Capítulo treinta y uno
Adriana
—¿Esa es Jessica? —le pregunté a Trevor mientras hacíamos cola en el Luau. Estábamos en Maui, en la recepción de la boda de Slammer y Frannie. Pasaban poco de las siete de la tarde y desde donde estábamos se oía el rumor de las olas por encima de la música tropical. Aquello sí que era el paraíso.
Trevor, al que por fin había conseguido ponerle una camisa negra de Tommy Bahama bajo el chaleco, con pantalones cortos blancos y chanclas, se dio la vuelta y miró a la chica que le señalaba.
—Sí. Es ella.
Jessica, que estaba sentada junto a su madre, la novia, en la mesa principal, levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió con calidez y le devolví la sonrisa. La había visto en la boda, pero no estaba segura de que fuera ella.
—Parece simpática —dije, volviendo a mirar a Trevor—. ¿Cómo está?
—Bien, supongo —respondió mientras se llenaba el plato de Kalua Pua'a, cerdo asado. Me pasó las pinzas—. Tank no se ha separado de ella en los últimos días. Se ha tomado muy en serio lo de ser su nuevo hermano sobreprotector.
—Qué detalle por su parte —dije mientras me servía cerdo en el plato—. Yo me sentiría protegida con un armario como Tank detrás de mí.
—¿Conmigo no te sientes protegida? —preguntó, arqueando las cejas.
—Venga, ya sabes a qué me refiero. Solo digo que está en buenas manos.
—Tú también lo estarás, esta noche —respondió con una sonrisa pícara.
Una adolescente que estaba al otro lado de él se volvió y soltó una risita.
—Muy bien —susurré, sonriendo avergonzada a la chica de mejillas sonrosadas, que enseguida apartó la mirada—. Ahora todo el mundo sabe lo que va a pasar en nuestra cabaña.
Trevor se acercó a mí.
—Creo que ya lo saben, sobre todo después de cómo te hice gritar anoche —me susurró al oído.
No pude evitar sonreír al recordarlo. Si había algo que se le daba bien, era hacerme gritar. Por suerte, últimamente solo era de placer.
—Vamos a sentarnos allí —dijo, señalando una mesa apartada.
—¿No quieres estar con tus colegas? —pregunté, un poco sorprendida. La mayoría de los Gold Vipers habían venido con sus Viejas y estaban sentados juntos.
—Tenemos toda la semana para hablar. Solo quiero relajarme y disfrutar de tu compañía un rato —dijo mientras cogía una cerveza del cubo de hielo.
—Aww... —respondí, mirándolo con cariño—. Seguro que quieres repetir lo de anoche.
—Tengo que admitir que eso también me rondaba por la cabeza —bromeó mientras yo cogía una botella de agua.
—¿En serio? Bueno, no vendas la piel del oso antes de cazarlo.
—No hace falta. Tengo el gallo que hace falta —susurró— para poner las cosas en marcha.
Me reí.
—Eres un creído.
—Me sorprende que hayas tardado tanto en darte cuenta.
—Créeme, lo supe en cuanto abriste la boca.
Se rio, me cogió de la mano y me llevó a una mesa de picnic. Dejamos los platos y nos sentamos juntos.
—Esto sí que es el paraíso —dijo, mirando hacia el océano—. Es increíble, ¿verdad?
—Ya lo creo —respondí, recogiéndome el pelo detrás de las orejas—. Tengo que pellizcarme para asegurarme de que no es un sueño.
—Los dos. Sobre todo después de todo lo que ha pasado. Y ahora estamos aquí juntos. En el paraíso tropical —sonrió—. Joder, si tuviera dinero, no volvería a Iowa. Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre.
Asentí, todavía tan agradecida de que hubiéramos podido superar todos los obstáculos que habían intentado separarnos, incluida Brandy.
Cuando Trevor se enteró de que no estaba embarazada, se puso tan furioso que pensé que iba a añadirle más moretones a la cara.
Pero cuando se calmó y se dio cuenta de que las mentiras de Brandy eran solo un síntoma de un problema más profundo, uno que necesitaba ayuda profesional, la perdonó e incluso ayudó a pagar la cirugía para arreglarle la nariz rota.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó mientras yo miraba mi comida.
—Bien —respondí—. Muerta de hambre, y este cerdo huele de maravilla.
—Toda la comida aquí ha estado muy buena —dijo—. El mahi-mahi que comimos anoche estaba espectacular. Nunca pensé que me gustaría el pescado hasta este viaje.
Tenía razón, la comida había sido excepcional.
—Aunque si seguimos comiendo así, voy a tener que comprar ropa nueva antes de volver a Iowa. Ya me queda todo ajustado.
—No pasa nada. Las vacaciones son para comer y comprar. De hecho, mañana vamos de compras. Hasta te compro alguno de esos vestidos muumuu tan coloridos —bromeó.
Gemí.
—¿Esos sacos que llevaban las señoras mayores en el autobús ayer?
—Exactamente. Toda mujer necesita un muumuu —dijo Trevor, y le dio un trago a la cerveza.
Levanté el tenedor.
—Vale. Pues seguiré comiendo y no me preocuparé por mi figura en lo que queda de viaje.
—Tienes un apetito impresionante —respondió—. Lo cual está bien, porque ahora tienes un aspecto saludable otra vez.
—¿Saludable? Me siento hinchada.
Ahora que estábamos de vacaciones, me había vuelto el apetito y ninguno de los dos había parado de comer desde que llegamos a Maui. Había perdido algo de peso mientras Brandy vivía con él, cosa que achaqué al estrés, pero ahora cada vez me costaba más abrocharme los pantalones cortos.
—Seguro que son gases. Si quieres sentirte mejor, suéltate uno.
Me dedicó una sonrisa boba.
—Hay una buena brisa tropical que sopla en la otra dirección. Nadie se enterará.
—Créeme, ya lo he intentado —respondí con sorna.
—Pensé que habías sido tú antes —bromeó—. Buen apretón, por cierto.
—¡Yo no me tiré ningún pedo cerca de ti! —dije riéndome mientras le daba un codazo en las costillas—. Eso era estiércol del caballo que llevaba a la pareja en el carruaje. Hasta te lo señalé.
—¿Y ahora quién miente? Ni un caballo podría haber soltado semejante peste. Buen intento, echándole la culpa a un pobre jamelgo.
—Dios mío... ¡No fui yo! Te lo juro.
Trevor soltó una carcajada.
—Solo te estoy tomando el pelo, Gatita. Me encanta verte así de sofocada.
—Tu sentido del humor... —gemí—. No sé ni qué decirte.
—Aun así me quieres y lo sabes.
Me incliné y lo besé.
—Pues claro que sí.
—Hablando de «sí, quiero», ¿no te alegras de que te convenciera de venir hasta aquí para ver cómo se casa Slammer?
—Sí. Por poco no vengo. Mi madre estaba totalmente en contra de que viniera.
—Ya lo sé.
Después de que volvimos a Iowa y Trevor me llevó a casa, mi madre estuvo llorando durante horas, sin dejar de intentar convencerme de que no volviera a verlo nunca.
—Él me salvó la vida —le recordé.
—Él fue quien puso tu vida en peligro para empezar —replicó, frustrada porque aún quisiera verlo.
—Tampoco fue para tanto —respondí, y la mentira sonó patética hasta para mí.
—¿Que no fue para tanto? ¡Te secuestraron! ¡Los vecinos lo vieron todo! Por el amor de Dios, Adriana, nadie pensaba que te volverían a ver con vida, yo incluida. Fue una de las peores noches de mi vida.
La mía también.
Por suerte, hubo un lado positivo en toda aquella terrible experiencia: Trevor y yo habíamos vuelto a estar juntos. Todavía recordaba aquella mañana en que nos reencontramos en algún punto entre Iowa y Minnesota. Quedamos con ellos en un restaurante y él me levantó en volandas. Literalmente.
—Lo siento muchísimo, Gatita —dijo con la voz cargada de emoción—. Esto no tendría que haberte pasado nunca.
—No pasa nada —susurré, sintiendo un alivio inmenso entre sus brazos.
—Mud no volverá a molestarte. Te lo prometo.
—Eso espero, joder.
—No puede. Se metió con quien no debía. Ya se han encargado de él.
—Me lo creo —dije antes de contarle lo que le había pasado a Skull—. Está claro que el hombre que lo hizo también fue a por Mud.
Trevor me había confirmado que habían enviado al desconocido para ayudar a rescatarnos y lo importante que era mantenerlo en secreto.
Prometí no decir nada y, al final, después de darle a la policía una descripción vaga de los hombres que me habían secuestrado y omitir los nombres de Brandy y April, los agentes no pudieron hacer mucho más que rellenar un atestado.
Lo único que sabían realmente era que me habían secuestrado y abandonado en la autopista 35, justo al norte de la frontera con Minnesota.
—¿Por qué te soltaron? —preguntó uno de los agentes.
—Ni idea. Quizá se arrepintieron o simplemente se dieron cuenta de que tarde o temprano los pillarían.
Se notaba que no se creían ninguna de mis teorías, pero como estaba en casa y sana y salva, decidieron dejarlo estar.
—Ya lo sé —dijo Trevor después de meterse un trozo de piña en la boca—. Aunque, ¿quién puede culparla? Hace tres semanas te secuestró un grupo de moteros. Ahora estás en una isla, lejos de su alcance, rodeada de más moteros. Debe de estar volviéndose loca.
—Esto es muy diferente —dije riéndome.
—Bueno, no sé yo. Podría secuestrarte yo mismo. Encerrarte en nuestra cabaña y hacerte de todo durante el resto del viaje.
Arqueé una ceja.
—¿Y perderte la excursión de esnórquel con la que llevas días obsesionado? ¿La que tenemos mañana?
—Bueno, quizá podamos tomarnos un pequeño descanso para eso —respondió con los ojos brillándole a la luz de la luna—. Ya que estás tan empeñada.
Me reí.
—Ya, claro.
Trevor llevaba días hablando de ello, emocionadísimo por probarlo. Ninguno de los dos había hecho esnórquel en la vida y ahora yo también estaba deseando lanzarme al agua.
Pasamos el resto de la noche disfrutando del ambiente del luau y hablando de lo que quería hacer cuando terminara la universidad.
—Lo que de verdad me gustaría es encontrar trabajo y, con suerte, irme del piso de mi madre —le dije.
—Creo que deberías venirte a vivir conmigo —dijo Trevor.
Me lo llevaba pidiendo toda la semana, y ahora que Brandy se había ido, parecía una idea interesante.
Pero también sabía que era demasiado pronto, al menos en lo que a mi madre se refería.
Con lo mal que estaba llevando que saliéramos juntos, sobre todo después del secuestro, solo podía imaginarme su reacción si me iba a vivir con él.