CAPÍTULO 6 Decepción
Es efímero el lapso de tiempo en el que la oscuridad se torna luz y sin embargo resulta ser uno de los momentos más maravillosos del día.
Es quizá por esto por lo que los pajarillos intensifican su piar posados con sigilo en las copas de cualquier árbol.
Allí se cuentan todo lo que pasará en el día, sin que aún hayamos podido descifrarlo.
Habían trascurrido ya una semana desde que Alejo y Laura compartían lecho bajo el mismo techo.
Noches frías y días tórridos se combinaban con nubes y lluvias fuertes.
En esos días habían adoptado una rutina casi castrense, se levantaban cuando el sol rayaba el horizonte y salían en busca de avellanas y algunas moras que descubrieron días atrás.
Como ya no tenían pan, pasaban todo con una galleta seca cada uno que pasados los días tuvieron que racionar.
Con el agua habían tirado de ingenio, tras arrancar unas cortezas de árbol y cortarlas a modo de tejas con una de las sierras que había entre las herramientas, fueron clavándolas de forma solapada consiguiendo así derivar el agua de lluvia que caía del tejado hacia una olla y de ahí a una cantimplora de la que bebían.
Una técnica rudimentaria de la que ambos sacaron buen provecho.
- ¿Nos habrá delatado? - preguntó Laura al noveno día sin saber noticias de Miguel.
- No creo Laura, nos ha dado techo y víveres y nos defendió delante del malnacido ese – respondió Alejo algo inseguro.
- ¿Y si precisamente era eso lo que quería?, ¿Hacernos creer que nos estaba defendiendo? – sugirió Laura.
- Muy retorcido, ¿no?, llevamos aquí una semana sin noticias de nadie – defendió Alejo.
- Y qué hacemos, ¿seguir esperando? – preguntó Laura con hastío.
- Si quieres podemos volver al pueblo, pero nos expondremos mucho – sugirió Alejo.
Tras unos segundos de duda, Laura finalmente resolvió:
- Al pueblo no podemos volver, pero tenemos que inspeccionar la carretera y ver si nos están tendiendo una trampa.
- De acuerdo, coge la escopeta. – sentenció Alejo consiguiendo una mirada de satisfacción de Laura.
Tras rellenar la cantimplora y meter un trozo de queso en la mochila, emprendieron a primera hora de la tarde su ruta de inspección bordeando el bosquecillo desde donde tenían controlado lo que ocurría en la carretera.
El día manifestaba el próximo cambio de estación: fuertes vientos creaban remolinos de tierra en el horizonte, los cielos encapotados no dejaban que los rayos de sol calentasen el ambiente haciendo que en los lugares umbríos el frío se manifestase, es decir, un día del todo desapacible.
Aquellos días de convivencia habían removido por completo a Alejo.
Tras el fulminante despido de su padre a finales del año anterior, las lecturas marxistas y bolcheviques habían sustituido a cualquier novela de Larra o Galdós.
No tardó mucho en adquirir lo denominado en la época como “conciencia de clase”, acudir a reuniones clandestinas de UGT primero y de CNT después.
En poco más de dos meses Alejo había pasado de mero lector de una ideología a aplicarla en huelgas y manifestaciones.
Todos en su familia habían abrazado a las izquierdas y su defensa del colectivo obrero en mayor o menor medida, aunque en toda esa vorágine revolucionaria su madre seguía guardando un rosario de la Virgen de la Luz en la mesilla.
El enemigo número uno era Neguri. Neguri representaba el buque insignia de los poderes fácticos que gobernaban Vizcaya.
Las izquierdas pese a ganar las últimas elecciones, no podían controlar el ingente capital que allí había.
En las últimas reuniones clandestinas que se producían a altas horas en lonjas del barrio noruego de Bilbao se había decidido que el único camino era el de la nacionalización de las empresas aprovechando el nuevo Estatuto de autonomía del que gozaba Euzkadi.
Así se lo habían propuesto a Aguirre, aunque sin éxito alguno.
Y ahora, en un paraje perdido de la cabeza de Castilla, allí estaba él jugándose la vida con una de las herederas de Neguri.
Ella no era el enemigo, buscaba con todo su ahínco cambiar las cosas y pese a su juventud tenía un poder que en muchos sectores generaba envidia o miedo y nunca dejaba indiferente.
Ella era de parar, templar y mandar frente a todos y contra todos si era necesario como cuando le rescató arrastrándolo cuando estaba a punto de morir aplastado o quemado tras el derrumbe de la ermita, aunque en su interior algo le decía que alguien más había intercedido por él.
- ¿Qué te pasa, tengo monos en la cara? – preguntó Laura con desdén. Alejo se había quedado mirándola embobado sin darse cuenta, pensando en todo lo que habían vivido en tan poco tiempo.
- Los monos tienen mejor color que tú – respondió juguetón Alejo sacándole la lengua y una sonrisa a Laura.
Un terrible estruendo los sobresaltó de repente.
Un ruido sordo y cercano, una descarga tras otra.
Aquel bramido tan cercano los hizo tirarse al suelo encogidos por el miedo.
Desde allí podían alcanzar a ver como la carretera se perdía en una curva tras una pequeña loma.
La acción parecía ocurrir allí mismo y sin embargo no lo podían ver.
De pronto, una camioneta aparecía de la nada toda velocidad, aunque por suerte sin reparar en ellos, pasando de largo mientras unos milicianos miraban al cielo disparando.
De la nada un caza bajó del cielo en picado como si fuera a embestir a aquella camioneta, recuperando la horizontalidad en el último momento con un ruido ensordecedor del motor.
Una descarga de la ametralladora fue suficiente.
La camioneta se salió de la carretera dando hasta tres vueltas de campana, mientras los milicianos saltaban por los aires dando con sus cuerpos sobre los campos en barbecho.
El avión elevó el morro como si celebrase su puntería abriéndose hacia la derecha, pero cuando parecía que se perdía en el horizonte, el piloto dio un giro cerrado completo: quería asegurarse de que había conseguido su objetivo.
Volvió a bajar el avión volando en rasante y descargando una nueva salva de ametralladora sobre la camioneta volcada.
Ya con la seguridad de haber cumplido el objetivo el piloto elevó al aparato con su cruz negra sobre fondo blanco en la cola y esta vez sí perdiéndose tras la sierra.
- ¿Qué hacemos? – preguntó Alejo totalmente desorientado.
- Igual alguien ha sobrevivido… dijo Laura dubitativa.
- ¿Vamos? – preguntó Alejo.
- Vayamos – respondió Laura.
La camioneta estaba totalmente destrozada.
El techo completamente hundido y desgarrado, del motor desencajado del chasis salía una pequeña columna de humo negro y el eje trasero se había convertido en un inesperado mástil con una sola rueda haciendo las veces de bandera.
Junto a la camioneta yacían dos cuerpos mutilados por el impacto, uno más con la cabeza reventada contra una piedra.
Una caja con botellas de vino hechas añicos, hogazas de pan y un queso partido se mezclaban con aquella cruel estampa.
Bajo la camioneta y aún con el fusil agarrado, tres cuerpos más se sumaban a la lista de muerte.
Todos hombres de no más de 30 años, uniformados unos y simplemente civiles militarizados otros. Pudieron también ver a un joven con un uniforme completamente distinto a los demás de cuyo cinturón relucía un escudo en el que distinguieron el árbol de Guernica.
- Están todos muertos, no podemos hacer nada. – sentenció con decepción Laura.
Alejo no dijo nada, simplemente afirmó con la cabeza y comenzó a andar junto a Laura camino del pueblo.
Aún con el susto en el cuerpo y sin saber muy bien qué decir ni cómo reaccionar vieron a lo lejos un carro tirado en un margen de la carretera.
Se miraron, no necesitaron decir nada y corrieron hacia él.
Únicamente unas mantas daban señal de lo que transportaba, el atalaje se encontraba tirado junto al carro señal de que alguien había desatado al burro.
Laura recordó cómo Miguel observaba continuamente la puerta de la tienda mientras hablaba. No era desconfianza. Era costumbre. La costumbre adquirida por quien llevaba meses viendo entrar hombres armados de todos los colores.
- Es el carro que vimos delante de la tienda de Miguel– afirmó Laura recogiendo las mantas.
- Quizá se lo haya prestado a alguien – sugirió Alejo sin ninguna convicción.
- Miremos por esta era - dijo Laura con voz de sospecha.
Alejo se adelantó unos pasos. En sus 16 años nunca había conocido la muerte y en apenas unas semanas su contacto con ella se había tornado en habitual. Vidas rotas por una guerra entre hermanos, hermanos que se miraban desde esquinas opuestas de un cuadrilátero llamado España.
Laura buscaba desesperadamente no encontrar nada, sabía que Miguel posiblemente estaría muerto, pero no quería creerlo ni tan siquiera mencionarlo.
Ella era independiente, echada para delante y nunca pedía permiso, pero aquellas semanas la habían destrozado moral y anímicamente.
Alejo había sido su tabla de salvación, sin él ya la habrían detenido y se veía unida a él por unas cuerdas invisibles, pero era consciente de que dos jóvenes que no contaban con la mayoría de edad eran presa fácil para gente sin escrúpulos y llena de odio. Necesitaban de la ayuda de Miguel.
- No encuentro nada Laura – dijo Alejo aliviado.
- Yo tampoco, no hay nada raro por aquí – dijo Laura en voz alta a unas decenas de pasos de Alejo.
Mientras los dos recorrían los campos en busca de alguna pista que les pudiera dar el paradero de Miguel, una columna de vehículos militares de transporte se dirigía por la carretera sentido al pueblo.
El afán por encontrarle les hizo perder la precaución que siempre mantenían, al poco unos como otros se hicieron visibles.
Alejo y Laura se quedaron inmóviles a unos centenares de metros de la columna.
Podrían haber echado a correr, es posible que hubieran llegado a la línea de árboles antes de que alguien pudiera haber abierto fuego, pero no consiguieron despegar sus pies del arcilloso suelo.
La columna parecía no haberse percatado de los jóvenes, los primeros camiones pasaron sin detenerse, pero cuando la primera decena de camiones había pasado, un silbato estridente y agudo sonó de repente parando a toda la columna.
- ¡Salve!, ¡buon pomeriggio! ¿Que facen? – dijo un soldado perfectamente uniformado desde lo alto de uno de los camiones en una mezcla de italiano y castellano mientras apuntaba con su arma.
Alejo y Laura no supieron qué contestar. De otro de los camiones, otro uniforme se bajó desde el asiento del copiloto.
- ¿Qué estáis haciendo aquí? – dijo con voz enfadada aquel jalonado mientras se acercaba con largos pasos hacia ellos.
- Estamos buscando a nuestro amigo – contestó Alejo sin pensar.
- ¿Y quién es vuestro amigo? – preguntó aquel militar ya frente a frente de Alejo y Laura.
Tardaron unos segundos en contestar, tiempo suficiente para que los escudriñase de arriba abajo, analizando cada gesto mientras su mano derecha descansaba en la cacha de su pistola. Laura dio un paso hacia delante:
- Soy Laura Aznar Ybarra, las hordas rojas nos persiguen y estamos buscando a un amigo que nos ha dado cobijo en un cobertizo no lejos de aquí. -se sinceró.
- ¿y tú? – preguntó a Alejo sin inmutarse ante las palabras de Laura.
- Él me ha salvado la vida – intercedió Laura antes de que Alejo pudiera contestar.
- No le he preguntado a usted señorita – dijo con tono cortante el militar, mientras miraba de forma fría a Alejo.
- Me llamo Alejo, iba al pueblo en tren desde Bilbao y unos policías iban en busca de Laura, escuchamos una detonación y huimos sin mirar atrás.
- Está bien – dijo con mejor tono- soy Santiago Marcillo, teniente de enlace entre las banderas de la tercera división de plumas negras y el Estado Mayor del glorioso Movimiento Nacional.
Montad en el camión, no debemos demorarnos por más tiempo ya aclararemos bien vuestras filiaciones, ¡en marcha!
– dijo mientras quitaba la escopeta del hombro a Alejo.