Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Raptor

CUANDO VOLVIMOS a la sede, Slammer estaba sentado en la barra hablando con alguien que no reconocí.

—¿Quién es ese? —le pregunté a Tank al fijarme en los parches que me resultaban familiares—. ¿Está hablando con tu viejo?

—Creo que es Bastard.

—No parece muy contento.

—No, no lo parece.

Bastard había fundado los Gold Vipers y seguía dirigiendo el Capítulo Madre en Sacramento. No lo conocía en persona, pero me habían dicho que era un tipo bastante justo.

Tank y yo nos acercamos a presentarnos.

—Así que tú eres Raptor —dijo Bastard, estrechándome la mano—. Últimamente te está lloviendo mierda de todos lados, ¿eh?

Me encogí de hombros.

—Nada que no pueda manejar.

—Eso me han dicho. Y no viene mal tener a alguien como The Judge cubriéndote las espaldas.

—No sé si me cubre las espaldas, pero desde luego ha sido de gran ayuda.

—Alégrate de que esté de tu lado.

—Créeme, lo estoy.

Bastard se volvió hacia Slammer.

—Tengo que irme. Solo quería pasarme para deciros que nosotros también vamos a intervenir. Esto ya ha llegado demasiado lejos.

—Te lo agradezco. Todos te lo agradecemos —dijo Slammer.

—April —llamó Bastard—. Nos vamos.

Tank y yo nos giramos y vimos a la rubia que nos resultaba familiar, la que había sacado a Adriana y Brandy del club de Mud la noche que las secuestraron. Se acercó a Bastard y se acurrucó contra él.

—Cuánto tiempo sin vernos —dijo, guiñándonos un ojo.

Nos quedamos mirándola, atónitos.

—Os presento a mi nueva vieja —dijo Bastard, que tenía edad para ser su abuelo—. Aunque tengo entendido que ya os conocéis.

—La pregunta es: ¿cómo os conocisteis vosotros dos? —preguntó Tank, riéndose.

—En un bar de moteros —dijo April—. Cuando me fui de Minnesota, conduje hasta California y me quedé con una amiga a la que no veía desde hacía años. Ella me arrastró a un bar en Sacramento hace un par de días y conectamos enseguida.

—¿Dos días, eh? —dijo Slammer—. ¿Y ya te la has quedado?

—Para mí fue amor a primera vista —dijo Bastard, mirándole el pecho con admiración—. Y cuando llegas a mi edad, no dejas escapar algo tan hermoso cuando te cae del cielo. Le puse el parche anoche para hacerlo oficial.

April nos dedicó una sonrisa.

—No me lo podía creer cuando descubrí que estaba en el mismo club de moteros al que Mud le había declarado la guerra. O sea, ¿qué probabilidades había?

—Tenía que ser —dijo Bastard, guiñándome un ojo.

No sabía a quién pretendía engañar, pero estaba claro que April se había fijado en Bastard por interés propio. Él lo sabía. Nosotros lo sabíamos. Pero a nadie le importaba. Bastard no iba a rejuvenecer y April era una tía buenísima. Ambos salían ganando.

—¿Y tu hermano? —preguntó Tank—. Nos enteramos de lo que pasó.

Se le borró la sonrisa.

—Bastard dijo que se aseguraría de que reciban su merecido.

—Así será, April —dijo él, atrayéndola hacia sí—. Ya nos estamos encargando.

—¿Sí? —pregunté, pensando si él también habría estado en contacto con The Judge.

—Sí. Vamos a hacer un viaje hasta allí para asegurarnos de que no se nos escape nada. April y yo solo queríamos pasarnos a decíroslo. Sobre todo a ti, Raptor. Me han dicho que hay un contrato sobre tu cabeza. No creo que tengas que preocuparte más por eso.

—Me alegra saberlo —dije.

—Será mejor que nos vayamos —dijo Bastard, con cara de cansado—. Tenemos tres horas de viaje y ya estoy reventado.

—Tranquilo, conduzco yo —dijo April.

—Esperaba que dijeras eso —respondió él.

—Dale recuerdos a Adriana —dijo April—. Es una tía genial. Espero que podamos quedar y ponernos al día algún día. En mejores circunstancias que la última vez, claro.

—Se los daré. Gracias otra vez, April. Las ayudaste a escapar. Si no llega a ser por ti, Mud podría haberla alcanzado antes de que lo liquidaran. Te debo una —dije.

Miró a Bastard y luego me guiñó un ojo.

—¿Que me debes una? Qué va, creo que estamos en paz.

Sonreí.