Capítulo Cuarenta
Adriana
Mi madre recuperó la consciencia justo antes de que llegara la ambulancia.
—¿Por qué los llamaste? —preguntó avergonzada mientras se sacudía el vestido y se ponía en pie—. Estoy bien. Solo estoy un poco débil. Llámalos y diles que lo olviden.
—No —dijo Jim con firmeza—. Te desmayaste y alguien tiene que examinarte.
—Es culpa mía —dijo ella, forzando una sonrisa—. No he estado comiendo ni durmiendo mucho. Voy a intentar mejorar.
—No, es más que eso —dijo Jim.
Me miró y luego volvió a mirarla.
—Necesitas ir al médico. Te has quejado de fuertes dolores de cabeza y presión… ¿y ahora esto?
—¿Has tenido dolores de cabeza? —pregunté—. ¿Por qué no has ido al médico?
—Fui a uno —dijo bajando la voz—. La semana pasada.
—¿Qué te dijeron? —preguntamos Jim y yo al unísono.
—No mucho. De todos modos, ya hablaremos de ello más tarde —respondió—. No os preocupéis por mí. Estoy bien. Solo necesito beber algo.
—¿Qué te apetece? —pregunté.
—Un zumo de naranja estaría bien —respondió con una sonrisa—. Gracias.
—¿Y de comer? —pregunté—. Has dicho que no estás comiendo bien.
—Un sándwich me vendría bien —respondió—. Lo siento. Me siento tan estúpida.
—No eres estúpida —dije con firmeza—. Pero deberías cuidarte más.
—Tiene razón —dijo Jim—. De ahora en adelante, me voy a asegurar de que te alimentes bien, aunque tenga que darte de comer yo mismo.
Justo entonces, dos paramédicos entraron por la puerta principal de la tienda.
—Por aquí —dijo Jim, haciéndoles señas para que se acercaran.
—¿Qué ha pasado? —preguntó uno de ellos, un hombre bajo y fornido, con el pelo negro y gafas.
—Se ha desmayado —dijo Jim, señalando a Vanda.
—Pero ahora estoy bien —dijo ella, de nuevo avergonzada—. No tienen que perder el tiempo aquí. Id a ayudar a alguien que lo necesite de verdad.
—Aun así deberías dejar que te examinen —dijo Tim, también preocupado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el hombre, cuya placa ponía «Phil».
Vanda intentó explicar que se había desmayado porque no había comido bien ni dormido lo suficiente. Cuando terminó, la otra paramédica, una mujer llamada Bonnie, se ofreció a tomarle las constantes.
—Más vale prevenir que curar —dijo Bonnie—. A veces crees que sabes… pero en realidad no.
—Exacto —dijo Tim, volviendo hacia su cliente—. No queremos que te pase nada, Vanda. Deja que te examinen.
—Está bien —dijo, resignada.
Se volvió hacia mí.
—¿Puedes quedarte y echar un ojo a la tienda? Vuelvo enseguida.
—Claro.
—Voy con ellos —dijo Jim, mientras los dos paramédicos se llevaban a Vanda—. Es tan terca que, aunque le pasara algo, no nos lo diría.
—Ya lo sé. Gracias.
Mientras estaban fuera, otros dos clientes entraron en la tienda y logré venderle a uno de ellos un costoso anillo de rubí, aunque tuve la mente puesta en mi madre todo el rato que estuve mostrándoselo.
El hecho de que hubiera tenido dolores de cabeza y hubiera llegado al punto de ir al médico por ellos me preocupaba.
—A su esposa le va a encantar el anillo —le dije al hombre después de envolverlo en papel navideño y ponerle un lazo—. Y… muchas gracias por su compra. Se lo agradecemos de verdad.
—De nada —dijo, justo cuando mi madre y Jim volvían a entrar en la tienda—. Que pase una feliz Navidad.
—Igualmente.
—Feliz Navidad —dijo Vanda mientras el cliente pasaba junto a ella.
—Igualmente, Vanda. Cuídese —respondió él.
—Lo haré. Gracias.
—¿Qué te han dicho? —pregunté cuando se acercó a la caja.
—Lo que yo decía: estoy bien. Solo necesito comer mejor y descansar más.
—Bueno, eso es una buena noticia —respondí—. Voy a por ese sándwich que querías.
—Y el zumo de naranja —dijo.
Sonreí.
—Claro.
—Voy a sentarme en la trastienda —dijo, y se volvió hacia Jim—. Si hay mucho jaleo, llámame por el intercomunicador. Gerald debería volver pronto, pero hasta entonces solo estará Tim en la tienda.
—Tú ve atrás y descansa —la regañó—. Y déjame a mí preocuparme de los clientes.
—Vale —resopló—. Pero, como he dicho…
—Mamá, la tienda estará bien. Ve atrás y relájate. Vuelvo en un santiamén.
—Vosotros dos. ¿Qué haría yo sin vosotros? —dijo con los ojos humedecidos.
La besé en la mejilla.
—¿Y nosotros qué haríamos sin ti? Ahora ve y haz lo que te ha dicho Jim. Tiene un arma. Yo que tú no lo cabrearía.
—Vale —respondió, sonriéndole.
Cogí el bolso y la chaqueta y conduje hasta una pequeña charcutería que solía frecuentar mi madre.
Compré un sándwich de pavo y una botella de zumo de naranja, y volví a la tienda sin dejar de darle vueltas a mis planes de mudarme de su casa.
Tras ver cómo Vanda se desmayaba, no sabía si tendría fuerzas para dejarla sola.
—Aquí tienes —dije, y le entregué la bolsa de comida. Estaba en su despacho, frente al ordenador.
—Gracias. Déjalo ahí —dijo, señalando.
—¿Qué haces? —pregunté mientras lo dejaba sobre su escritorio.
—Revisar las cuentas de la empresa.
—Ah.
—Dime la verdad —dijo mientras abría la bolsa—. Cuando yo no esté, ¿te gustaría llevar la tienda?
Abrí los ojos de par en par.
—No lo sé. ¿A qué viene esto?
—No voy a estar aquí para siempre y me pregunto qué te gustaría hacer con la empresa. ¿Llevarla tú? ¿Venderla?
—Me estás poniendo muy nerviosa con tanta charla sobre la muerte —respondí.
—Lo sé, pero es parte de la vida, Adriana —desenvolvió el sándwich—. Uy, qué buena pinta tiene esto. Gracias.
—De nada.
—El caso es que ya no soy ninguna jovencita —dijo Vanda, mirándome—. Y por eso tengo que empezar a pensar en el futuro de la empresa. ¿Te interesa llevarla?
—Supongo que sí —respondí—. Al fin y al cabo, por eso estoy estudiando lo que estudio.
Asintió y sonrió.
—Bien. Solo quería asegurarme.
—Será mejor que vuelva. Por cierto, Gerald ha vuelto —le dije.
—Lo sé.
La miré fijamente, todavía intranquila.
—Mamá, estoy preocupada por ti. ¿Seguro que no me ocultas nada?
—No, no digas tonterías. Solo tengo que cuidarme mejor. Nada más. Tú preocúpate de ti misma, ¿vale?
—Vale —respondí—. Y más te vale. Nos diste un buen susto a todos cuando te desmayaste.
—Lo sé. Lo siento. Mira, estoy comiendo —dijo, y dio un mordisco al sándwich.
Satisfecha, me di la vuelta y salí del despacho.