Capítulo veintiocho
ESTÁBAMOS ENTRANDO en Minnesota cuando sonó mi teléfono. Reconocí el número enseguida.
—¿Te estás acercando a Hayward? —preguntó Jordan Steele.
—Casi llegamos. ¿Dónde quieres que nos encontremos?
—Sobre eso... ya está hecho. Tus mujeres están a salvo y Mud nunca volverá a ser un problema para ti.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, sorprendido—. Pensaba que íbamos a hacerlo juntos.
—No había tiempo. Las chicas corrían peligro inminente. Cuando llegué, Mud estaba a punto de violar a una y a la otra la estaban violando en ese momento. También le habían dado una paliza brutal. Probablemente le salvé la vida.
—¿A cuál de ellas estaban violando y golpeando? —pregunté, deseando haber podido pillar al tipo que lo había hecho.
—A la rubia.
—¿Está bien? —pregunté, más preocupado por el bebé que por Brandy. Quería sentirme culpable por ello, pero no lo conseguía.
—Bastante conmocionada. Obviamente, necesita ver a un médico.
—¿Fue Mud?
—No. Fue Skull. Ya me encargué de ambos.
Suspiré. —Bueno, gracias. Te debemos una bien gorda.
—No me deben nada. Había que hacerlo.
—¿Cómo llegaste allí tan rápido?
—Digamos que tengo amigos en las altas esferas. Incluidos pilotos.
—Qué suerte la tuya.
—Solo para que lo sepas, una mujer se llevó a las chicas del edificio antes de que lo volara. Por si te preguntas dónde están ahora.
Abrí los ojos de par en par. —¿Volaste su sede?
—Sí. Pensé que eliminaría cualquier evidencia que vinculara a las chicas con sus muertes. Ahora tampoco tienes que preocuparte de que te impliquen.
—¿Y estás seguro de que Mud está muerto?
—Si no lo está, pasará meses en una unidad de quemados y el resto de su vida recuperándose. ¿Sabes?, casi deseo que sobreviva. Una muerte instantánea para un megalómano como él es demasiado piadosa.
No podía estar más de acuerdo. Mud merecía un final largo y doloroso para su miserable existencia.
—Ah, una cosa más antes de irme, dile a Slammer que esta corre por mi cuenta. Solo asegúrate de que mi nombre nunca se vincule con la muerte de Mud.
—¿Estás seguro de que cubriste tus huellas?
—¿Tú qué crees?
—Obviamente sabes lo que haces.
—La práctica hace al maestro —respondió, con una sonrisa en la voz—. Así que, hermanito, reunámonos para las fiestas. Conozcámonos. Intercambiemos regalos, quizás compartamos una botella de algo suave.
Abrí los ojos de par en par. —¿En serio?
—No.
—No tienes muchos amigos, ¿verdad? —pregunté, sonriendo.
Se rio. —Mira, no es que no esté interesado en conocerte, es solo que es demasiado peligroso. Para ambos.
—Lo entiendo.
Guardó silencio durante unos segundos y luego dijo: —Guarda mi número. Úsalo si alguna vez te encuentras en una situación como esta otra vez. Lo digo en serio.
—Gracias. Sin ofender, pero espero no tener que usarlo nunca.
—Yo también, chico.