Capítulo Treinta
Raptor
DESPUÉS DE COLGAR con The Judge, llamé a Tank y le conté lo que había pasado.
—Así que Mud está muerto. ¿Y las chicas? ¿Dónde están?
—No lo sé exactamente.
—¿No crees que Adriana llamaría a su madre para decirle dónde está?
—Sí. Buen punto. Llamaré a Vanda a ver si sabe algo de ella.
—¿Por qué no paramos en algún sitio a comer algo mientras decidimos qué hacer? —dijo Tank—. Estoy agotado y necesito comer antes de desmayarme.
—Vale. En el próximo restaurante o autoservicio que veamos, paramos y pillamos algo.
—Me parece bien.
Colgamos y llamé a Vanda. Por desgracia, todavía no había tenido noticias de Adriana.
—¿Qué? ¿Está bien? ¿Cómo lo sabes? —preguntó Vanda.
—Simplemente lo sé —respondí.
—Simplemente lo sabes —repitió con sequedad—. Trevor, esa respuesta no me basta. Si no me das pruebas de que mi hija está viva y bien, enviaré a la policía a por ti, ya que sabes lo que está pasando.
—No la tomes conmigo, Vanda. Yo no tuve nada que ver con su secuestro y no fui yo quien la ayudó a escapar —dije, frustrado—. Lo único que sé es que alguien me llamó para decirme que estaba bien. Si quieres más información, tendrás que hablar con ella cuando vuelva a casa.
—¿Y confías en ese individuo?
—Mucho —respondí—. Créeme, si él dijo que está a salvo, lo está. Simplemente no sé exactamente dónde está en este momento.
—Espera un segundo, me está entrando una llamada —dijo Vanda, emocionada—. Tengo que colgar.
—Si es ella, dile que me llame —dije.
—Vale —dijo y colgó.
Dejé el teléfono y seguí conduciendo hacia el norte.
Menos de cinco kilómetros después, paramos en un restaurante de carretera y entramos.
Mientras la camarera me servía una taza de café, mi móvil empezó a sonar.
No era un número que reconociera, pero la voz al otro lado me hizo un nudo en la garganta.
—Hola, Trevor —dijo Adriana con suavidad.
Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro entrecortado.
—Hola, Gatita.