CAPÍTULO 4 Bálsamo
El silencio de la noche era atronador, no era calma lo que se percibía, no era paz.
Ni una brizna de aire movía una espiga, ni una rama.
Parecía que la noche había extendido un manto de luto sobre aquel campo.
Tan solo a lo lejos, la reminiscencia de una hoguera recordaba que la luz siempre se abre paso.
Laura no había podido conciliar el sueño, revisaba en todo momento los pocos enseres que había podido guardar en una pequeña bolsa de viaje: algo de fruta, un pedazo de pan, alguna ropa, una pastilla de jabón y latas de conserva.
También algo más personal, la última carta que guardaba de su madre junto a una fotografía junto a ella.
El tiempo había pasado volando, dos años desde que muriera después de una larguísima y penosa enfermedad.
En estos dos últimos años había tenido que aprender día a día cómo llevar una de las empresas más importantes de Vizcaya, su padre cada vez pasaba temporadas más largas en Madrid, no habían hablado sobre ello, pero Laura no se chupaba el dedo y era algo que no conseguía asimilar.
En el fondo Laura aún no había aceptado la muerte de su madre era un peso que llevaba consigo y que trataba de ocultar.
Los primeros albores de la mañana asomaban en el horizonte.
- ¿Cómo estás? – Preguntó Laura sobresaltando a Alejo.
Alejo no supo qué responder, se sentía en shock por una parte había visto como un grupo de criminales quitaba la vida de la forma más vil a una persona sin oportunidad de defenderse.
Por otro lado, había sentido de cerca la muerte y no entendía por qué no tenía ni una quemadura ni siquiera un pequeño rasguño.
- No lo sé - atajó encogiéndose de hombros.
- Eres una buena persona Alejo – correspondió Laura.
Ambos se miraron, escudriñaron sus ojos como quien contempla el mar por primera vez, como quien busca estrellas fugaces en el cielo por san Lorenzo y llegaron a un acuerdo, asumieron que dependían uno del otro, que debían apoyarse.
Cuando salieron de aquel trance en el que minutos parecieron un instante se encontraron abrazados.
- ¿A dónde vamos ahora? – preguntó Laura cortando aquella atmósfera con ímpetu vizcaíno.
- Tenemos que encontrar la forma de volver a Bilbao. – razonó Alejo.
- Alejo, no podemos volver a Bilbao, saltarían todas las alarmas en cuanto pisáramos el Arenal. – respondió con tono pausado Laura.
- Pero ¿entonces qué hacemos? – admitió Alejo.
- Tenemos que seguir por el sendero del monte y buscar otro pueblo – aseguró con liderazgo Laura.
- Bueno, comida tenemos y agua ya encontraremos – afirmó Alejo.
- Es verdad, comamos algo, ya sé que no tendrás hambre, pero el día va a ser duro – previno Laura intentando animarle.
Ambos emprendieron el camino, debían recorrer unos centenares de metros por la carretera para luego poder sumergirse en el sendero del monte.
Laura con su bolso de viaje y Alejo con su petate eran visibles a kilómetros, aquellos paisajes de suaves colinas eran perfectos para ocultarse, pero también para ser vistos.
Aquella sierra que servía de frontera y que emergía de repente era el lugar más seguro.
Tras toda una mañana de ardua caminata decidieron parar a comer.
Se habían acercado al cresterío que dominaba todo el plato salpicado por terruños ocres y amarillos.
Podían ver el pueblo donde habían comprado las viandas y donde se habían encontrado con aquel déspota malencarado casi como si estuvieran encima.
Por las nubes de polvo observaron el movimiento de lo que parecía un grupo grande de vehículos a lo lejos pero no pudieron distinguir que eran o a donde se dirigían perdiéndose su rastro al otro lado del cerro.
Todo parecía en calma, esa sensación de quietud se había acrecentado al no encontrar un alma desde que comenzaran a andar aquella mañana.
- ¿No tenemos pan? – preguntó Alejo.
- Me queda un poco – respondió Laura abriendo su bolsa.
- Por lo menos tenemos para un bocadillo. – argumentó.
- Pero sin agua – preocupada.
- No te preocupes, algo encontraremos. – con media sonrisa.
Alejo quería aparentar una actitud positiva pese a que no era capaz de borrar de su cabeza lo vivido el día anterior.
No sabía cuánto podrían aguantar en el monte y tampoco sabía en quien confiar.
Laura no podía dejar de mirar a todos lados a cada segundo, había comprobado con sus propios ojos lo que ocurría a las personas ‘enemigas’ de la gloriosa Segunda República.
Entre tanto las conversaciones fluían entre los dos.
Habían hablado de su familia, de sus pasiones, de sus padres…
- Eres muy fuerte Laura, hacerte cargo de todo tras lo de tu madre no es normal en una chica de tu edad – alabó Alejo.
- ¿Por ser una chica o por ser tan joven? Respondió Laura algo malhumorada.
- Por… por todo supongo… no-no os es fácil haceros fuerte en un mundo de hombres. – terció Alejo.
- No, no es nada fácil – respondió satisfecha.
- Perdona Alejo, pero no es nada fácil sentir como te ningunean simplemente por ser mujer, es cierto que ser tan joven no da confianza a primera vista, pero te aseguro que se más que toda la loa de viejos de Neguri.
Fíjate que hay algunos que aún se piensan que se pueden fabricar barcos enteros como antes, a base de remaches. – añadió Laura.
Aquella afirmación sentó como una puñalada a Alejo. Su padre se había matado a trabajar remachando desde que emigraron del pueblo. No había sido nada fácil para él y ahora la `Modernidad´ había llegado en forma de soldadura.
- Mi padre era remachador, ocho años trabajando y le despidieron de un día para otro – se sinceró con tono serio Alejo.
Tras una breve pausa, Laura contestó:
- No me parece bien que le despidieran, pero en esta vida de cambios hay que adaptarse, igual no le dejaron probar con la soldadura, no se… - encogiéndose de hombros. – sin saber muy bien que decir ni como reaccionaria Alejo.
- Lo que no se puede es mandar a la calle, así como así a alguien porque en un momento dado ya no interese su trabajo – apuntilló Alejo.
- Piensa Alejo que así no habría luz en las calles porque los faroleros se quedarían sin trabajo, que no habría telégrafo porque los correos ya no tendrían trabajo y que no habría vapores porque los remeros se quedarían en casa.
El progreso debe ir siempre en pro de una economía en crecimiento sostenido donde los beneficios se hagan notar en la sociedad – argumentó Laura.
- Ya sé por qué te buscan – señaló- sabes hablar como los políticos, pero a la hora de la verdad el trabajador sigue ensuciándose las manos y vosotros os sentáis en los cafés de Neguri. – respondió.
- ¡Me buscan por pensar diferente a una clase dirigente que ha perdido la cabeza, desde los sindicatos a Negrín! – exclamó.
- Gracias a la República se han ganado los mayores derechos en los trabajadores – replicó Alejo.
- ¡Tu padre fue contratado en la Dictablanda, seguramente sin haber trabajado en ningún barco antes y ha sido en tu gloriosa segunda república cuando lo han despedido! – explotó Laura.
- Despedido por uno de los tuyos. -acuñó Alejo.
- ¿Acaso los sindicatos hicieron algo por tu padre? – preguntó Laura cambiando el tercio.
- Eh…mmm...bueno… - farfulló Alejo.
Mientras Alejo y Laura discutían a su alrededor se estaban produciendo movimientos incesantes.
El ir y venir de personas a través del camino del bosque delataba que los movimientos se daban a uno y otro lado de la sierra.
De pronto el estruendo de un avión en picado resonó en todo el monte paralizando a los dos púgiles.
El avión era pequeño con un solo motor en el morro y muy rápido, ambos vieron como dio una, dos y hasta cuatro pasadas sin identificar a quien pertenecía.
El ruido del motor resonaba por toda la montaña, pronto desapareció tan rápido como había llegado.
Alejo y Laura se miraron, estaban muy bien ocultos en las últimas encinas que acunaban las vegas antes de que los roquedos de las cimas cobraran el protagonismo, pero el resquicio de la duda quedaba.
- ¿Nos habrán visto? – preguntó Alejo.
- No lo sé, pero es raro, ese avión no es de nuestro ejército, no tiene los colores de la República. - respondió Laura.
- ¿Qué quieres decir? – dubitativo.
- Que es del ejército de otro país y me parece que esa cruz la he visto en algún sitio, pero no me acuerdo – respondió enfadada consigo misma por no recordar el dato.
- Bueno, y entonces, ¿qué hacemos? El monte ya no es seguro. -sentenció Alejo.
- Volver al pueblo, tenemos que hablar con el tendero – esgrimió Laura tras unos segundos pensando.
- ¿hablar con el tendero? – preguntó entre extrañado y sobresaltado Alejo.
- Si, Alejo. Él sabe que estamos huyendo y nos defendió delante del miliciano. Podría habernos delatado perfectamente y sin embargo no lo hizo- argumentó Laura.
Tras un breve silencio entre los dos donde Laura se quedó dónde estaba mientras veía como Alejo iba y venía nervioso como si por andar dos pasos más la decisión que tomaran fuera a ser más acertada llegó su respuesta.
- De acuerdo, bajaremos al pueblo e iremos directamente al colmado. Pero iremos a primera hora del día justo cuando vaya a abrir, cuando menos gente nos pueda ver. – estableció Alejo.
- Bueno, pues dormiremos en el monte, que le vamos a hacer – dijo Laura con una sonrisa intentando quitarle hierro al asunto.
Ambos se miraron y se entendieron, debían encontrar el apoyo de alguien. Aquella situación comenzaba a complicarse y no podían depender de sí mismos, aunque hasta ese momento hubiesen resuelto cualquier contratiempo con solvencia.
Tras llevarse alguna rozadura con los zarzales que cubrían aquellas estribaciones, síntoma de que el ganado no se paseaba por aquellos parajes, lograron reencontrarse con el camino que llevaba al pueblo.
Ambos miraban a un lado y a otro en alerta, podían ser descubiertos en cualquier momento.
Tras unos minutos duro descenso unos quejidos lejanos les paró en seco, un reguero de sangre comenzaba en el camino y se perdía entre los primeros arboles del bosque.
Alejo y Laura se miraron, las dos alternativas eran claras: seguir el camino al pueblo o seguir el reguero de sangre. Les pudo la curiosidad.
Acurrucado entre dos rocas que hacían las veces de cueva, yacía el cuerpo de un muchacho de la edad de Alejo, no más. Pantalón de jornalero, camisa y gorra de miliciano contaba con tres agujeros de bala que formaban una línea a su espalda. Alejo y Laura temerosos preguntaron:
- ¿Eh…estas vivo? – sin obtener respuesta.
Laura dio la vuelta al chico, aún con un hilo de vida sangraba mientras una última lagrima recorría su mejilla.
- Me han matado – dijo en un susurro mientras sacaba algo de un bolsillo.
Fueron sus últimas palabras. Alejo le cogió la mano al chico, era un trozo de papel donde se despedía de su madre:
“ Madre, si lees estas líneas sabrás que ya no podremos vernos más, cuida de mis hermanos tan bien como lo has hecho conmigo.
Salud y República,
Te quiere, Esteban.”
Alejo y Laura se miraron helados, era la segunda muerte que veían en un mismo día, las emociones y los silencios se sucedían mientras la tarde se iba echando. Laura resuelta rompió el hielo:
- Guarda la carta, intentaremos buscar a su madre para entregársela – dijo dudosa.
- ¿Tú crees? Quizá quería que al encontrar su cuerpo encontraran la nota. – sugirió Alejo.
- Al fin y al cabo, Alejo, le hemos encontrado nosotros, hagámoslo por su madre…y por Esteban. -remarcó.
- Está bien, pero vamos ya, debemos bajar al pueblo y no quiero que nos descubran con un miliciano muerto ¿no Laura? – con autoridad.
Laura afirmó con la cabeza y emprendió la vuelta al sendero que conducía al pueblo.
La caminata se produjo en total silencio con algún que otro traspiés que no alteró el ambiente sepulcral.
Pese a todo no se encontraron con nadie más y tampoco escucharon ruido alguno, solos con sus pensamientos y con la noche tomando protagonismo las primeras luces del pueblo se dibujaron al final del bosquecillo.
A ambos les rugía el estómago, deberían emplear la última lata de sardinillas que les quedaban junto con un pedazo seco de pan para saciarse.
- Mejor intentar dormir en la zona de árboles – dijo Laura.
- Tienes razón, no tentemos a la suerte – aceptó Alejo.
Ambos se miraron el uno al otro, ese silencio incómodo, ese acelerón del corazón. Juntaron las manos y se acercaron las cabezas.
- Por lo menos estás tú – dijo Alejo a Laura.
Laura respondió con un beso.