Capítulo cuarenta y uno
Adriana
El resto del día pasó volando de lo ocupados que estuvimos. Sobre las seis, mi madre pidió pizza por orden de Jim, y fuimos turnándonos para comer cuando podíamos.
—Trevor está aquí —me avisó mi madre sobre las nueve y media. Acababa de terminar con un cliente y estaba en la trastienda, dándole bocados a las últimas porciones de pizza.
—Ah. Vale —respondí, limpiándome la boca.
—Al menos una de nosotras tiene buen apetito —dijo, sonriendo.
—Desde luego que no me falta —respondí mientras abría el grifo para lavarme las manos.
—Está mirando anillos.
Me volví hacia ella.
—¿Ah, sí?
Asintió.
Sonreí.
Vanda parecía inquieta.
—¿Las cosas se están poniendo serias entre vosotros?
Cerré el grifo y cogí una toalla de papel.
—Sí, mamá. Ya te lo dije: estamos enamorados.
—Enamorados. Apenas os conocéis.
Me sequé las manos.
—Yo no diría eso. Hemos pasado mucho tiempo juntos. Creo que nos conocemos bastante bien, sobre todo después de Hawái. Es un buen hombre, pienses lo que pienses. Solo necesitas conocerlo mejor.
No respondió.
Pasé a su lado y entré en la tienda, contenta de que mi turno estuviera a punto de acabar. Cuando lo vi, estaba mirando anillos de compromiso con Tim. Llevaba la chaqueta de cuero que le había regalado su abuela y el pelo recogido en una coleta.
—Hola —dije, acercándome.
Trevor me dedicó una de sus sonrisas sensuales. La camisa azul claro que llevaba bajo la chaqueta le resaltaba los ojos.
—Hola, preciosa. Qué ganas tenía de verte...
—¿Mal día? —pregunté, mientras Tim me sonreía y se alejaba discretamente.
—En realidad no. Es solo que te echaba de menos —dijo, inclinándose para besarme.
—Yo también te echaba de menos —dije cuando nos separamos.
—Hola, Trevor —dijo mi madre, acercándose.
—Hola —respondió él, más cauteloso.
—Tienes muy buen aspecto —dijo ella, sonriéndole con verdadera calidez esta vez.
Sonrió.
—Bueno, gracias, Vanda.
Se miró la chaqueta.
—Me alegra que te guste.
—Te arreglas bien. Dime, ¿has venido en moto esta noche?
Se rio.
—No. Aunque no te lo creas, tengo una camioneta. Preferiría la moto, pero en esta época del año no es lo más práctico.
—No, seguro que no.
Miró los anillos del expositor.
—¿Estás buscando algo? ¿O solo esperando a Adriana?
Sin responder directamente, bajó la vista y señaló uno de los anillos de diamantes: un solitario de talla princesa de un quilate y medio.
—Estaba mirando ese. Es precioso —dijo, y se volvió hacia mí—. ¿Te gusta?
Sabía que ese anillo costaba más de doce mil dólares.
—Es precioso, pero...
—Pero nada —dijo Vanda—. Creía haberte enseñado mejor, Adriana. Nunca le digas algo así a un cliente potencial. ¿Quieres ver el anillo?
—Claro —respondió él, guiñándome un ojo.
Vanda abrió la vitrina y sacó el anillo. Lo alzó hacia la luz.
—Este es prácticamente perfecto, y ¿ves el color? No tiene ninguno. Es muy raro.
—También es muy caro —dije—. Hay otros igual de preciosos y no hace falta hipotecarse para comprarlos.
—Tenemos financiación —dijo Vanda, sonriendo—. Por si quieres ver si cumples los requisitos.
—No veo por qué no iba a cumplirlos. Tengo un crédito excelente —dijo él—. Pruébatelo, Gatita.
Mamá se volvió hacia mí, enarcando una ceja.
—¿Gatita?
—Un apodo cariñoso, obviamente —dije, deseando que se largara.
—Ya veo. ¿Por qué no te lo pruebas, Gatita? —preguntó con una sonrisa.
Ya me lo había probado antes. Muchas veces.
Era el más bonito que teníamos, aparte de los de la cámara acorazada.
Los anillos más caros ni siquiera estaban en el expositor.
Este diamante era precioso, pero a mi modo de ver, innecesario.
Incluso con el descuento familiar, seguirían siendo miles de dólares.
—No, da igual —dije.
—Por el amor de Dios, pruébatelo. Sabes que te mueres de ganas —dijo, tendiéndomelo.
—Vale —dije, cogiéndolo. Me lo deslicé en el dedo y noté que me quedaba muy ajustado.
—No hay problema. Siempre podemos ajustarlo —dijo Vanda—. O puedes comer con menos sal.
Gruñí.
—Gracias, mamá.
—Creo que el anillo es precioso —dijo Trevor, examinándolo en mi dedo. Nuestras miradas se cruzaron—. ¿Te gusta?
—Claro que sí —dije—. Pero es demasiado caro.
—Eso ya lo decidiré yo —dijo—. Y bueno, ¿cuánto cuesta?
Ella se lo dijo y él ni siquiera se inmutó.
—Me imaginaba que sería algo así. ¿Cuántos quilates?
—Uno y medio.
—¿Es lo suficientemente grande? —preguntó—. Quizá deberíamos mirar de dos quilates.
Me reí nerviosa, preguntándome qué estaría pensando.
Ni siquiera le habíamos contado a mi madre lo de irnos a vivir juntos, y ahí estaba él mirando anillos de compromiso con ella.
Todo resultaba un poco surrealista. —No, no creo que necesitemos mirar de dos quilates. Este ya es más de lo que necesito.
Sonrió. —Vales cada céntimo.
—Así es —dijo mi madre mientras le devolvía el anillo—. Entonces, ¿hay algo que quisierais contarme?
Trevor y yo nos miramos y luego él carraspeó.
—De hecho, sí. Estamos pensando en casarnos —dijo.
—Pensando en casaros —repitió ella—. Yo diría que si estáis mirando anillos de compromiso, lo habéis estado pensando bastante en serio.
—Los dos —dije, agradecida de que solo hubiera un par de clientes más en la tienda y no estuvieran cerca. No quería que nadie oyera la reprimenda que sabía que se avecinaba.
—¿Por qué quieres casarte con mi hija? —le preguntó.
—Porque amo a Adriana con todo mi corazón y no podría imaginarme la vida sin ella —dijo con suavidad.
Se me humedecieron los ojos y le sonreí.
Mamá me miró con una expresión indescifrable. —¿Y tú por qué quieres casarte con Trevor?
—Porque siento lo mismo. Estamos enamorados.
—Sois tan jóvenes —dijo, mirándome ahora con tristeza—. ¿No podéis esperar?
—Podríamos, pero ¿para qué? —pregunté.
—Os queda tanto por vivir —respondió—. Y luego está la universidad. No os precipitéis en algo para lo que quizá no estéis preparados.
—Mamá, ¿no me dijiste que tus padres intentaron disuadirte de casarte porque no creían que estuvieras preparada?
—Yo era mayor y se equivocaban. Estaba preparada.
—Yo también lo estoy.
Miró a Trevor, que había permanecido callado. —¿Y tú qué tienes que decir sobre todo esto?
—Estoy dispuesto a esperar hasta que esté preparada. Depende totalmente de ella. Solo quiero tenerla en mi vida y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para hacerla feliz.
—¿Incluso casarte? —preguntó Vanda.
—Especialmente casarme.
Respiró hondo y exhaló. —Ya veo. Bueno, los dos sois adultos y sé que vais a hacer lo que queráis.
—Pero nos gustaría contar con tu bendición —dijo Trevor.
Asintió lentamente. —Si prometes honrar, amar y proteger a mi hija, te la daré.
—¿En serio? —chillé, sorprendida de que hubiera cedido tan fácilmente.
—Lo prometo, Vanda. Lo haré. Gracias —respondió, tan sorprendido como yo.
—Sin embargo, quiero que sepas —dijo, con los ojos entrecerrados— que si le haces daño o se ve involucrada en algo ilegal por culpa de tu banda o tu estilo de vida, te perseguiré y te dispararé yo misma.
—Lo entiendo —dijo, sonriendo—. Y me tomo tu amenaza muy en serio. Conmigo está a salvo.
—Más te vale —dijo Vanda, relajando los hombros. Sonrió—. Y ahora, ¿os gusta ese anillo? Conozco a la dueña de este local y creo que si jugamos bien nuestras cartas, podemos conseguir que nos rebaje el precio.
Trevor y yo nos reímos.