Capítulo treinta y cuatro
Adriana
DESPUÉS DE COLGAR con Trevor, me di una ducha para intentar calmar los nervios.
Me quedé bajo el agua tibia y cerré los ojos, imaginando la expresión de mi madre cuando le dijera que iba a ser abuela.
Siempre me lo había imaginado como un momento feliz, pero no iba a ser así, sobre todo siendo Trevor el padre.
Era obvio que iba a enloquecer, pero no había forma de evitarlo.
Sin embargo, decidí esperar unos días hasta acostumbrarme yo misma a la idea.
Me pasé las manos por el vientre, sorprendida de mi propia estupidez. Sin duda había una hinchazón que no era normal. Lo había achacado a que necesitaba hacer más abdominales y reducir los picoteos nocturnos, pero ahora que sabía que estaba embarazada, todo cobraba sentido.
Pensé en el bebé que crecía dentro de mí y me pregunté si sería niño o niña.
Me imaginé a Trevor de pequeño y no pude evitar sonreír.
Algo me decía que iba a ser un padre maravilloso, lo que hacía todo un poco más fácil de asimilar.
En cuanto a mí, nunca había tenido mucha experiencia con bebés.
Siempre me habían puesto nerviosa, y esa era una de las razones por las que nunca había hecho de canguro de adolescente.
Ahora iba a tener mi propio hijo y ni siquiera sabía cambiar un pañal.
Iba a necesitar mucho el apoyo de mi madre.
Solo esperaba que nos hubiera perdonado para cuando naciera el bebé.
Después de la ducha, me puse una camiseta extragrande y unos bóxers, cogí el portátil y me puse a navegar por internet para informarme sobre el embarazo. Mientras leía sobre el desarrollo del feto, oí a mi madre entrar en el garaje. Apagué el ordenador rápidamente y bajé a saludarla.
—Adriana —sonrió y me estrechó entre sus brazos—. Te he echado muchísimo de menos.
—Yo también te he echado de menos —dije mientras aspiraba su familiar aroma a perfume. Lo usaba desde que yo era pequeña y siempre me reconfortaba.
Se apartó un poco y me observó el rostro.
—Desde luego parece que has estado de vacaciones, con ese bronceado. Tienes la piel radiante.
—Acabo de salir de la ducha —dije nerviosa, recordando que había leído algo sobre el brillo especial de las embarazadas, sobre todo en el segundo o tercer trimestre—. Seguramente es por eso.
Me miró el pelo.
—Ya lo sé, pero tu bronceado me recuerda que hace mucho que no voy a ningún sitio tropical.
—Sigues pensando en irte de viaje con Jim, ¿no?
—Es solo un fin de semana, aunque últimamente habla de hacer un crucero.
—¿Un crucero? ¡Deberías ir, mamá! Te mereces unas vacaciones. Trabajas muchísimo y sabes que podemos encargarnos de la tienda cuando no estés.
Sonrió.
—Lo sé, pero no es buen momento para irme.
—¿Que no es buen momento? ¿Por qué?
Colgó el abrigo.
—Después de lo que acaba de pasar.
Abrí mucho los ojos.
—¿Te refieres a lo del secuestro? Eso ya pasó. No tienes por qué preocuparte por mí.
—No me quedo tranquila si te dejo sola. O sea, ¿y si vuelven a por ti?
—Mamá, nadie va a volver a por mí, ¿vale? Deja de preocuparte por mí y piensa en ti para variar.
Me dio una palmadita en el hombro y se dirigió a la cocina.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. Algún día, cuando tengas hijos, lo entenderás.
Sus palabras me pusieron la piel de gallina.
—¿Todavía tienes hambre? —preguntó desde la cocina.
—No. Ya me he comido un poco de lasaña —respondí—. Por cierto, gracias. Estaba buenísima.
—De nada —respondió mientras entraba en la cocina.
Suspiré y la seguí para decirle que me iba a la cama.
—Por cierto, he invitado a Jim a cenar en Nochebuena —dijo.
—¿No abrimos la tienda ese día?
—Solo hasta las cuatro.
—Eso es antes de lo normal —dije sorprendida. Normalmente la tienda estaba abierta hasta las ocho en Nochebuena, para los que necesitaban comprar regalos de última hora.
—Lo sé, pero Jim y yo lo hemos hablado y hemos decidido que no hay razón para quedarnos en la tienda trabajando hasta tan tarde en Nochebuena. A partir de ahora, cerraré temprano ese día.
—¿Y las ventas extra de los compradores de última hora?
—A veces no se trata del dinero, sino de la familia.
Este año quiero que todos los de la tienda pasen más tiempo con las personas que más les importan, porque nunca sabes cuánto tiempo las tendrás —dijo, y me miró.
Había tristeza en sus ojos y tuve la sensación de que, de algún modo, sabía que pronto me iría de casa.
—Vale —respondí—. Ya sabes que no me voy a quejar.
Normalmente la ayudaba a cerrar la tienda ese día. Ahora que Trevor estaba en mi vida, lo último que quería era tener que quedarme en la tienda más tiempo del necesario.
—Si quieres invitar a Trevor a cenar esa noche, por supuesto que puedes —dijo con una sonrisa forzada.
—Tendré que ver qué planes tiene —respondí, contenta de que al menos lo intentara.
—¿Todavía no lo sabes?
—No.
Ni siquiera habíamos hablado de ello. En Acción de Gracias, él había pasado la mayor parte del día en casa de Slammer y yo me había quedado en casa con mi madre, que había preparado un pavo enorme.
Solo habíamos estado los tres: Jim, mamá y yo.
Después, nos habíamos visto en casa de Trevor y pasamos el resto de la noche quemando calorías con sexo salvaje y apasionado.
Había sido uno de los mejores Días de Acción de Gracias de mi vida.
—Voy a hacer costillar con todos los acompañamientos que te encantan —dijo—. Sí que vas a cenar aquí, ¿verdad?
—Por supuesto —respondí, sabiendo que si hacía otros planes, le rompería el corazón.
Siempre lo pasábamos juntas, normalmente a solas.
Este año, las dos teníamos hombres nuevos en nuestra vida, y el año que viene las cosas volverían a cambiar.
Pensar en comprar regalos de Navidad para mi hijo o hija me hizo sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó al ver mi sonrisa.
La miré.
—Es que tengo muchas ganas de que lleguen las fiestas.
—¿Trevor pasa mucho tiempo con su familia en Navidad?
—No —respondí. Le conté cómo eran los padres de Trevor y, por su expresión, vi que le daba pena.
—Supongo que eso explica en parte por qué se unió a un club de moteros.
—De verdad son como una gran familia —dije—. En Maui conocí a muchos y son buena gente. Deberías darles una oportunidad.
Asintió, pero no dijo nada.
Bostecé.
—Bueno, me voy a la cama.
—Buenas noches —dijo mientras sacaba una botella de vino del frigorífico.
—¿Desde cuándo bebes vino? —pregunté sorprendida.
Vanda cogió una copa del armario.
—Es solo para ayudarme a dormir. Necesito algo para relajarme. ¿Quieres?
La verdad es que me apetecía, pero tenía que cuidarme ahora que estaba embarazada.
—No, gracias.
Empezó a abrir la botella.
—Vale. Si cambias de opinión, sírvete tú misma.
—Vale, gracias, mamá —dije, y salí de la cocina.
—Buenas noches —repitió.
Subí y me metí en la cama. Mientras me quedaba dormida, imaginé a Trevor vestido de Papá Noel, con nuestro hijo sentado en su rodilla.
La imagen cambió a una niña pequeña, de pelo rubio y ojos azules, que chillaba de alegría cuando Trevor le enseñaba un cachorro que asomaba de una caja roja y verde.
Volví a sonreír. La sonrisa seguía ahí cuando me desperté a la mañana siguiente.