CAPÍTULO 8 Retaguardia
El progreso es el medio por el cual la sociedad evoluciona, pero eso no siempre significa que sea para bien.
En tiempos en los que pararse a meditar conlleva que alguien te adelante por la derecha no llegan primero lo que más corren sino los que cruzan la meta antes.
Meditar precisa de conocer aquello sobre lo que se discurre y en base a ese conocimiento y experiencia reflexionar para llegar a una conclusión.
Todo lo anterior deja de tener sentido cuando tu vida pende de un hilo; o no.
Laura recogió lo poco que tenían en un atillo, iban con lo puesto y el plan de escape estaba atado por pinzas.
Habían pasado dos días y los dos se encontraban encerrados en una habitación que hacía las veces de celda.
Por lo menos tenían comida caliente tres veces por semana y el soldado que les vigilaba había accedido a entregarles ropa de abrigo.
Sin embargo, ni uno ni otro podía ya más.
Habían acordado esperar al cambio de guardia y cruzar los dedos para que no viniesen antes por Alejo.
Laura haría de cebo pidiendo ir al médico por una súbita indisposición, en ese momento Alejo insistiría en ayudar a Laura ante un desmayo concertado y con estas llegar al patio del cuartel y huir.
El tiempo parecía no llegar y los segundos se hacían minutos.
De repente un golpe sordo en la puerta les sobresaltó.
Alejo y Laura se miraron, ¿despedida, lamento o amargura?
Nadie podía desentrañar el cóctel de sentimientos que les abordaba.
Ante ellos apareció el mismo joven soldado que los había llevado ante el teniente.
- ¡Presto!, andiamo! – dijo nervioso el joven – voi irse, ¡presto!
Alejo y Laura sin dudar, sin pensar si era una trampa o la salvación, cogieron lo poco que tenían y fueron detrás del soldado.
Atravesaron un largo pasillo de puertas cerradas casi de puntillas rogando que ninguna se abriese en ese momento.
El soldado les pidió que se parasen con un leve gesto con la mano.
Tras revisar las escaleras y con una mirada que fue orden prosiguieron su marcha bajando las escaleras, pegados a las desvencijadas paredes hasta llegar al patio.
- Maldizione! – exclamó mientras a través de la puerta con ventanuco que les separaba del patio veía como dos soldados hacían guardia.
- ¿Qué hacemos? – preguntó dubitativa Laura.
- Esperar, ¿veis auto? – dijo mientras con una sonrisa sacaba una llave del bolsillo.
- ¿Por qué nos ayudas? – interrumpió Alejo con suspicacia.
- Sois innocente – contestó en una mezcla de italiano y español encogiéndose de hombros.
- ¿y tú?, ¡te matarán por traición! – dijo Laura sin medir sus palabras.
- Lo sé, ma è peor morire in vita facendo el mal a una persona inocente, ¿no? – contestó con seriedad con una pizca de altanería italiana.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó Laura.
- Gentilini, Fabio Gentilini – contestó el soldado – El fascio busca una soccietá más igual y justa.
Ante la injustizzia il fascio actúa e io sono un uomini del fascio – añadió como dándose así mismo motivos o razones ante la cruda realidad que Laura le había hecho ver hacía un instante.
Laura y Alejo se miraron con suspicacia, no acababan de creer que el soldado les estuviera ayudando y sin embargo no tenían otra salida. Era el momento, confiar en Fabio, confiar en que el coche arrancase a la primera, confiar en que no fueran ametrallados nada más poner un pie en el patio.
Fabio guardaba una fotografía doblada dentro del bolsillo interior de la guerrera.
Nunca se separaba de ella. Una muchacha morena sonreía desde una plaza italiana bañada por el sol.
Cuando creía que nadie le observaba la miraba durante unos segundos y volvía a guardarla.
Echaba de menos los viñedos de Emilia-Romaña más de lo que echaba de menos cualquier discurso político.
Fabio abrió la portezuela que les separaba del patio sin que nadie pareciera advertir aquel movimiento.
- Presto, es el momento – dijo.
Los dos obedecieron al unísono corriendo con todas sus fuerzas hacia el coche.
No vieron como Fabio corría hacia el otro lado del cuartel buscando atraer al personal, sí oyeron tres, cuatro, hasta cinco detonaciones que se volvían más cercanas cada vez.
La puerta del coche obedeció a la llave y ya dentro vieron como numerosos soldados salían del cuartel ante el toque de alarma y las detonaciones.
- Dime que sabes conducir – dijo Alejo con tono de súplica.
- ¿Con quién crees que te estás escapando? – contestó, casi divertida, mientras arrancaba aquel Citroën y aceleraba a fondo. - ¡Agáchate! -.
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos, Alejo agazapado dentro del coche miraba hacia atrás por el pequeño ventanuco de la luneta trasera, la cabeza del teniente Marcillo aparecía por una ventana del segundo piso del cuartel vociferando y dando aspavientos mientras las detonaciones destelleaban por todo el patio y algún proyectil impactaba contra el coche, entonces - ¡bummmmm!
– Laura atravesaba la verja del cuartel con un estruendoso impacto, lo habían conseguido.
Alejo que nunca se había montado en un automóvil privado, miraba atónito como Laura derrapaba en cada curva acelerando más y más dejando el pueblo atrás.
Habían conseguido no solo salir de un cuartel infestado por militares sino también del último pueblo conquistado por el Movimiento Nacional.
Eran expatriados de las dos Españas y a su vez perseguidos por los contrarios en cada zona, la situación no podría ser más tortuosa, debían vivir en la retaguardia.