Capítulo treinta y ocho
Adriana
DESPUÉS DE QUE mamá se fuera a trabajar, llamé a mi ginecóloga y pedí cita para la semana siguiente. Hablé con una enfermera y le dije que creía que estaba embarazada.
—¿Te has hecho una prueba de embarazo casera? —preguntó.
—Sí. Dos.
—¿Y qué dieron?
—Que estaba embarazada.
—Entonces probablemente lo estés. Son bastante precisas, sobre todo si da positivo. Bien, ¿te vemos la semana que viene?
—Sí.
Después de colgar, me duché y cogí unos pantalones negros y un jersey verde de cuello alto.
Los pantalones, que antes me quedaban holgados, me costaba abrocharlos, así que me apunté mentalmente comprar unos nuevos mientras buscaba regalos al día siguiente.
Luego saqué la maleta y empecé a llenarla de ropa.
Aunque ya me había quedado en casa de Trevor otras veces, esta vez hacía las maletas para quedarme definitivamente.
Estaba emocionada, pero la idea de dejar a mi madre sola me ponía nerviosa y un poco triste.
Trevor había dicho que estaría bien, pero yo no estaba tan segura.
Lo único que me consolaba era que tenía a Jim.
Quizá sería el empujón que necesitaba para casarse con él.
La trataba muy bien y ahora los dos estaban enamorados. Se merecían estar juntos y esperaba que ella cambiara de opinión.
Cuando llené la maleta todo lo que pude, cogí una bolsa de viaje y empecé a meter las cosas del baño. Una vez que metí lo que cabía, eché un vistazo a mi habitación, sabiendo que aún quedaban bastantes cosas por las que tendría que volver. Mientras bajaba el equipaje, sonó el móvil.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Tiffany cuando contesté.
—Increíble —sonreí—. Lo mejor de mi vida, la verdad.
Le conté algunas de las excursiones que habíamos hecho.
—Qué envidia. Hace siglos que no viajo y siempre he querido ir a Hawái. A ver si convenzo a Jeremy…
—¿Todavía estáis juntos? —pregunté sorprendida.
—Sí.
—Vaya.
—Ya, lo sé. Y por fin nos acostamos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tal?
—Bien. Muy bien. Desde luego sabe usar su pistola.
Me reí.
—¿Y te dejó jugar con ella? ¿No es peligroso?
Ella también se rió.
—Probablemente. Por eso me esposó a la cama.
—Madre mía. Ya no voy a poder mirar al detective Stone de la misma manera.
—Ni tú ni yo. En fin, ¿qué vas a hacer en Nochevieja?
—No sé. Todavía no hemos hecho planes. ¿Y tú?
—Jeremy da una fiesta y me dijo que te invitara.
—¿En serio? Tendré que hablarlo con Trevor. Esos dos no se llevan muy bien, ¿sabes?
—Que dejen de hacerse los difíciles y aparquen sus diferencias unas horas. Bueno, tengo que volver al trabajo. Estoy en la pausa del almuerzo.
—Bueno, gracias por invitarnos. Hablaré con él a ver si ya tiene planes. Me da que celebra Nochevieja con sus colegas moteros.
—Seguramente. Podéis pasaros aunque sea a tomar algo, ¿no?
Quería decirle que no podía beber alcohol, no estando embarazada, pero no me salían las palabras. Quería que mi madre se enterara antes que mis amigas.
—Quizá —dije—. Ya te llamo.
—Vale.
Después de colgar, metí mis cosas en el maletero y me fui a Dazzle antes de tiempo. Cuando llegué, había bastante movimiento.
—Hola —dijo Jim, que estaba en su puesto de siempre, cerca de la puerta. Tim también estaba en la tienda, atendiendo a un cliente en uno de los mostradores. Por lo demás, el local parecía bastante vacío.
—Hola, Jim —dije con una sonrisa.
Dobló el periódico y lo dejó a un lado.
—¿Qué tal el viaje?
—Nos lo pasamos genial. Con este tiempo de mierda que hace, ojalá estuviera allí otra vez. ¿Has estado alguna vez en Hawái?
—No, pero me encantaría ir algún día.
—Deberíais ir mi madre y tú —dije bajando la voz—. Os lo pasaríais genial. Sé que a ella le encantaría.
Me guiñó un ojo.
—Eso mismo estaba pensando.
Le devolví el guiño y fui hacia el fondo de la tienda.
—Hola, mamá —dije cuando la vi salir de la sala de descanso.
—Vaya, has llegado pronto —respondió—. Bien, nos viene bien ayuda.
—¿Estás bien? —pregunté al ver que tenía mala cara.
Hizo un gesto con la mano.
—No te preocupes por mí, estoy bien.
—Pues no lo pareces. ¿Por qué no vuelves adentro y descansas un poco? —dije preocupada.
—Eso estaba haciendo —dijo ella—. Como te he dicho, no te preocupes por mí. Solo estoy un poco cansada.
—¿Quieres que vaya a comprarte uno de esos cafés con leche que tanto te gustan? ¿De la cafetería?
—Quizás más tarde.
—De acuerdo —dije, aún insegura—. Voy a dejar la chaqueta en la trastienda.
—Gracias por venir temprano, por cierto. Gerald está almorzando ahora mismo y me da que en cualquier momento nos va a caer encima una avalancha de clientes.
—Sí, seguro. Vuelvo en un segundo —respondí, dirigiéndome a la trastienda.
—Bonito bronceado —dijo Tim, mirándome por encima del hombro cuando regresé—. Con este tiempo, seguro que echas de menos Maui.
—Era una maravilla —admití—. ¿Has estado alguna vez?
—Sí. Me encanta. Estoy intentando convencer a Juan de que vayamos. Aunque le da miedo volar.
—Hay medicamentos para eso —dijo el cliente de Tim, un hombre de mediana edad que estaba mirando pulseras—. Sedantes. Mi mujer también odia volar. Si no fuera por las pastillas, no se subiría a un avión en la vida.
—Es bueno saberlo —dijo Tim—. Tendremos que mirarlo. Me hacen falta unas vacaciones.
—A decir verdad, yo también estuve un poco nerviosa durante el vuelo —dije, riéndome—. A mí también me habría venido bien algo.
—Vanda, ¿estás bien? —preguntó Tim, mirando por encima de mi cabeza.
Me giré para mirar a mi madre, que estaba de pie junto a la caja registradora y se balanceaba ligeramente. Fruncí el ceño.
—Mamá, ¿qué te pasa?
—Yo... no me encuentro bien —dijo con voz entrecortada.
—Quizás deberías sentarte —le dije.
En lugar de responder, se le pusieron los ojos en blanco y se desmayó.
—¡Dios mío! —grité, dejándome caer de rodillas junto a ella—. ¡¿Mamá?!
Jim se acercó corriendo.
—Vanda —dijo, arrodillándose.
Le buscó el pulso y me miró con los ojos muy abiertos por el miedo.
—Será mejor que llamemos a una ambulancia.