Sobrevivir CAPÍTULO 2 ¿Salvados?
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CAPÍTULO 2 ¿Salvados?

La noche comenzaba a retroceder sus fúnebres tentáculos y el frío era cada vez más intenso en un arrebol rojizo y despejado. Cobijados en la abertura de un tejo, el eco de sus respiraciones se entremezclaba con el lejano rumor de los cantos de gorrión.

Alejo se encontraba acurrucado entre un árbol y Laura, entre la humedad y el frio y la calidez de un cuerpo vivo.

En apenas unos meses había vivido una auténtica convulsión.

No todo se fundamentaba en estudiar y aprobar.

En casa el clima era cada vez más amargo.

Sus hermanos acudían junto a su padre a las manifestaciones que el sindicato obrero organizaba a lo largo de la margen izquierda del Nervión.

Siempre reprimidas por la Guardia Civil, guardia de asalto o Ejército daba igual quien pegara con la porra o quien tirase del revólver.

Su madre aguardaba en casa, en un auténtico puño de nervios y con un sollozo siempre tenue, reprimido también.

El sol comenzaba a elevarse en el horizonte y la temperatura iba aumentando, Laura se dio cuenta que los que les perseguían habrían dado buena cuenta de cómo iban vestidos.

​-​              ​ Quítate la ropa- Ordenó a Alejo.

Éste sorprendido, respondió:

​-​              ​ ¿Qué dices? -entre alterado y sorprendido.

Ella elocuente y pausada replicó:

​-​              ​ Los que nos quieren matar saben cómo vamos vestidos, si no nos cambiamos nos descubrirán a kilómetros.

Alejo incomodado por la situación Re contestó:

​-​              ​ A quien quieren matar es a ti, además yo solo he traído unas mudas, pretendía estar en el pueblo a la hora de comer.

Laura no se importunó, no quería dar motivos a Alejo para que la dejase tirada en medio de la nada o montase un espectáculo con el que seguro fuesen escuchados. Se limitó a contestar:

​-​              ​ Alejo, si te crees que por ser hijo de obrero te vas a librar de que te maten estás muy equivocado. Desde que decidiste ayudarme has elegido seguir el mismo camino que el mío así que por favor, hazme caso y por lo menos quítate la chaqueta y corta las mangas de tu camisa.

Sin esperar su respuesta Laura dio la vuelta al árbol y comenzó a desvestirse mientras un leve -de acuerdo- sonaba al otro lado.

Con sus nuevos atuendos, emprendieron la marcha prosiguiendo en la espesura del bosque.

Laura, que se consideraba una aventurera y gustosa del riesgo no sabía muy bien donde se encontraba, el bosque comenzaba a tornarse en una mezcla de monte bajo pedregoso y zarzal.

Tras adentrarse por más de media hora en la espesura, de pronto Alejo se paró.

​-​              ​ ¿Qué pasa? – preguntó Laura.

​-​              ​ ¿No lo escuchas?

Los dos enmudecidos -Laura con miedo- escucharon la naturaleza. Un leve rumor, casi un tintineo incesante se percibía en aquella sombría espesura.

Alejo comenzó a dar pasos raudos, Laura le siguió sin entender por qué se dirigían a aquel sonido. Podía ser una trampa y ellos iban sin recelo a picar el anzuelo.

Cada vez más acelerados, sin reparar en que las zarzas iban raspando sus piernas ni en los enganchones con las ramas, el tintineo ya resonaba. Laura, casi asustada, cogió del brazo a Alejo:

​-​              ​ ¿Por qué vamos tan rápido? Podría ser una trampa.

​-​              ​ Alejo esta vez sonrió -incomodando a Laura- ¿no ves que cada vez todo está más verde? Mira las hojas, el suelo está más húmedo. Estamos yendo directos a un rio o a una cascada.

​-​              ​ ¿Y? Contestó Laura sin acabar de entender

​-​              ​ Pues que donde hay agua, hay pueblos. Además, no sé tú, pero yo tengo sed. – sentenció.

Esta vez a un paso más lento fueron avanzando hasta que de pronto ante ellos apareció un pequeño salto de agua entre dos moles de roca.

Laura, casi sin aliento, veía como Alejo contemplaba el salto con una sonrisa.

Alejo se apresuró a deslizarse entre las rocas, con una habilidad pasmosa que sorprendió a Laura por su agilidad.

Pronto llegó a una pequeña poza de aguas tranquilas.

Alejo ya había bebido hasta hartarse cuando al fin Laura consiguió llegar hasta él.

​-​              ​ Y bien, ¿ahora cuál es el plan pequeño aventurero? – preguntó divertida.

​-​              ​ Buscar el pueblo rio abajo y comprar comida – respondió satisfecho.

​-​              ​ ¿Acaso tienes dinero? – inquirió contemplativa.

​-​              ​ No, pero tu si – con una media sonrisa.

Tras más de una hora de descenso suave rio abajo, el bosque dio paso poco a poco a campos de cereal, se iban alejando de la sierra y ante ellos se extendía una planicie de leves colinas salpicadas por pequeñas columnas de humo.

Los caminos de tierra se entrecruzaban entre campos irregulares de trigo y centeno.

A lo lejos, un campesino azuzaba a una bestia en el arado de un campo en barbecho.

Todo parecía en calma cuando llegaron al pueblo, los mayores sentados frente a sus casas en las primeras horas de la tarde atestiguaban el paso del tiempo.

Alejo y Laura pasaron por delante dando los buenos días.

El pueblo era pequeño. El ladrillo y la piedra se entremezclaba en todas las casas y la calle principal empedrada daba señal de viejas glorias.

Algún escudo o blasón aún se distinguía en las viejas fachadas.

Al fin, la plaza de la República apareció ante ellos, una pequeña pero imponente plaza porticada con la botica en una esquina y el colmado en otra a modo de vigías.

Ninguno de los dos reparó en que en el Ayuntamiento no ondeaba enseña alguna.