Sobrevivir CAPÍTULO 5 En tierra de nadie
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CAPÍTULO 5 En tierra de nadie

Los gallos del pueblo comenzaron su alboroto dando el día por estrenado.

Una suave brisa removía las hojas de las primeras ramas del bosque.

Lejos ecos daban cuenta del ir y venir de gentes que no se atrevían a mirar atrás mientras los cielos comenzaron su carrera diaria encapotados, con la amenaza de una lluvia atípica en aquellos mediados de agosto.

Laura y Alejo, sin saberlo, habían dormido abrazados.

Aquellos cacareos fueron suficiente para sacar a ambos del sueño y retornarles a la vida real.

El pueblo había amanecido intranquilo, ambos sabían que la única salida era buscar ayuda con urgencia y ahora todas sus esperanzas se depositaban en un hombre fortachón de mediana edad.

​-​              ​ Coge el petate Alejo, no podemos dejar que pase más tiempo- dijo autoritaria Laura.

​-​              ​ A sus órdenes – contestó Alejo socarrón.

Los dos fueron atravesando las callejas del pueblo casi sin respirar, uno pendiente del otro fueron adentrándose hasta llegar a la calle principal, la única que tenía su empedrado completo.

Al fondo de la calle vieron como una camioneta sin carga giraba y se dirigía a la salida del pueblo, los pilares de un pórtico cercano les franqueó el paso.

Al fin la plaza de la República se alzó ante ellos, solo un perro fue testigo de sus pasos atravesando la plaza con premura.

El colmado se encontraba con la cortina echada con un carro haciendo las veces de barricada delante de la puerta, señalaban que aún no estaba abierto al público.

Sin embargo, Alejo tentó la suerte, apartó el carro y dio dos golpes -pum, pum- en la puerta que hicieron vibrar el cristal haciéndolo resonar. No hubo respuesta, ambos se miraron:

​-​              ​ ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Laura mirando a sus espaldas continuamente.

​-​              ​ No lo sé, podemos volver en un rato… o bueno… ¡entra! – dijo Alejo empujando la puerta.

La estancia se encontraba completamente vacía, al fondo una pequeña puerta entreabierta dejaba escapar la luz de una bombilla. Pese a los suaves pasos que dieron un bramido les sobresaltó:

​-​              ​ ¡Está cerrado! – exclamó Miguel con voz ronca.

Los dos se pararon en medio de la tienda mirándose entre sí, Laura dio un paso adelante y dijo:

​-​              ​ Llenar la despensa.

Casi al instante una caja se cayó al otro lado de la puerta haciendo un estruendo horrible. La puerta del almacén se abrió veloz mientras un poblado bigote emergía deslumbrante.

​-​              ​ ¿Qué hacéis aquí?,¿acaso buscáis que os maten? – preguntó enfadado Miguel mientras miraba hacia la puerta del colmado.

​-​              ​ Precisamente, porque no queremos que nos maten, hemos venido – respondió Alejo con calma.

Miguel comenzó a dar vueltas por la tienda atusándose los bigotes, caminaba de un lado a otro pensando y nervioso, de pronto, como un espasmo se acercó a la puerta del colmado cerrándola con llave. Laura y Alejo no se movieron un ápice, finalmente Miguel sentenció:

​-​              ​ La guerra no es buena para nadie, enfrenta a hijos con padres, a vecinos, a hermanos.

La milicia ha hecho mucho mal, dando aires a gente que con inquina y envidia ha arrebatado todo a gente que ni siquiera era de derechas.

La República fue un halo de esperanza y ahora mira, pistolas por todos lados –dio una pausa para encenderse un cigarro que ya tenía liado, dando una larga y profunda calada- pero los que se han sublevado no son mejores, por la radio cuentan sus atrocidades y vilezas con la población.

Esta misma mañana han visto un caza alemán sobrevolar nuestra sierra y se dé buena tinta que Burgos está prácticamente de lado del bando sublevado, no tardaremos en verlos por aquí.

Alejo y Laura escuchaban atentos el discurso de Miguel, pero aún no sabían si les iba a ayudar o entregar a los milicianos. Ni siquiera Miguel lo había decidido todavía. Su cigarro iba menguando rápidamente a medida que sus palabras resonaban en las paredes del colmado.

​-​              ​ Pero ¿Por qué huis?, ¿Qué habéis hecho? – llegando por fin a aquello que quería preguntarles desde el principio.

​-​              ​ Mi padre es el dueño de minas y una Naviera, hace unos días recibí una carta de él diciéndome que para la República somos elementos facciosos y que huyera los antes posible.

En el tren donde íbamos había dos soldados que iban en mi busca y Alejo me ayudó a huir – se sinceró Laura completamente.

​-​              ​ ¿Él no tiene nada que ver? – preguntó Miguel señalando a Alejo y mirando fijamente a Laura.

​-​              ​ No, él no tiene nada que ver, él me salvó la vida – dijo Laura con voz entrecortada.

Miguel sopesó las palabras de Laura con detenimiento mientras se atusaba el bigote y fumaba de un segundo cigarro.

​-​              ​ Tenéis buen corazón, os ayudaré, pero no os podéis quedar en el pueblo.

No es seguro. Tengo una casa de aperos a dos horas a pie por la carretera hacia Burgos, cargaros de provisiones para una semana y yo os llevaré lo mismo que cojáis ahora la semana que viene, pero no volváis al pueblo bajo ningún concepto.

Tomad la llave, la reconoceréis porque tiene la puerta pintada de verde. – dijo entregando la llave a Laura.

Miguel había perdido un hermano en Marruecos y otro durante una huelga minera años atrás.

Nunca hablaba de ninguno de los dos. Había aprendido que las tumbas no distinguen ideologías.

Aún les dio alguna indicación más para poder llegar al refugio, mientras Laura iba de un lado a otro del colmado cogiendo conservas, botes, cerillas y todo aquello que pudieran necesitar.

Pasada media hora Alejo y Laura emprendían su camino, Miguel los despachó deseándoles suerte y ellos buscaron corresponder pagando todo aquello de lo que se habían provisionado, sin conseguirlo.

La guerra en ese mes de agosto había dividido España en dos.

La contienda en esa parte de Castilla avanzaba desde el sur y a pesar de que las noticias llegaban a cuentagotas Miguel les había advertido que el frente de guerra cada vez se encontraba más cerca.

Los contrastes se sucedían en una tierra enfrentada, mientras un camión militar aparcado delante del consistorio asentaba su aura marcial, tres niñas jugaban a la rayuela justo delante.

La mañana había amanecido con nubes bajas y ambiente húmedo, sumado a esto el calor estival hacía una atmósfera casi irrespirable.

El bolso y el petate estaban a reventar y Laura y Alejo los llevaban como podían, decidieron no ir por la carretera evitando cualquier contratiempo.

Los caminos entre campos de cultivo mostraban su cara más triste y áspera, las alpacas ya secas se organizaban como un pequeño ejército sobre las parcelas que esperaban ya tiempos mejores.

A media mañana el sol tomó su protagonismo cayendo como una losa sobre las espaldas de Laura y Alejo.

En su camino no se toparon con nadie, pero sí que tuvieron que esconderse tras una alpaca cuando a lo lejos divisaron tres aviones en formación que sobrevolaron todo el valle dirigiéndose, por la orientación del sol, hacia el norte.

​-​              ​ ¿No te ha parecido que estaba demasiado nervioso Miguel? – preguntó Laura inquieta y suspicaz.

​-​              ​ Es normal Laura, piensa que habría pasado si nos hubieran visto allí – contestó Alejo sin darle importancia.

​-​              ​ Ya – dijo Laura sin seguir la conversación.

Los campos y los caminos se sucedían, el calor era el único compañero de viaje en ese trayecto que separaba a Alejo y Laura del refugio y la cantimplora era lo que cada vez pesaba menos. Laura marcaba el paso y Alejo, algo retrasado, se quejaba en voz baja de la mala suerte que estaban corriendo.

​-​              ​ Estamos huyendo de la muerte y la encontraremos en este maldito camino, ¡qué calor! – dijo Alejo refunfuñando.

De repente, al final de la línea de montaña, justo en un desfiladero en el que el Ebro ejercía de frontera una gran nube gris comenzó a elevarse, unos segundos más tarde llegó el estruendo como si de un fuego artificial se tratase.

​-​              ​ ¿Cuánto quedará para llegar?, ¿qué hacemos? – preguntó Alejo casi con desesperación.

​-​              ​ No lo sé Alejo, parece que vayamos donde vayamos estamos en un callejón sin salida. – dijo Laura casi impávida.

​-​              ​ Vamos a seguir andando, intentemos llegar ¿te parece? – buscando el apoyo de Laura.

​-​              ​ Vamos – dándole la mano a Alejo.

Los estruendos fueron menguando en frecuencia, parecían más advertencia que abordaje, pero sirvieron para espolearles el paso.

Al fin, como si de un oasis se tratase, y cuando el sol estaba en todo lo alto, los campos de cereal dejaron ver una pequeña caseta de piedra en lo alto de una pequeña loma rodeada de tejos preludio de la sierra.

Parecía el sitio perfecto para esconderse, retaguardia cubierta y buena visibilidad del entorno.

La construcción era de piedra con un pequeño ventanuco de madera -también pintada de verde- cuadrado en el paramento de la puerta que observaba desde la altura los campos de cereal.

El tejado era a un agua y de teja gris de la que asomaba una pequeña chimenea.

Dentro dos arados, herramientas, algún estante, un fardo de paja y una escopeta completaban el conjunto.

​-​              ​ Bueno, por lo menos tenemos un lecho para dormir – comentó sarcástica Laura.

​-​              ​ No está tan mal… y por lo menos tenemos defensa – respondió Alejo señalando el arma.

​-​              ​ ¿Sabes usarla? – preguntó Laura mientras cruzaba la pequeña estancia y descolgaba la escopeta.

​-​              ​ Ni idea, pero tal y como la coges parece que tu si – respondió Alejo con una pequeña sonrisa.

Laura consiguió abrir el cañón y comprobar que el seguro funcionaba, ella metódica como la que más, observaba cada parte del arma con detenimiento sin percatarse de cómo Alejo la miraba ensimismado.

​-​              ​ Bueno, pues solo faltan las balas – sentenció Laura satisfecha.

Apoyando la escopeta sobre la puerta comenzaron a buscar por toda la estancia. No tardaron mucho en encontrar, dentro de un estuche metálico, dos cajas de municiones. Ya podían descansar.

La tarde resultó tranquila y atareada. Como no sabían cuánto tiempo estarían allí decidieron humanizar lo más posible aquel espacio tan rudo.

Apartaron lo arados e hicieron un lecho con el fardo de paja, limpiaron estanterías con lo que pudieron y transformaron dos cajas viejas de madera en unos taburetes donde sentarse y comer.

A media tarde ya tenían un pequeño hogar.

​-​              ​ Bueno, no ha quedado tan mal el nidito de amor, ¿no? – preguntó Alejo con tono socarrón.

Laura respondió con una mirada fulminante que borró de inmediato la media sonrisa que se dibujaba en la cara de Alejo.

​-​              ​ Salgamos a inspeccionar los alrededores, tenemos que conocer el terreno – dijo Laura con voz autoritaria intentando obviar lo que acababa de decir Alejo.

​-​              ​ A sus órdenes – con el tono más serio que pudo Alejo.

Desde aquel promontorio la vista alcanzaba a ver la carretera a Burgos hasta el desfiladero que encerraba al Ebro entre hoces, por el otro lado tenían peor vista, la sucesión de colinas y desniveles ocultaba la carretera.

Detrás de ellos, el bosquecillo de tejos se guarecía en la parte baja de la sierra como un niño entre las faldas de su madre.

El terreno en esa zona del bosque era algo abrupto y las raíces y alguna zarza se mezclaban con piedras de todos los tamaños.

​-​              ​ Mira Laura, tenemos suerte, aquí tenemos dos avellanos. - dijo Alejo alegre.

​-​              ​ ¿Y? – preguntó Laura sin darle importancia.

​-​              ​ Pues que estamos a finales de agosto, y tenemos qué comer si se nos acaban las latas – contestó mientras cogía una avellana del árbol sacándola de sus hojas protectoras y la pisaba contra una piedra.

​-​              ​ Bueno, algo es algo – concedió Laura.

El paseo de reconocimiento no tuvo ningún contratiempo, todo parecía en calma en aquel lugar, como si estuvieran en el ojo de un huracán. Tras cerca de una hora, regresaron a la casa de aperos cuando el sol comenzaba a caer en el horizonte.