sin combustible ya no era un medio de huida, pero aún les servía para guarecerse del invierno y cubrieron con ramas y hojas secas el techo y motor. Ver y no ser vistos.

Alejo y Laura por fin se sentaron juntos frente a frente en la parte de atrás del coche cubriéndose con una manta que habían rescatado del cuartel.

​-​              ​ Gracias – dijo Alejo mirándola a los ojos.

​-​              ​ No seas bobo – contestó resuelta.

​-​              ​ Lo digo en serio, me has salvado la vida – subrayó.

​-​              ​ Nos hemos salvado los dos – añadió sonrojada, quitando importancia a lo sucedido.

De pronto no había frio, no había huida de nadie, solo estaban ellos dos frente a frente ante la tenue luz que se colaba por las lunetas en la parte de atrás de un coche.

Las manos de Alejo fluyeron solas debajo de la manta, Laura no se opuso guiando a un -al principio torpe- Alejo.

Los besos se sucedieron mientras la ropa sobraba, los ojos azules de Laura clavados en los de Alejo transmitían el fuego y las ganas a partes iguales.

Al fin, las sacudidas, el vaivén de los cuerpos cada vez más fuertes, los susurros cómplices, el amor al fin y al cabo de dos almas que entrelazadas asumían un destino común.

Acabaron abrazados diciendo todo con el silencio.

Una intensa granizada les despertó cuando el sol aún no había hecho acto de presencia. Aún a medio vestir comprobaron a través de las ventanas el exterior, la capa de granizo se extendía por todo el bosque como un manto abrazando las hayas. Todo parecía tranquilo.

Ya vestidos y con tres galletas cada uno a modo de desayuno salieron a la intemperie haciendo crujir el suelo. El nubarrón los había abandonado y el cielo se abrió paso con un sol que reconfortaba.

​-​              ​ ¿Has mirado el maletero? – preguntó curiosa Laura.

​-​              ​ La verdad es que no, ¿acaso esperas un lingote de oro por Navidad? - respondió con gracia Alejo.

​-​              ​ ¿Te han dicho alguna vez que eres un tanto idiota? – dijo Laura siguiéndole la gracieta mientras abría la portezuela del maletero - No hay nada, solo una rueda de repuesto, apenas hay sitio para nada más ciertamente.

​-​              ​ ¡Espera! – exclamó Alejo- ¿y si quitas la rueda?

Ambos se afanaron en desmontar la rueda de su alojamiento, tras unos minutos de indecisión y sin saber muy bien cómo, optaron por soltar una tuerca liberando al fin la rueda.

​-​              ​ Lo sabía – dijo Laura entusiasmada mientras sacaba una pequeña carpeta azul del hueco que acababan de despejar.

​-​              ​ Abrámoslo Laura – dijo Alejo con gran interés mientras acariciaba con el dedo la palabra confidencial en letras rojas que figuraba en la portada.

La carpeta tenía un extraño peso, abriéndola con extrema cautela, Alejo fue pasándole los documentos y mapas que contenía a Laura que los examinaba sin decir una palabra.

Finalmente, en un doble fondo, apareció un pequeño estuche de madera decorado con inscripciones de marfil en taracea.

Mirándose con suspicacia, Alejo abrió la lujosa caja de madera descubriendo un lingote de oro y una nota lacrada que abrió inmediatamente sin reparo, leyéndola en voz alta:

“ Ilma. Sra. Marquesa de Zabalburu.

Estimada amiga:

En esta gloriosa Cruzada en la que nos encontramos inmersos para liberar a España de la losa del terror y desgobierno encarnada por las hordas rojas y bolcheviques que solo han querido para si lo que no les pertenece, me honra hacerte llegar un patrimonio que se te fue ilegítimamente arrebatado.

Espero que pronto, en esta nueva España que debemos reconstruir entre los que fiel y firmemente hemos defendido nuestra Patria, nos podamos encontrar de nuevo y en la que tu seas, como siempre has sido, fiel benefactora.

El director.”

Alejo terminó de leer guardando de nuevo la nota en su sobre, Laura comenzó a andar de lado a lado nerviosa.

​-​              ​ ¿Qué pasa Laura?, ¿Qué significa esto? Por lo menos tenemos oro y por lo que he visto unos cuantos planos para orientarnos – preguntó Alejo sin acabar de comprender lo que esa nota significaba.

Laura siguió su andadura sin rumbo fijo alterada, mirando a cada lado por si alguien pudiera estar observándolos, tras unos momentos que a Alejo se le hicieron eternos, contestó:

​-​              ​ ¿Acaso no te das cuenta? ¡Estamos perdidos!, nos acusaran de traición, de robo, de atentar contra la Patria, si nos detienen con esto, ¡nos fusilan! – dijo exaltada.

​-​              ​ Tranquilízate, Laura no… - trató de interceder Alejo.

​-​              ​ ¡¡NO!! – bramó Laura – nos hemos escapado del cuartel ayudados por el italiano, podríamos tener defensa posible en un juicio, pero ¿esto? Tenemos el oro de un amigo del director, ¡nos fusilarán! – afirmó completamente fuera de sí.

​-​              ​ Laura, ¡tenemos un as bajo la manga!

¿no te das cuenta? Si entregamos este estuche a la marquesa nos perdonarán y si se lo entregamos a los milicianos también.

Que estuviera tan oculta en la rueda, no sé, pero ¿no crees que quizá se lo quisiera apropiar alguien del cuartel para sí?

De verdad Laura, con esta documentación y este oro tenemos una oportunidad. – dijo Alejo casi eufórico.

​-​              ​ Alejo –esta vez más calmada- eres muy ingenuo…

Laura recordaba haber visto a la Marquesa en alguna recepción de Bilbao. Viuda, culta y discretamente influyente. Era una de esas personas capaces de mover voluntades sin levantar nunca la voz.

​-​              ​ No Laura, si no tuviéramos absolutamente nada, en cualquier control nos detendrían y nos meterían un tiro, pero con estos documentos, con este estuche, tenemos una oportunidad, una moneda de cambio, algo con lo que poder negociar… - quiso defenderse Alejo.

​-​              ​ Mi padre alguna vez me ha hablado de la Marquesa – concedió Laura.

​-​              ​ ¿ves? Con una media sonrisa, nos haremos pasar por los emisarios de Mola.

​-​              ​ Alejo…-se interpuso Laura.

​-​              ​ Bueno, hay que darle una vuelta al plan -admitió Alejo mientras daba un beso en la mejilla a Laura.

​-​              ​ ¿Acaso te he dado permiso? – preguntó Laura haciéndose la indignada.

​-​              ​ Toda discusión debe terminar en reconciliación, lo dice mi madre – expuso convencido Alejo.

​-​              ​ Bueno, miremos los planos a ver si conseguimos ubicarnos, tenemos mucho camino hasta encontrar a la Señora Marquesa -dijo Laura desviando el tema.