Sobrevivir CAPÍTULO 1 Huida
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Sobrevivir

Sobrevivir

Por Ivan Ojeda Nuevo

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CAPÍTULO 1 Huida

El silencio era abrumador. Ninguno se atrevía a moverse. El sol caía en el horizonte mientras ellos impávidos, helados por el frio invernal se enfrentaban a su destino. Un silbido lejano, una campana cercana, una descarga mortal.

Alejo era un joven de una ciudad norteña de España. Un chico de familia trabajadora, uno más. Algo enjuto para su edad, sin destacar en altura. Moreno, ojos verdes y tez pálida, siempre con ropas heredaras de sus hermanos, incluidos los remiendos.

No destacaba en ningún deporte, siempre elegido el portero en el patio del colegio, a veces ni elegido.

Sin embargo, destacaba por absorber todo conocimiento tan solo con una breve lectura.

Un auténtico devorador de libros, desde Geometría hasta Historia.

Pronto comenzaron las burlas de sus compañeros y el aislamiento de Alejo.

Las largas horas de clase se convertían en un auténtico vía crucis. El aislamiento, los insultos y hasta los golpes se tornaron en una constante. El curso acabó en empate: sobresalientes y palizas.

Alejo encontró en el verano un auténtico oasis.

Los viajes en tren al pueblo eran el lugar perfecto para aquello que tanto le apasionaba: la lectura.

Un breve pero intenso mes de junio y tras unos días de regreso a la Villa, el pueblo esperaba otra vez.

Fue precisamente en ese tren donde conoció a Laura.

Tras la parada de Pedrosa la puerta del compartimento de Alejo se deslizó, levemente casi desmayada.

Una mirada furtiva, una comprobación rápida del interior y tras un seco -Hola- y sin esperar respuesta, una melena rubia se colaba en el interior.

Laura era una chica de 17 años. Alta, melena rubia, ojos azules y delgada.

Mirada profunda y aura de autosuficiencia.

Tenía una capacidad innata de calar a la gente y una inteligencia desmedida que, a veces, se tornaba en soberbia.

Y allí estaban los dos, ella tratando de encajar la maleta en el altillo y Alejo casi boquiabierto fijo en el vuelo de su gabardina.

Tras un seco empujón y un improperio entre dientes, Laura se sentaba enfrente de Alejo suspicaz.

Él por su parte, clavaba la mirada en sus Episodios Nacionales sin atender a lo que ocurría en Trafalgar.

​-​            No tienes edad para leer ese libro- Le espetó ella con desdén.

Alejo ni se inmutó, no sabía cómo contestar. Esa atrevida no tenía ni idea de todos los libros de ese tipo que había leído ya. Tras pasar la página y con los ojos de Laura clavados sobre Alejo esperando respuesta, él contestó casi en un susurro y sin mirarla:

​-​            Me gusta.

La carcajada resonó en todo el compartimento. Sin saberlo, Alejo había conseguido atraer la atención de Laura.

​-​              ​ Y vamos a ver, ¿qué libros te gustan? Inquirió con autoridad Laura.

​-​              ​ Los que cuentan algo de interés- contestó él de forma rápida

Ella, satisfecha por la respuesta, le dijo:

​-​              ​ Voy a ir a la cafetería, ¿quieres algo?

​-​              ​ No, gracias- despegando lentamente sus ojos del libro y mirando a Laura por segunda vez.

Alejo tuvo suerte, Laura salió del compartimento tan rápido como había entrado y no pudo ver cómo se sonrojaba.

El tren avanzaba lento, pero avanzaba, la locomotora Garratt era infatigable y el calor de la meseta, se percibía cada vez más.

Alejo se preguntaba como aquella chica podía ir sola en el tren y más en aquella época donde tanta violencia reinaba en las calles.

Su atuendo parecía ser el de una niña bien de Neguri, sin embargo, por sus formas, más bien parecía una ruda amazona.

Laura había salido a la carrera de Guecho, un telegrama urgente enviado por su padre desde Madrid la había puesto sobre aviso.

Las huelgas que estaban colapsando el flujo del mineral de hierro estaban provocando la ruina en las empresas de su familia.

Sumado a esto, en las últimas semanas la violencia de los sindicatos anarquistas había provocado la quema de los barracones de los trabajadores y la rotura de los cables que sustentaban los vagones que transportaban el maná de las minas de Gallarta.

Su madre había muerto hacía dos años y ella, siempre echada hacia delante, había aprendido a llevar la casa familiar y las cuentas de la empresa.

No era una familia común: el padre se encargaba de las compras, contrataciones y logística de la mina mientras que la madre, ahora la hija, de todo lo relativo con las cuentas y la exportación a Inglaterra del preciado mineral.

Desde pequeña, Laura había recibido una férrea educación por parte de una institutriz londinense.

Comía a las doce y media y tomaba el té a las cinco, toda una brittish en una España que estaba viviendo una auténtica revolución social.

Pese a todo, Laura tenía un carácter muy particular.

Las cosas se hacían según su criterio y su padre siempre a camino entre Madrid y Guecho, la dejaba hacer.

Sus amigas, con planes casaderos o en busca de buen mozo no tenían nada que ver con ella.

A medida que fue creciendo, sus ansias de cambiar el mundo fueron aumentando.

No entendía el conservadurismo pasivo que gobernaba el empresariado vizcaíno.

No entendía la lucha obrera que atacaba las infraestructuras de una empresa que daba trabajo a tantas gentes.

Tampoco entendía como se podía pagar una miseria a un trabajador que se partía el cuerpo por llevar un trozo de pan a su familia. No entendía tantas cosas.

Alejo era hijo de obrero y cocinera. Sus padres habían llegado 15 años atrás desde Castilla buscando una mayor prosperidad.

Tener una vivienda, una familia y un porvenir.

Como tantas y tantas familias humildes que llegaron en ese primer aluvión de principios de los años 20.

Menor de 3 hermanos tenía por trabajo estudiar.

Su familia confiaba ciegamente en que él si pudiera ser alguien.

Y él correspondía en un tiempo donde estudiar era un pequeño lujo.

Los colegios de la Villa habían mejorado en los últimos años, el Ayuntamiento se había puesto como objetivo la alfabetización completa de niños sin premisas ni condición.

Sin embargo, Alejo estaba en la edad donde todos sus compañeros dejaban de estudiar para empezar a trabajar de peones en cualquier industria.

Él por el contrario permanecía, estudiaba y avanzaba sin saber que sus padres no podrían hacer frente al coste tras ese sexto curso.

En casa de Alejo se comía tres veces al día, leche y pan para desayunar; cocido, pollo, verduras o bacalada para comer y un huevo frito y más verduras para cenar. Siempre había qué comer, pero jamás ningún lujo. Una onza de chocolate era sinónimo de estar en Navidad o en su cumpleaños.

En las últimas semanas la convivencia en casa de Alejo se había enrarecido, sus padres discutían continuamente, de forma airada sin reparar en si sus hijos estaban o no en casa.

Discutían la mayor de las veces por el dinero o más bien por la falta de éste.

La oscuridad se paliaba con velas y los jirones con remiendos.

Su padre no les había dicho que le habían despedido del Astillero tras 8 infatigables años remachando, pero los tres lo sabían.

La soldadura había revolucionado la forma de construcción y su padre no tenía mano con el electrodo.

Todo había sido de un día para otro, el capataz llamó a su padre y a un compañero al despacho donde sin reparos les dijo que no volvieran el lunes dándoles un talón de 10 pesetas por la quincena trabajada para canjear en la caja de la empresa.

La economía familiar dependía ahora del modesto sueldo de su madre, que había doblado turnos en la casa de comidas.

Pese a que una veintena de trabajadores había ido a la huelga en señal de compañerismo, la Naviera no cedió a las exigencias de recolocación de los huelguistas, comunistas y anarquistas en gran medida, cuya presión no había sido compartida por los sindicatos socialistas.

Laura regresó al compartimento descompuesta cerrando la puerta con rapidez y sin ruido.

​-​              ​ Di que eres mi hermano -dubitativa- o mejor mi novio. Dijo Laura.

​-​              ​ ¿Cómo? - Respondió sorprendido Alejo.

​-​              ​ ¿Tengo que explicártelo todo? – Terció enfadada Laura.

​-​              ​ Si no me lo explicas no te podré ayudar – sentenció Alejo.

Ella mirando al techo en un signo de hastío y de la forma más clara y rápida que pudo le explicó:

​-​              ​ Hay unos ahí fuera que están registrando los compartimentos y pidiendo documentación a los cabezas de familia. Di que eres mi hermano y que vamos al pueblo del que seas.

Alejo tras escuchar atentamente a Laura, respondió:

​-​              ​ De acuerdo, pero -levantándose y buscando en su maleta una manta- ponte esto por encima y acurrúcate ahí, estás muy enferma. – Dijo con la voz más serena que pudo.

De pronto se escuchó una detonación sorda y el tren dio una sacudida frenando bruscamente.

Alejo y Laura se miraron y casi sin hablar, sin pensar en que sucedería después, saltaron del tren con su maleta alejándose lo más rápido que pudieron, penetrando en un espeso bosque.

Tras ellos escucharon tres detonaciones sordas más que espolearon aún más sus carreras.

Correr por un bosque lleno de matorrales y ramas no es algo a lo que Laura estuviera muy acostumbrada pero no podía hacer otra cosa.

La habían descubierto, había escuchado su nombre a aquellos tipos con pistola.

Alguien había dado el chivatazo, pero ¿quién podía haber sido?

, solo había advertido a su institutriz que faltaría por unos días en casa por asuntos de trabajo, ¿acaso la seguían?

Y si es así, ¿desde cuándo? Aquel chico del compartimento era su única ayuda ahora mismo y ni siquiera sabía su nombre.

La noche empezaba a caer y pese a que estaban en pleno comienzo del verano, la meseta esconde siempre muchos contrastes. Al fin decidieron parar.

​-​              ​ Gracias- dijo Laura recuperando el resuello.

​-​              ​ De nada- respondió Alejo encogiéndose de hombros.

​-​              ​ Después de todo no te he preguntado cómo te llamas -señaló Laura.

​-​              ​ Alejo.

​-​              ​ Caramba como mi tío – mintió Laura, buscando complicidad- yo me llamo Laura.

Tras un breve silencio, Alejo se atrevió a preguntar:

​-​              ​ ¿Por qué te persiguen?

Ella dudó, no sabía quién era Alejo realmente, la había ayudado si, la había librado de una detención segura quien sabe si algo más pero aun así desconfiaba, había aprendido a no depender de nadie y sin embargo allí estaba frente a frente a Alejo en lo más profundo de un bosque de hayas y robles. Se sinceró:

​-​              ​ Me quieren matar.

Alejó no contestó. Comprendió sin repreguntas.

Aquella chica tenía que ser hija de alguien muy rico.

No se percató que esa persona muy rica podía ser alguien que tuviera casi una decena de minas y navieras donde se habían producido despidos y maltratos a sus trabajadores y que aquella chica podría ser la hija de quien había despedido a su padre.