Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo treinta y uno #2
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Capítulo treinta y uno #2

—No puedo. Al menos ahora no. Es demasiado pronto después de todo lo que ha pasado. No quiero precipitarme, ¿sabes?

Como siempre, asintió y me dijo que lo entendía, lo que hizo que lo quisiera aún más. Se notaba que estaba acostumbrado a salirse con la suya, especialmente con las mujeres, pero conmigo estaba teniendo mucha paciencia.

—Gracias —dije, mirándolo. Una brisa tropical le apartó el pelo de la cara. Con su cabello rubio, su bronceado dorado y esos ojos azul claro, no recordaba haberlo visto nunca tan guapo.

—¿Por qué?

—Por no presionarme.

—Estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para tenerte en mi vida a largo plazo, Gatita. Si lo que necesitas ahora es espacio, todo tuyo. Me basta con que hayas aceptado ser mi mujer y llevar mi chaleco. Sabes lo que eso significa para mí.

—Lo sé —respondí.

Me lo había dado la semana anterior, preguntándome si quería ser su Vieja Dama.

La única. Pero yo había dejado un par de cosas claras.

Sería su Vieja Dama, pero con mis propias condiciones: nada de otras novias ni putas del club.

Él aceptó y prometió no engañarme nunca, esperando lo mismo de mí.

Para mí era una promesa fácil, porque no me imaginaba con nadie más.

Terminamos de cenar y dimos un paseo por la playa. Era una noche preciosa, con las olas rompiendo en la orilla y las estrellas titilando en el cielo.

—Pregunta: ¿alguna vez te has bañado desnuda? —preguntó cuando llegamos a una zona privada de la playa.

—No —respondí.

Sonrió con malicia.

—Pues habrá que estrenarte.

—¿Y si nos pillan? —repliqué, aunque la idea me intrigaba.

—¿No te has fijado en lo lejos que hemos caminado? —dijo—. Nadie va a pillarnos, a menos que nos hayan seguido, y no lo han hecho.

Miré hacia atrás y vi que tenía razón. No solo nos habíamos alejado mucho del luau, sino que habíamos dejado atrás la hilera de hoteles de la playa. Supuse que estábamos en propiedad privada por las casas cercanas, pero no parecía haber nadie.

—Venga, vamos —dijo, quitándose el chaleco.

—¿Y los tiburones? —dije, mirando hacia el agua.

—Tranquila. No vamos a ver ningún tiburón.

—Famosas últimas palabras —murmuré.

—Si estás tan nerviosa, no hace falta que nos metamos muy adentro.

Como siempre, cedí ante Trevor.

—No me puedo creer que me obligues a hacer esto.

—Eso lo dices mucho.

Sonreí con sorna.

—Ya, me he dado cuenta. Eres una mala influencia.

—Pero de las buenas.

Me reí.

—Una mala influencia muy buena, si es que eso existe.

De espaldas a él, empecé a quitarme el vestido de verano azul y blanco, cuando sentí sus manos rodearme la cintura.

—Deja que te ayude —murmuró con los labios cálidos en mi cuello.

Me quitó el vestido por la cabeza y lo dejó caer en la arena, dejándome solo con las bragas y el sujetador blanco sin tirantes.

Pronto estábamos haciendo mucho más que nadar, y al poco rato los dos estábamos sin aliento y necesitábamos refrescarnos en el agua.

Nos levantamos y él me tomó de la mano, tirando de mí hacia el agua.

—No está tan mal, ¿verdad? —preguntó después de nadar un poco más adentro.

—Nada mal. Me alegro de que me convencieras —respondí, mirando hacia la playa. Se me borró la sonrisa—. Oye, ¿quién es ese junto a nuestra ropa?

Se dio la vuelta y frunció el ceño.

—Es Tank. ¿Qué coño está haciendo?

—Parece que se lleva nuestra ropa —dije, mirándolo horrorizada mientras echaba a andar hacia el luau con ella.

—¡Eh! —gritó Trevor, nadando a toda prisa hacia la orilla—. ¡Hermano, qué coño haces?!

Tank se dio la vuelta y agitó la ropa en el aire, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué? ¿Necesitáis esto?

Vi a Trevor salir del océano completamente desnudo, y parecía una especie de dios del mar, con su larga melena rubia y su físico musculoso reluciendo bajo la luz de la luna.

—¡¡Basta de juegos!! —gritó Trevor, persiguiendo a Tank por la arena mientras este se partía de risa. Le dijo algo a Trevor y enseguida los dos se reían como críos. Al final, Tank se rindió y le devolvió la ropa. Luego me saludó con la mano y yo le devolví el gesto.

—¡Sal del agua! —gritó Tank—. ¡No mordemos!

—Creo que estoy más segura aquí con los tiburones —le grité, riendo.

—Hablando de eso, ¿no es esa una aleta? —gritó Trevor.

Giré la cabeza de golpe.

—¡¿Dónde?!

Los dos volvieron a reírse.

—¡No tiene gracia! —grité, levantándoles el dedo.

—¡Oh, mierda! ¡La peineta! —gritó Tank.

—¡Trevor se va a enterar cuando salga de aquí!

—¡Qué suerte tiene! Me largo para que le des su merecido. ¡Que tengáis buena noche! —gritó, y luego le estrechó la mano a Trevor, que se estaba vistiendo. Tras intercambiar unas palabras más, Tank se marchó y por fin salí del agua.

—Entonces, ¿a qué venía eso? —pregunté mientras me ponía las bragas.

—Oh, Tank está como una cuba —dijo Trevor, pasándome el vestido—. Solo estaba pasándoselo bien.

—¿Cómo demonios nos ha encontrado aquí?

—¿Quién crees que me habló de este sitio? —respondió con una sonrisa pícara.

—¿Tank ya ha estado aquí? —pregunté sorprendida—. ¿Con quién?

—Anoche conoció a una isleña y ella le enseñó esta zona. Por lo visto, esas casas de la playa son de alquiler —dijo señalando las más cercanas—. Por suerte para nosotros, ahora mismo no las usa nadie.

—Con razón la policía no nos ha detenido todavía —dije con sequedad.

—Ojalá lo hubiera sabido, podríamos haber alquilado una casa privada en la playa en vez de quedarnos en el resort. Bañarnos en cueros cada noche antes de acostarnos. Ir desnudos los próximos seis días.

—Espera un momento, ¿todo esto estaba planeado? —dije arqueando las cejas—. ¿Nuestro pequeño encuentro?

—Lo de nadar sí. Lo de hacer el amor no. Eso fue un extra genial. Aunque esperaba que acabara en algo así, no te voy a mentir.

Gruñí.

Me miró fijamente.

—¿Estás enfadada?

—No. ¿Por qué iba a estarlo?

—No lo sé. Solo quiero asegurarme de que te parece bien lo que acaba de pasar en la playa. Sé que eres un poco pudorosa para estas cosas.

—En realidad, eso lo hizo aún más placentero. Me gusta hacerlo al aire libre —respondí mientras recogía las chanclas—. Aunque va a ser difícil superar un polvo tan emocionante.

—Eso suena a desafío.

—¿Ah, sí?

Me agarró de la mano.

—Oh, sí. Estoy deseando superarlo.

—¿Crees que puedes?

Me agarró y me besó con fuerza.

—Mujer, sabes que sí.

Y lo hizo.

Una y otra vez.

Durante los seis días siguientes.