CAPÍTULO 3 Baño de realidad
Los remolinos de tierra comenzaron a dibujarse a media tarde, aquellos contrastes de Meseta agudizaban si cabe la pertenencia a la tierra de unas gentes que tirando de un arado veían pasar el traqueteo de la Modernidad a solo unos kilómetros de distancia.
Las luces altas de junio reñían con los vientos de un casi olvidado invierno.
El colmado se limitaba a una pequeña estancia con estanterías de madera donde se apilaban conservas y frascos de aceite con pastillas de jabón y chacinas.
El tendero les caló según pusieron un pie en la tienda.
Hombre fortachón de mediana edad, bajito, con nariz aguileña y con poblada barba entrecana que descubría su pasión por el tabaco en lo rubio de su bigote.
Con unas gafas redondas algo torcidas les saludó ufano:
- Buenos días jóvenes, ¿Qué se ofrece?
Esta vez fue Laura la que salió al paso respondiendo lacónica:
- Llenar la despensa.
El tendero con una media sonrisa y remangándose la camisa contestó:
- Bueno, ¿y que necesitáis para llenar tal despensa?
- Conservas de pescado, chacinas y queso, pan y manzanas – recitó de carrerilla Laura como si de una tabla de multiplicar se tratase.
- ¿Manzanas?, ¿en junio? – respondió el tendero sin moverse un ápice del mostrador.
Miguel arrastraba ligeramente la pierna izquierda.
Una vieja fractura de juventud, mal curada tras una caída de un carro.
Cada dos o tres pasos descargaba inconscientemente el peso del cuerpo sobre el mostrador.
Sus manos, enormes y callosas, parecían más propias de un herrero que de un comerciante.
Había trabajado media vida descargando sacos antes de comprar aquel pequeño negocio con los ahorros de veinte años.
Laura dubitativa no había si quiera pensado en ese nimio detalle, acostumbrada a disponer de todo cuanto quisiera. Alejo demostrando su soltura terció:
- ¿Brevas o melocotones? Hoy hace un día raro casi de septiembre, mi novia anda pensando en musarañas – dijo con autoridad.
El tendero, satisfecho, fue preparando el encargo. Alejo y Laura frente a él no se atrevían a decir una palabra de más. No querían preguntas incómodas.
De pronto, la puerta del colmado se abrió con un fuerte estrépito y dos botas negras precedieron a una mole.
Luis Balboa había sido cabo durante la revolución de Asturias. Conservaba una cicatriz irregular sobre la mandíbula que atravesaba media barba. Desde entonces vivía obsesionado con demostrar autoridad. Necesitaba que los demás le temieran porque era la única forma que conocía de sentirse respetado.
- ¡Salud y República Miguel! – exclamó entre amenaza y saludo dirigiéndose al tendero mientras fulminaba a Alejo y Laura con la mirada.
- Salud y República – respondió el tendero entre asustado y hastiado.
- Vengo del ayuntamiento, ¿Quién coño ha quitado la tricolor? ¡Como me entere le doy paseo! – dijo sin perder la vista de los jóvenes adolescentes.
- No tengo ni idea – replicó parco Miguel.
- ¿No habréis sido vosotros dos? – dirigiéndose a Alejo y Laura mientras daba un paso hacia delante y les señalaba con el dedo de forma amenazante.
- No, nosotros no hemos sido – respondió entrecortado Alejo mientras los dos daban medio paso hacia atrás.
- Vienen de paso Luis – Intercedió el tendero Miguel.
- ¡teniente Balboa! – Bramó – ¿cuántas veces te lo tengo que decir?
- Si, mi teniente. – replicó Miguel bajando la mirada.
Aparentemente ofendido por el desaire de Miguel, aquel corpachón buscaba en los medios del colmado cómo embestir, pero ni Miguel, que seguía completando el encargo, ni Alejo y Laura que no movieron una pestaña dieron opción para la arremetida de aquel morlaco.
- Bueno, me voy, si te enteras de algo estaré en el bar. – dijo son seriedad, satisfecho con la sensación de superioridad que transmitía – para él, miedo para los demás-.
- Donde si no – respondió Miguel entre dientes sin que aquel altanero se percatase.
Con el teniente Balboa perdiéndose por una calleja Alejo y Laura suspiraron tranquilos, aparentemente a aquel pueblo no había llegado la noticia de su huida del tren y nadie parecía saber sus identidades.
Miguel, por su parte, como si nada de lo anterior hubiera sucedido, completó el pedido de los chicos en dos bolsas de papel.
- Son 8 pesetas – dijo Miguel de forma grave.
- Gracias – terció Laura entregándole un billete.
Miguel, extrañado por que aquella chica tan joven blandiera un billete y tras atusarse la barba espetó:
- Será mejor que no andéis mucho por aquí, el tío ese no es de segundas oportunidades y quiere demostrar a toda costa que es alguien. No le deis el gusto. Y ahora marchad.
Sin responder y casi sin mover un gesto, Laura y Alejo salieron apresurados al mismo tiempo que las campanas marcaban las seis. Tras salir del pueblo, los dos se cobijaron tras una alberca seca que se encontraba algo distante de la carretera y cerca de una ermita.
Alejo había sufrido un baño de realidad, se encontraba en la misma situación que Laura: perseguido y asustado.
Sin embargo, él no era culpable de nada.
Él solo había ayudado a una chica que se encontraba en un apuro.
Estaba defendiendo a una tipa de la que no sabía nada más salvo que era una estirada y que las milicias y la policía la buscaban.
Algo habría hecho. Alejo bullía en su cabeza con la idea de abandonarla a su suerte, de correr hacia el pueblo y advertir a la milicia, de contar todo lo que había pasado desde que la puerta de aquel compartimento se abriera.
Al fin y al cabo, él estaba actuando a favor de la ley, a favor de la República.
Se armó de valor, iba a decirle todo lo que pensaba.
De la nada, el ruido de un motor sordo frustró su ademán, pronto vieron dos luces amarillas seguidas de una polvareda aún distinguible entre los últimos rayos del día.
La camioneta se paró junto a la ermita y de ella bajaron tres milicianos armados, entre lejanas carcajadas y de una patada sorda abrieron las puertas de la pequeña ermita para acto seguido hacer iluminar su interior.
Como si de un pequeño ritual se tratase, los milicianos hicieron corro delante de la iglesia, blasfemando y dando mueras a la religión y a Cristo viendo como las llamas iban aumentando en su intensidad.
Al poco, uno de ellos se dirigió a la parte trasera de la camioneta y cogió un fardo en cuyo interior algo se retorcía.
- ¡Ayúdame, Luis! - gritó el portador del fardo.
Laura y Alejo no escucharon la respuesta, pero si como entre los dos comenzaron a zarandear el fardo.
- ¡Una!
- ¡Dos!
- Y TRES -dijeron al unísono los milicianos.
Alejo no pudo reprimir un grito que fue rápidamente ahogado por Laura. El fardo había alcanzado su objetivo, cayendo en la zona con más llamas de la iglesia.
- ¡Jódete puta monja! - estallaron de júbilo, mientras el teniente Balboa y sus acólitos regresaban a la camioneta para encarar el mismo camino por el que habían venido.
Alejo sin pensárselo dos veces corrió campo a través sin reparar en que aún podría ser visto desde el camión.
Le daba igual, solo quería llegar lo antes posible a la ermita y conseguir sacar a aquella vida del fuego abrasador.
Corrió y corrió y al fin ahí estaba, frente a la ermita, aun el fardo no se había quemado por completo, aun había esperanza -pensó-.
Empezó a tirar del fardo, no había dudas aquello que agarraba con fuerza era un pie.
Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, aquella vida estaba ya fuera cuando todo el tejado de la ermita colapsó dejando a Alejo envuelto en una nube de fuego, polvo y cenizas.
Alejo sentía como se ahogaba, sentía una terrible opresión en las piernas, no sabía si era por el tejado o por el muro solo sentía que se iba a morir allí mismo. Al fin su voz resonó en su cabeza:
- ¡Alejo! – exclamó horrorizada Laura- No te preocupes, te voy a sacar de aquí – mientras movía con dificultad una viga.
Al fin, y tras arrastrar a Alejo hacia afuera con todas sus fuerzas pudo por fin liberarlo. Alejo se levantó torpemente mirándose el cuerpo, no tenía nada roto, tan solo arañazos y ni siquiera se había quemado. No lo entendía, había estado en contacto con el fuego y sin embargo parecía intacto.
Laura observando con detenimiento a Alejo y midiendo las palabras susurró:
- Entre las piedras y la viga que tenías encima…estaba…- No pudiendo acabar la frase.
Alejo miraba la ermita que estaba ya completamente derruida envuelta en una bola de fuego. No contestó a Laura, se quedó petrificado mirando el interior mientras dos lágrimas recorrían sus mejillas.