Capítulo Treinta y Cinco
Raptor
ME DESPERTÉ SObrE las siete de la mañana, perdido sin Adriana en mis brazos. Esperé hasta las nueve, la llamé y quedamos en vernos cuando terminara de trabajar en Dazzle.
Después de colgar, me puse unos vaqueros y una camiseta y fui a la cocina a hacer café.
Mientras se hacía, oí el timbre. No esperaba a nadie, y como la mayoría de mis amigos llamaban antes de presentarse, agarré la pistola y me acerqué a la puerta con cautela.
Cuando vi quién me esperaba al otro lado, me quedé de piedra.
—Hola, Trevor —dijo mi madre con voz ronca. Estaba fumando un cigarrillo y le temblaban las dos manos.
—Hola —dije, escondiendo la pistola detrás de la camiseta. No había visto a Mavis en casi quince años, y no le habían sentado bien. Por lo que recordaba, solo tenía cincuenta y pocos, pero las arrugas de su cara la hacían parecer décadas mayor. Además estaba muy delgada, casi anoréxica.
—Tienes buen aspecto —dijo sonriendo. Le faltaban varios dientes.
Metanfetamina, pensé. No quería compadecerla, pero no pude evitarlo.
—Gracias —dije.
Ella soltó un suspiro entrecortado.
—Tenemos que hablar.
—¿Ah, sí? ¿Por qué ahora? quise preguntar.
—Sí. Es importante.
—¿Es sobre mi hermano?
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Sabes de él?
—Slammer me lo contó.
—Ah. Olvidé que él lo sabe. ¿Lo has conocido?
—Brevemente.
—Es más de lo que he tenido yo. Se niega a verme —dijo con tristeza—. Ni siquiera sé qué aspecto tiene.
La miré fijamente.
—No poder ver a la persona que amas duele, ¿verdad?
Mavis me miró y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo siento mucho, Trevor.
Suspiré.
—¿Por qué estás aquí?
—¿Podemos hablar dentro? —preguntó—. Hace frío aquí fuera.
Quería decirle que se largara, pero seguía siendo mi madre y había una parte de mí que no quería que se fuera. No hasta que al menos me dijera por qué me había abandonado.
Abrí más la puerta y me aparté.
—Entra. Pero apaga el cigarrillo primero.
Dio otra calada al cigarrillo y lo apagó con la suela de la bota. Se guardó la colilla en el bolsillo del abrigo de lana negro, entró y silbó.
—Te ha ido muy bien, Trevor. Muy bien.
—Gracias —respondí con rigidez.
Notó mi tono y se volvió para mirarme. Le temblaron los labios.
—Siempre estuve orgullosa de ti. Eras un buen chico. Un chico listo.
No dije nada.
Apartó la mirada.
—Sé que estás enfadado, Trevor. Incluso puedo entender por qué.
¿Que podía entender por qué? Vaya. —¿Quieres café? —pregunté mientras subía las escaleras.
—Claro. Estaría bien.
—Pues venga, ven —dije, al ver que no se movía.
—Déjame quitarme las botas primero.
—Te lo agradecería.
Sin quitarse el abrigo, que había conocido tiempos mejores, me siguió escaleras arriba hasta la cocina.
—¿Leche o azúcar? —pregunté mientras se sentaba.
—Ninguno. Gracias.
Le puse la taza de café delante y la cogió. Le temblaban tanto las manos que apenas podía sostenerla.
—¿Qué te pasa? —pregunté, señalando sus dedos temblorosos con la cabeza—. ¿Sigues consumiendo?
—No. No he consumido desde hace mucho tiempo.
—¿Bebes?
—No, ya no. Solo cerveza sin alcohol a veces. Pero esto no es por el alcohol. Tengo párkinson —dijo, y se metió las manos en el regazo—. Me lo diagnosticaron hace cosa de un año.
Me costaba creerla.
—¿Ah, sí?
—No tienes que creerme si no quieres y no he venido a pedirte compasión.
—Pero has venido por algo.
—Sí, necesito...
La interrumpí.
—¿Dinero?
—No, necesito contarte algo —dijo con firmeza—. Algo que escuché por casualidad.
—¿Qué escuchaste?
—Los Devil's Rangers... han ordenado un golpe contra ti y tu hermano.
—¿Cómo te has enterado? —pregunté. No me sorprendía.
—Escuché a dos moteros hablando de ello, fuera del Sal's. Iban tan borrachos que ni se enteraron de que estaba allí.
Me rasqué la barbilla. —¿Dijeron cuánto?
—No lo oí.
—Gracias por avisarme —dije, bostezando.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, un poco sorprendida por mi falta de preocupación.
Saqué la pistola que llevaba metida en los vaqueros y la mostré. —Llevar esto encima, supongo —dije, y la dejé a mi lado.
Frunció el ceño. —Deberías hacer más que eso. Te buscan con ganas. Mataste al presidente de su capítulo y a su segundo al mando.
—Yo no lo maté —respondí, apoyándome en la encimera con la taza de café.
Mavis arqueó una ceja. —Fue Jordan, ¿verdad?
—Yo no estaba allí. No tengo ni idea de quién los mató —mentí—. Por lo que a mí respecta, se merecían lo que les pasó por toda la mierda que han hecho.
Me miró con astucia. —Sí que lo sabes. Puedo verlo en tus ojos.
Mavis sonrió. —Nunca se te dio bien mentir, Trevor.
Me llevé la taza a los labios y di un sorbo. —Supongo que eso no lo heredé de ti.
Apretó los labios. —Yo no te mentí. Sí, me fui, pero nunca mentí.
Puede que no hubiera mentido, pero había guardado secretos. Para mí, era lo mismo. Solté una risa fría. —¿Esa es tu gran respuesta? ¿Me abandonaste pero nunca mentiste al respecto? ¿Y se supone que eso está bien?
Levantó la mano. —No, tienes razón. No se suponía que estuviera «bien», pero no pensaba con claridad en ese momento.
Lo único que quería era escapar de los puños de tu padre.
¿No recuerdas nuestras peleas? Me daba unas palizas tremendas, Trevor.
Tenía miedo de que un día llegara a matarme.
¿No puedes entender por qué tenía que irme?
—Tú tenías que irte. ¿Y yo qué? Todavía era un crío. Tuve suerte de que Slammer me acogiera cuando lo hizo.
Me miró fijamente unos segundos y suspiró. —Pensé en llevarte conmigo, pero supe que si lo hacía, tu padre me habría encontrado. Por eso le pedí a Slammer que te cuidara.
—Mentira, solo querías tomar el camino fácil —dije, enfadado.
—No es eso. Tenía miedo de alejarte de él. A tu padre yo le importaba un carajo. Me lo decía casi todos los días. ¿Pero tú? A ti te quería.
Para mí, él solo se quería a sí mismo y le importaba una mierda el chico al que había golpeado.
—Mira, no vine aquí a discutir —dijo, con aspecto cansado—. Solo quería avisarte de que van a por ti.
Se levantó. —Ya me voy. Gracias por el café.
—Espera —dije, suspirando—. ¿Dónde te estás quedando?
—Acabo de mudarme con una mujer con la que fui al instituto. Berta Finnegan —dijo, y volvió a sentarse.
—¿En Jensen?
Asintió. —Vive en el parque de caravanas cerca de St. Peters.
Cerca de la caravana de Misty, que ahora estaba abandonada.
Después de la mierda que pasó con Mud, había hecho las maletas y se había largado del pueblo.
Por supuesto, Slammer la había asustado de muerte con unas amenazas descabelladas.
Pero ella se las había creído lo suficiente como para largarse de Jensen.
No habíamos sabido nada de ella desde entonces. —¿Trabaja?
Mavis sonrió y asintió. —Sí. Es consejera de adicciones. Me ha estado ayudando con mi problema con la bebida.
Arqueé las cejas. —¿Cuánto tiempo llevas sobria?
—Cuatro semanas ya.
Se le borró la sonrisa. —La cagué pero bien una noche en Sal's, y supe que era hora de buscar ayuda. Por suerte, había estado hablando con Berta por Facebook y contacté con ella.
—¿Qué pasó en Sal's? —pregunté.
—Me emborraché mucho y se me fue la lengua —dijo, mirándose las manos—. Le conté a alguien lo de Jordan.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Estaba enfadada —dijo, con los ojos otra vez llenos de lágrimas—. Porque se negaba a verme. Me emborraché mucho y hablé de él con algunos de los habituales.
—¿Qué dijiste?
—Dije que era mi hijo. También dije otras cosas —dijo, con cara de culpabilidad—. Cosas que no le gustarían.
—Revelaste su identidad —dije—. ¿Lo de que es The Judge?
Asintió. —Sé que la cagué, pero estaba borracha y enfadada. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, al día siguiente, supe que tenía que hacer algo con mi problema con la bebida.
Suspiré. —Al menos eso es algo.
Se quedó callada unos segundos. —Seguro que ya todo el mundo sabe quién es. Probablemente se va a cabrear cuando descubra quién lo delató.
—Yo no me preocuparía demasiado —dije, al ver lo asustada que estaba—. Es solo Sal's.
—Allí tienen la boca muy grande. Seguro que ya lo sabe todo el pueblo.
—Yo no he oído nada, así que obviamente no lo saben.
—Va a matarme, ¿verdad?
—No, no va a matarte.
—Ya está enfadado conmigo por haberlo dejado con Acid. No tuve elección. ¿Creías que tu padre era malo? —Se inclinó y se subió la pernera de los vaqueros, dejando la pantorrilla al aire. Como la mano de Jordan, su piel estaba tan llena de cicatrices que supe de inmediato lo que era.
—¿A ti también te echó ácido?
Asintió y se bajó la pernera—. Era malvado, en todos los sentidos de la palabra. Solía esposarme a la cama y torturarme. Tengo más cicatrices, pero están en sitios que un hijo no debería ver en su madre.
—¿Por qué no llamaste a la policía?
—Le tenía tanto miedo a ese hombre que no creía que la policía pudiera detenerlo. Joder, solía jugar al póquer con un par de ellos los viernes por la noche.
Me imaginé a una Mavis joven y asustada, paralizada por el miedo. No podía culparla por querer escapar de semejante horror. Lo que no entendía era cómo había podido abandonar a dos de sus hijos sin luchar más por ellos. Sobre todo teniendo amigos como Slammer.
—Sé lo que estás pensando —dijo, mirándome fijamente—. Pero era muy joven e ingenua, y él era... imponente. Al final, me echó de casa y no me dejó ver a Jordan.
—¿Y nunca intentaste verlo?
Negó con la cabeza—. No, y estoy segura de que por eso me odia tanto.
—No creo que te odie.
Mavis abrió los ojos de par en par—. ¿Por qué? ¿Te lo ha dicho él?
—No, pero creció con Acid y sabía qué clase de monstruo era. Por lo que veo, simplemente le cuesta confiar en la gente —me encogí de hombros y aparté la mirada—. Pero ¿a quién no?
—Es culpa mía. Lo sé. Ojalá pudiera hacer algo al respecto, ahora que por fin tengo la cabeza clara. Pero me lo busqué yo solita y, lo creas o no, me siento merecedora de ello.
El móvil empezó a vibrarme.
—Debería irme —dijo al verme cogerlo.
Asentí y miré el móvil: había recibido una llamada de un número que no reconocía.
Mavis cogió su bolso y se volvió hacia la puerta de la cocina—. Nos vemos por ahí.
—Déjame acompañarte a la puerta —dije, y la seguí fuera de la cocina. Cuando llegamos a la entrada, se puso las botas y se volvió hacia mí.
—Cuídate —dijo—. Y ándate con ojo con esos malditos Devil's Rangers.
—Lo haré.
—Si sabes cómo contactar con Jordan, dile lo mismo. Además —le tembló el labio de nuevo—, dile... que lo siento mucho. Si pudiera volver atrás y hacer las cosas de otra forma, lo haría —me puso la mano en el hombro—. Eso también va por ti.
Al mirar a mi madre, quería olvidar el pasado y seguir adelante.
Abrazar a la mujer que me había enseñado a atarme los zapatos y a hacer tortitas.
La mujer que una vez me había dicho que me quería más que a su vida antes de abandonarme a la mañana siguiente.
Veía la sinceridad en sus ojos y quería que las cosas estuvieran bien entre nosotros.
Pero tampoco iba a ponerme ahora en plan buen rollito—.
Se lo haré saber —dije, dando un paso atrás.
Se le ensombreció el rostro y vi que estaba decepcionada—. De acuerdo —dijo, y abrió la puerta. Se dio la vuelta—. ¿Tienes planes para Navidad?
—Sí.
—Por supuesto que sí —dijo con una risa nerviosa—. Ni siquiera sé por qué he preguntado. Qué tontería. Bueno, feliz Navidad.
—Gracias. Igualmente —respondí.
Me lanzó una última mirada, bajó del porche y se dirigió hacia un viejo Ford Taurus azul aparcado frente a la casa.
La observé subir, arrancar y marcharse. Intentando quitarme de encima un inesperado sentimiento de culpa, miré el móvil para ver si quien me había llamado había dejado un mensaje.
Al no ver nada, me preparé el desayuno y bajé al sótano a hacer ejercicio con las pesas.
Después me duché y me fui a la sede del club.