Capítulo treinta y seis
Adriana
DESPUÉS DE HABLAR con Trevor a la mañana siguiente, me volví a dormir y no desperté hasta que oí a mi madre llamar a la puerta de mi habitación.
—¿Sí? —murmuré mientras abría los ojos.
Abrió la puerta y me miró sorprendida.
—¿Aún estás durmiendo? Son las once, dormilona.
Me levanté de la cama con un bostezo.
—Es el jet lag —dije mientras me rascaba el hombro—. Todavía estoy agotada.
—Me lo imagino. Bueno, baja y te preparo el almuerzo —respondió—. Eso te ayudará a despabilarte.
—Gracias. ¿A qué hora quieres que vaya a Dazzle?
—¿A las cuatro?
—Vale.
Mamá salió de la habitación y cuando entré en el baño, maldije entre dientes al darme cuenta de que había dejado la caja vacía del test de embarazo a la vista. La escondí en el fondo de la papelera y bajé a la cocina.
—¿Qué te apetece? —preguntó mi madre, asomada al frigorífico.
—Algo sencillo —respondí, sentándome en la barra.
Se dio la vuelta y me miró.
—¿Qué te parecen unos macarrones con queso? Puedo hacerte mi receta especial.
—¿Los caseros? Sería genial —dije mientras encendía la tele.
Hacía los mejores macarrones con queso del mundo, incluso preparaba la pasta desde cero.
—¿Seguro que tienes tiempo?
Sacó una bolsa de harina del armario.
—Tiempo suficiente para prepararte tu plato favorito. Últimamente no hemos pasado mucho tiempo juntas, y sé lo mucho que te gusta esta receta.
—Qué detalle. Gracias, mamá —dije mientras la miraba—. ¿Quieres que te ayude?
—No —dijo entre risas.
La última vez que había intentado ayudarla, conseguí quemar la pasta, algo que al parecer no era nada fácil, sobre todo hirviéndola.
—Déjame a mí.
—Vale —respondí, aliviada.
—Entonces, ¿vas a ver a Trevor esta noche? —preguntó mientras volvía al frigorífico.
—Sí, de hecho. Me quedo a dormir en su casa.
—Probablemente sea lo mejor. Dicen que va a haber otra tormenta de nieve —dijo mientras sacaba los huevos y la leche—. A partir de las once, más o menos. He oído que pueden caer entre diez y veinte centímetros.
—Estupendo —dije con sarcasmo—. Mañana las carreteras van a estar impracticables y tengo que hacer compras de Navidad.
—Ten cuidado al volante.
—¿Quieres que vuelva temprano por la mañana para ayudar a despejar la entrada?
—Jim ya se ha ofrecido a hacerlo.
Sonreí.
—Es un tipo muy majo.
Me devolvió la sonrisa.
—Lo sé, y muy mañoso. Cuando estuviste fuera la semana pasada, me ayudó a cambiar el calentador. Menos mal que estaba aquí cuando se estropeó, si no habría tenido que llamar a alguien y me habría costado un dineral.
—¿Cuándo se estropeó?
—El viernes por la mañana.
Abrí los ojos como platos.
—¿Estaba aquí el viernes por la mañana?
Se le subieron los colores.
Me quedé boquiabierta.
—Se quedó a dormir, ¿verdad?
Sacó un bol del armario, sin mirarme.
—Sí.
—¿Vosotros dos... ya sabes?
No dijo nada.
Sonreí.
—Mamá, lo hicisteis, ¿a que sí?
Suspiró.
—Sí, lo hicimos. ¿Contenta?
—La pregunta es: ¿tú estás contenta?
No creí que fuera a contestar, pero de pronto sonrió y asintió.
—Estuvo bien.
—¿Bien?
Abrió mucho los ojos.
—Sí, bien, y es todo lo que pienso decir. Estuvo muy bien y los dos lo disfrutamos.
Me eché a reír.
—Vale. Me alegro.
Se puso a mezclar los ingredientes para la pasta y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Por qué sonríes?
Me miró.
—Es que... soy feliz.
—¿Feliz? Lo que quieres decir es que estás enamorada, ¿no?
A Vanda le brillaron los ojos.
—Sí. Creo que sí.
—Eso es genial —dije, emocionada por ella—. ¿Y Jim? ¿Te quiere?
—Sí. Me lo confesó hace un par de semanas.
—¡Eso es fabuloso! —dije, sorprendida de que no me lo hubiera contado antes—. Entonces, ¿cuándo es la boda?
—¿La boda?
—Sí. ¿No vais a casaros? —bromeé.
—No. Claro que no.
—¿Cómo que no? —dije, emocionada por ella—. ¿Por qué no? ¿Te lo ha pedido?
Ella sonrió. —De hecho, me lo pidió.
—¿Entonces por qué no? No hace falta una boda por todo lo alto. Podríais fugaros a Maui, como Slammer y Frannie. O elegir otra isla o un sitio completamente distinto. ¡Incluso Las Vegas!
Me miró y se rio. —Es una idea preciosa, pero no nos vamos a casar.
—¿Quizá cambies de opinión después de darle unas vueltas?
No respondió. En lugar de eso, se puso a estirar la masa para los fideos. —Hoy estás de muy buen humor —dijo, cambiando de tema—. Debes de haber dormido bien.
Eso, y que había tenido un sueño maravilloso con Trevor y conmigo en una playa, jugando en la arena con nuestro bebé. No sabía si era niño o niña, pero nos lo estábamos pasando bien y no había querido que el sueño terminara. —Todavía estoy cansada, pero me encuentro bastante bien.
—Bien.
Sonó el teléfono fijo y me levanté a contestar.
—¿Puedo hablar con Vanda Nikolas, por favor? —preguntó un hombre al otro lado.
—Claro. —Alcé el auricular—. Mamá, es para ti.
—Ahora voy —dijo, yendo corriendo al fregadero a lavarse las manos. Cuando terminó, Vanda cogió el teléfono y se alejó con él.
Mientras hablaban, me puse a cambiar de canal, pero me detuve al reconocer la fotografía de una mujer en las noticias.
¡Era April!
—Dios mío —dije, atónita ante la noticia de que la policía la «buscaba» para interrogarla. Mientras escuchaba al periodista, me enteré de que habían encontrado asesinado al hermano de April en Hayward, Minnesota.
—De acuerdo. Nos vemos la semana que viene —murmuró Vanda—. Adiós.
Sin prestar mucha atención a mi madre, me puse a pensar en la noche en que April nos había ayudado a escapar de Mud y Skull.
No había parecido una mujer particularmente violenta, pero empecé a preguntarme si habría matado a su hermano.
Luego, al oír que el asesinato había ocurrido unos días después de que nos fuéramos de Hayward, supe que no había sido ella.
Me pregunté si los Devil's Rangers tendrían algo que ver y decidí llamar a Trevor.
—Ahora vuelvo —dije, y apagué el televisor.
—¿Adónde vas? —preguntó, algo preocupada.
—Solo voy a usar el móvil. ¿Estás bien?
—Estoy bien.
—¿Quién era?
Vanda tardó un poco en responder. —Nadie importante. Voy a poner los fideos a cocer y a derretir el queso. La comida estará lista enseguida.
—Vale —respondí, y salí de la cocina. Subí las escaleras corriendo y cogí el móvil.
—Gatita, ¿va todo bien? —preguntó Trevor cuando lo llamé.
—No lo sé, dímelo tú —dije, y le expliqué lo que había visto en las noticias.
—Puede que no sea nada, pero también podría ser cosa de ellos —dijo Trevor, que también parecía algo preocupado.
—¿Los Devil's Rangers?
—Sí.
Solté un suspiro entrecortado. —¿Van a venir a por mí?
—Puede que lo intenten, y por eso quiero que te vengas a vivir conmigo. Ahora, no más adelante. No quiero darles otra oportunidad de secuestrarte de tu casa, como la última vez.
—Ya, pero a Brandy la secuestraron de tu casa —protesté—. ¿Qué te hace pensar que no vendrán a buscarme allí también?
—No te quitaré el ojo de encima —dijo—. Si aparecen, se las verán conmigo y con su creador.
Sus palabras me hicieron sonreír. —Eso no va a funcionar. No puedes vigilarme a cada segundo del día, y tengo clases. No puedes seguirme hasta el aula.
Se quedó callado.
—¿Trevor?
—Vale, de acuerdo. Contrataré a un guardaespaldas para que te vigile cuando yo no pueda.
—No puedo vivir así. Que me sigan a todas partes. Me sentiré ridícula.
—Mejor sentirse ridícula que acabar muerta.
Se me cortó la respiración. —¿De verdad crees que piensan matarme?
—Creo que buscan venganza, y la única forma de conseguirla es venir a por nosotros.
—¿Y qué pasa con ese tipo? ¿El que mató a Skull? ¿Puede ayudarnos?
—No necesitamos su ayuda, Gatita. Solo necesito que te vengas a vivir aquí conmigo. Pondré un sistema de seguridad y puedes aprender a usar un arma.
—Ya sé usar un arma —dije, frustrada—. Pero no pienso ir por ahí con una encima. Ni siquiera tengo licencia de armas. —Dudaba que él la tuviera tampoco, pero era yo, y no me interesaba correr riesgos. No cuando se trataba de la ley y las armas de fuego.
—Entonces deja que busque a alguien que te vigile cuando yo no pueda.
Me llevé la mano al vientre, preguntándome en qué me había metido. Quería a Trevor con todo mi corazón, pero ahora estaba trayendo otra vida al mundo y esa vida ya corría peligro. —¿Por qué sigue pasando esto? ¿No puedes llamar a los otros Capítulos y acabar con estos tipos entre todos?
—En realidad, creo que Slammer va por ese camino.
—Dios, eso espero.
—Hasta entonces, te mudas conmigo —dijo con firmeza.
—¿Y mi madre? ¿Estará en peligro?
—Creo que estará bien.
—No lo sé. Mira lo que le pasó al hermano de April —protesté—. Si le pasa algo, nunca podría vivir con eso.
—No sabemos si la muerte del hermano de April tuvo algo que ver con los Devil's Rangers. Son solo conjeturas.
—Ojalá supiera cómo contactar con ella —dije, mordiéndome el labio—. Así lo sabríamos seguro.
Mi madre llamó a la puerta y asomó la cabeza por mi habitación.
—Tu comida está lista.
—Vale —dije, intentando sonar más animada de lo que me sentía—. Bajo enseguida.
Asintió y se fue.
—Tengo que bajar a comer —le dije.
—Vale. Recuerda que quedamos en Dazzle esta noche. Hablaremos con tu madre juntos. De lo de mudarte conmigo.
—Va a ponerse histérica, ya lo sabes. Es demasiado para soltarle de golpe.
Demasiado.
—No tenemos otra opción. Tiene que saber la verdad. También es por su seguridad.
—Lo sé.
—¿Ya le has contado lo del bebé?
—No. Quería esperar hasta después de las fiestas.
—¿Cómo lo llevas hoy? ¿Mejor que ayer?
—Me sentía mucho mejor hasta que vi las noticias —murmuré—. ¿Y tú?
—Estoy que no quepo en mí con lo del bebé. Apenas pude dormir.
—¿Que no cabes en ti? —respondí, imaginándome su cara sonriente.
—Sí, y no solo por nuestro hijo. Me hace feliz que vayamos a casarnos y a vivir juntos. ¿Tú no estás ilusionada?
—Sí —respondí sin el mismo entusiasmo—. Lo estoy.
—Relájate y no dejes que esta mierda te preocupe, Gatita. Esta vez te protegeré. Te lo prometo.
Sé que al menos lo intentarás con todas tus fuerzas.