Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

Adriana

—¿De qué estás hablando? —pregunté, mirándola atónita.

—No estoy embarazada —dijo, con la voz apenas audible—. Nunca lo estuve.

Me dieron ganas de estirarme hacia atrás y zarandear a Brandy.

—¿¡Qué!? ¿Cómo pudiste mentir con algo así?

—Quería recuperarlo —dijo con tristeza—. Sé que estuvo mal y todo eso, pero...

—¿No pensaste que se iba a enterar? —espeté—. O sea, ¿en qué demonios estabas pensando?

—Iba a intentar quedarme embarazada antes de que se diera cuenta. Pero él se negaba a acostarse conmigo.

Aquello me hizo sonreír.

—¿En serio?

—Te lo dije, te quiere a ti. No a mí.

—Ya veo por qué. Estás bastante mal de la cabeza —dijo April—. Sin ánimo de ofender.

—Lo sé —dijo Brandy, mientras se le volvían a saltar las lágrimas—. Pero al menos estoy intentando ser sincera.

—A propósito, ¿por qué has cambiado de opinión? Le había dicho que se fuera al diablo, así que solo habríais estado vosotros dos. Podrías haberte guardado esta información e intentar volver con Trevor. Si te quiso una vez, podría volver a enamorarse de ti.

—Quizá sea porque ahora me siento culpable —respondió, secándose las mejillas—. Sobre todo después de lo que has hecho por mí. Vosotros dos merecéis estar juntos. Él merece estar con alguien como tú. No conmigo.

Suspiré.

—¿Todavía lo quieres? —preguntó.

—Sí.

Sonrió.

—Bien. Entonces mereció la pena decirte la verdad.

—No quiero interrumpir vuestra conversación —dijo April—. Pero ¿adónde queréis ir? ¿A la policía?

—No —dijo Brandy—. No podemos. Nos harán demasiadas preguntas y no quiero que arresten a ese tipo.

—¿Y un hospital? —preguntó—. ¿Alguna de vosotras lo necesita?

—No —respondí—. ¿Y tú, Brandy? ¿Tienes algo roto o algún corte?

Se tocó la nariz.

—Puede que la tenga rota. Me duele horrores, pero me da miedo ir al médico por esta zona. Prefiero esperar a llegar a casa.

—¿Dónde estamos exactamente? —le pregunté a April.

—Hayward, Minnesota.

—Mierda. ¿A qué distancia queda eso de casa? —preguntó Brandy.

—¿Dónde vivís vosotras dos?

—En Jensen, Iowa —respondí.

—Ni idea de a qué distancia queda, la verdad. Puedo buscarlo en el móvil. ¿Tenéis dinero para volver?

—No —respondí—. Tampoco tengo la documentación, así que no puedo pedirle a mi madre que me mande dinero. Mira, si puedes prestarnos algo, te lo devuelvo con creces. Te lo juro.

—Yo tampoco ando muy bien de dinero —admitió—. Pero seguramente pueda llevaros a casa. Total, de todos modos me iba de la ciudad.

—¿Qué hacías en su sede? —pregunté.

—La verdad, iba a intentar birlarle algo de pasta a Mud o a Skull antes de largarme.

—¿Por qué te ibas? —preguntó Brandy.

—¿De verdad hace falta que lo pregunte? —dijo con sequedad.

—Yo creo que la pregunta es: ¿por qué eras amiga suya? —pregunté.

—Nunca fuimos amigos. O sea, hubo un tiempo al principio en que me conquistó, lo creas o no. Era divertido y juguetón —se le ensombreció el rostro—. Pero luego descubrí el auténtico capullo que era.

—¿Cómo lo conociste? —pregunté.

—En una fiesta, hace tiempo. Luego, cuando su club se mudó aquí a Hayward, volvimos a enrollarnos —frunció el ceño—. Pensé que estaría bien, pasar el rato con Mud. Pero me equivoqué. Odia a las mujeres. A todas.

—Con suerte, Mud ya no tendrá que preocuparse por ellas —dijo Brandy—. Ojalá esté muerto.

—Ojalá —dijo April—. De verdad.

No podía creer lo tranquilas que sonaban hablando de la muerte de un hombre. Pero si alguien merecía estar bajo tierra, ese era Mud.