CAPÍTULO 7 Cambio de bandera
La lluvia era incesante, las nubes no dejaban ver las cimas circundantes y el ambiente húmedo se mezclaba con el olor a tabaco rancio.
El ambiente era tan cargado que una nube se situaba sobre sus cabezas, nadie hablaba y todos se miraban.
A veces no decir nada significa mucho, los silencios y las miradas se conjugan mal con una guerra y sin embargo hay batallas que se ganan callando.
El convoy detuvo su avance cuando las primeras casas del pueblo se dibujaban en el horizonte.
El primer camión se cruzó en la carretera y un soldado emergió para controlar los posibles movimientos desde el poder de su ametralladora Fiat Revelli.
Inmediatamente del segundo y tercer camión un pelotón de flechas negras se abría hasta encontrar sobre una pequeña atalaya un buen lugar sobre el que disparar.
Alejo y Laura se habían quedado en el camión con el teniente. Tras registrar el petate de forma minuciosa, comenzó a preguntarles esta vez de forma más distendida:
- Y bien, ¿cómo se llama vuestro amigo? – preguntó el teniente Marcillo.
- Miguel, es el tendero del pueblo – respondió rápida Laura.
- ¿Cómo y por qué os ayudó? – preguntó el teniente buscando saber todos los detalles.
- Tuvimos un pequeño encontronazo en la tienda con un miliciano del pueblo de nombre Luis. Miguel nos defendió y cuando tuvimos que recurrir a él de nuevo nos dio provisiones y cobijo en una casa de aperos que habréis visto. -explicó esta vez Alejo.
El teniente siempre que hablaba Alejo se quedaba mirándole fijamente, había algo que no le encajaba y la frialdad con él era patente. Laura lo notaba y por ello trataba de hablar inmediatamente elogiando en todo momento que les hubieran encontrado y salvado.
- Voy al camión de transmisiones, hoy pasaremos la noche aquí. Debemos tomar el pueblo con el canto del gallo – dijo dirigiéndose a Laura y mirando de soslayo su reloj comprobando como la noche no tardaría en hacer acto de presencia.
Laura aprovechó que el soldado de escolta había ido a por tabaco para hablar con Alejo en susurro.
- Ni se te ocurra decir una palabra más alta que otra Alejo, esta vez me toca a mi ayudarte a ti, pero no me lo hagas imposible – dijo Laura casi como si de un ruego se tratase.
- Yo no he hecho nada Laura – se excusó Alejo.
- Para ellos, eres un rojo – sentenció Laura.
No hablaron nada más esa noche hasta que el teniente Marcillo regresó de buen humor al camión.
- Toque la corneta alférez – ordenó inmediatamente.
Todo se produjo en un instante. Como abejas en una colmena todos sabían su función.
Mientras los soldados de las atalayas cubrían el frente de ataque las escuadras iban avanzando por los márgenes de la carretera con la bandera en vanguardia mientras los vehículos se dedicaban a la escolta.
Todo parecía en calma, nada advertía de la presencia de militares o población civil.
La lluvia se mostraba como un aliado, sin definir su bando.
En unos pocos minutos ya sobrepasaban las primeras casas del pueblo.
De pronto, desde el campanario de la iglesia, una ametralladora comenzó a dar fuego barriendo el flanco derecho del frente de ataque mientras desde las casas disparaban con ahínco con fuego de fusil.
Desde las distintas posiciones de avanzadilla los sublevados respondieron con puntería, la columna avanzó pese a que los dos primeros camiones habían quedado fuera de combate y los diferentes abanicos se fueron sucediendo.
El fuego de la columna era desbordante, la emboscada inicial había espoleado una respuesta colosal.
Mientras las ametralladoras daban cobertura, las flechas negras con Marcillo a la cabeza se internaban en el pueblo buscando el cuerpo a cuerpo.
Alejo y Laura se habían quedado en el camión que bajo orden del teniente se encontraba en la zaga de la columna, en una posición privilegiada desde donde era posible ver la contienda, allí el otoño calaba los huesos.
A la media hora los disparos y las bombas de mano cesaron mientras los vivas a España, al duce, a Franco y a Mola resonaban con júbilo.
Cuando llegaron al centro del pueblo la plaza pertenecía ya a un nuevo Estado.
La placa donde rezaba “Plaza de la República” había sido arrancada y del mástil del ayuntamiento ondeaba la bandera rojigualda.
En medio de la plaza, el párroco del pueblo desprovisto de su hábito y muy enjuto terminaba su homilía entre lágrimas, después supieron que había estado arrestado y sometido a torturas.
Alejo y Laura solo tenían en mente encontrar a Miguel.
La puerta del colmado se encontraba abierta, entraron. La guerra había llegado también allí, parecía como si una granada hubiera explotado. Baldas vacías, estanterías caídas, botellas vacías rotas. Apenas quedaba algo en pie.
- ¿Habrá huido a tiempo? - Preguntó Laura.
Alejo se encogió de hombros mientras entraba al almacén, apenas alguna lata permanecía impasible al destrozo.
- Aquí está todo igual Laura, ni rastro de Miguel – señaló Alejo.
Salieron abatidos del colmado sin saber qué hacer cuando justo por delante pasaron cuatro milicianos escoltados por un grupo de flechas negras. Alejo y Laura se cruzaron las miradas. Frío sepulcral. Entre el grupo estaba el teniente Luis que miraba para todos lados.
Marcillo cruzó la plaza a grandes pasos hasta quedar frente a frente a Luis, intercambiaron algunas palabras en voz baja, casi en un susurro. Luis soltó una carcajada. La plaza había quedado en silencio queriendo escuchar aquella conversación, sin éxito. Marcillo sacó la pistola y apuntó a Balboa.
- ¡¡NO!! – gritó Laura sobresaltando a todos.
Marcillo fulminó a Laura con la mirada acercándose a ella mientras ordenaba que retuvieran a Balboa. Antes de que pudiera decir nada Laura le espetó:
- Es el único que sabe dónde está Miguel – dijo casi implorándole.
- ¡Lleváoslos inmediatamente! – rugió.
Dos disparos resonaron en las fachadas mientras Alejo y Laura eran empujados fuera de la plaza.
Durante la noche Alejo y Laura no pudieron dormir, con los ojos como platos miraban sin ver nada, no hablaban y los dos sabían lo que pensaban.
Se sentían traicionados, habían creído que con la ayuda de Marcillo iban a encontrar a Miguel.
El júbilo de la victoria de los soldados se colaba por la ventana del cuartelillo donde dormían.
El pueblo había sacado a los balcones sus banderas y quien no comulgaba había huido al Norte, quien no arrestado.
El orden imperaba si, a base de mano dura y miedo.
El toque de diana sobresaltó a los dos, con la intimidad que una pequeña estancia militar permite, se asearon y vistieron. Al poco, tres golpes secos en la puerta.
- Buon giorno, el teniente quiere hablar con te – dijo un joven soldado en una mezcla digna de italiano y español.
Santiago Marcillo apareció sentado con traje de gala tras una tosca mesa de madera.
Un crucifijo del que colgaba un rosario de marfil, una pequeña bandera bicolor y un mapa de operaciones la ocupaban.
De la pared de la habitación colgaba un retrato de Franco y el escudo de Burgos tallado en madera y barnizado, una estantería con libros y dos sillas tapizadas que completaban la decoración.
Marcillo alineaba meticulosamente los objetos de su escritorio.
El rosario, la pistola, la libreta y el cenicero permanecían siempre exactamente en el mismo lugar.
Cualquier alteración parecía molestarle profundamente.
Sin rodeos se dirigió a ellos:
- Laura Aznar Ybarra y Alejo Rodríguez Vil, de dieciocho y diecisiete años respectivamente.
La señorita Laura ha desempeñado puestos de responsabilidad en la empresa familiar dedicada a la extracción de mineral de hierro y a la construcción de barcos.
Sabe inglés y francés. Huérfana de madre, su padre reside en Madrid.
Afectos al glorioso Movimiento Nacional – leyó de un papel escrito a máquina y sin pestañear- ¿son correctos estos datos?
– preguntó fulminando a Laura con la mirada.
- Si – respondió escueta Laura tras una breve pausa.
- El joven Alejo Rodríguez Vil es estudiante en el Grupo Escolar Calle de las Cortes de Bilbao.
No se le conoce ocupación conocida. Reside con el núcleo familiar.
Su padre es obrero sindicalista y uno de sus hermanos ha sido detenido en dos ocasiones por tumulto y manifestación.
Desafecto. – dijo Marcillo subiendo el énfasis y el tono a medida que iba leyendo - ¿son correctos estos datos?
– preguntó con una media sonrisa y mirada fría.
Alejo sintió como si un volcán fuera a explotar en su interior, no era más que un chico con toda la vida por delante que había luchado por una vida mejor y que estudiaba para ello y sin embargo frente a él tenía a alguien que solo le consideraba como un enemigo, un desafecto según sus palabras.
- ¿Son correctos estos datos? – repitió elevando el tono.
- N…Si – respondió bajando la mirada.
Entre satisfecho y extasiado Marcillo se levantó de la silla acercándose a Alejo y Laura.
- Los desafectos para mí solo tienen una solución - mientras abría y cerraba con desdén la funda de su Beretta.
- Marcillo, teniente, no por favor, él no es ningún desafecto, él me ha salvado la vida – intercedió Laura casi entre lágrimas.
El teniente volvió a sentarse frente a ellos, valorando las opciones y sobre todo disfrutando del sufrimiento que era palpable en la cara de ambos.
Había perdido a dos hermanos durante los primeros meses de la guerra.
Nunca hablaba de ellos. Cada nueva ejecución la justificaba como una deuda pendiente con los muertos.
- Muy bien señorita Aznar, creo que tengo la solución – dijo con una sonrisa – pronto el frente marchará a devolver a la villa de Bilbao al abrazo de Castilla, no se me ocurre mayor honor para cualquier español que participar en su liberación – dijo dando el énfasis justo a cada palabra.
- ¿carne de cañón en el frente?, ¿esa es tu solución? – preguntó irónica Laura con voz altiva.
- Veo que tanto tiempo con un rojo le ha hecho perder sus refinados modales señorita Aznar.
No voy a ser más condescendiente. Le he dado una oportunidad a su amigo que espero me sea agradecida.
Y ahora váyanse, debo realizar una llamada importante a Salamanca – sentenció mientras se levantaba de la silla y hacía un ademán para que Laura y Alejo salieran del despacho- ¡por cierto!
– exclamó cuando ya se encontraban en el umbral a punto de abandonar el despacho – vuestro amigo Miguel fue encontrado en la tapia de la ermita con tres tiros.
Ambos se miraban sin poder articular palabra en la intimidad de la pequeña habitación convertida en celda en la que se encontraban. La muerte no se despegaba de ellos, la esperanza de haber encontrado a Miguel con vida se había esfumado con una frase postrera a modo de despedida.
Laura era incapaz de quedarse quieta, recorría una y otra vez la estancia como si estuviera midiendo sus distancias. Alejo en cambio permanecía en postura fetal sobre el lecho, derrotado esperando que de un momento a otro se lo llevaran.
- Tenemos que huir – dijo Laura mirando por el ventanuco de la estancia.
- ¿Estás loca?, nos matarán a los dos – dijo Alejo con voz áspera.
- Si no hacemos nada, te matarán…y…no podría soportarlo – respondió mirando a Alejo que ya se había incorporado y la miraba sentado en el catre.
- Laura…tú eres de los suyos, ya has visto cómo te ha descrito, toda una afecta al Glorioso Movimiento, no te van a hacer nada.
Yo en cambio ya estoy sentenciado, iré al frente o me matarán en la plaza del pueblo.
Es así. Hemos visto con nuestros propios ojos de lo que es capaz el ser humano poniendo como excusa una guerra.
- Alejo, esto no va de tuyos o míos, de si está bien o mal esta guerra, esto va de que tú eres inocente. No has cometido ningún delito, me has salvado la vida y no voy a permitir que te hagan nada - sentenció Laura.
- ¿Por qué? – preguntó Alejo.
- Porque… - tras un largo silencio – te quiero – dándole un beso.