Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Mud

De pie en la ducha, la cabeza de Mud empezó a despejarse. Pensó en Adriana, que sin duda era un bombón. Pero también era su prisionera, y su mejor amiga había sido asesinada por orden suya. No parecía lógico que estuviera dispuesta a pasar por alto algo así, y mucho menos a acostarse con él.

A menos que… ¿le faltara un tornillo?

Aunque le hubiera gustado creer que le faltaban algunos tornillos, Mud sabía que Adriana no se dejaba follar simplemente porque lo deseara.

Lo hacía para salvar el pellejo, y no podía culparla.

Joder, hasta admiraba esa tenacidad. La tía era una superviviente.

Una con agallas suficientes para hacer lo que hiciera falta con tal de seguir viva. Hasta él podía respetar eso.

Cuando terminó de ducharse, se puso unos pantalones de chándal y fue a su dormitorio, que estaba encima de la sede del club.

Mud todavía no se había comprado un sitio en Hayward, como habían hecho la mayoría de sus hermanos.

Parecían estar adaptándose bien. Luego estaba su sobrino, Skull, que no podía vivir solo porque era un sociópata de manual.

La última vez que alquiló un apartamento por su cuenta, Skull había matado y enterrado al casero después de recibir un aviso de desahucio por impago.

Después de aquello, Mud lo dejó quedarse con él, sabiendo que si no lo hacía, Skull acabaría entre rejas, y eso no podía pasar.

Necesitaba a su sobrino para el tipo de trabajo sucio que a la mayoría le costaría hacer, como lo de Krystal.

Skull no solo la había matado, sino que le había grabado un mensaje en el estómago: «La venganza es dulce».

Después de verlo hacer ese trabajo, y con tanto regocijo, Mud sabía que Skull tenía sus problemas, pero no solo era un Devil's Ranger, era familia.

Se mantenían unidos pasara lo que pasara.

Mud se echó un poco de loción para después del afeitado y se dirigió hacia la puerta.

Cuando agarró el pomo, lo invadió una sensación repentina y abrumadora de fatalidad, y tuvo el presentimiento de que si abría esa puerta, era hombre muerto.

Era el tipo de sensación que le había salvado la vida varias veces y sabía que no debía ignorarla.

Soltó el pomo, retrocedió lentamente y fue a por el arma, la que casi había olvidado como un imbécil.

Al cogerla, un crujido al otro lado de la puerta confirmó su sospecha.

Había alguien ahí. Alguien que no debería estar merodeando.

Sabía que no era uno de sus chicos: ya habrían llamado a estas alturas.

Estaba bastante seguro de haber encerrado a Adriana en el otro dormitorio.

Aunque hubiera salido, dudaba que corriera directamente a sus brazos.

Intentaría escapar. Era alguien que quería pillarlo por sorpresa.

Probablemente meterle una bala en la cabeza.

Mud no había oído hablar de ningún capítulo de los Gold Vipers en Minnesota, pero eso no siempre significaba nada. Tenían amigos.

Con el corazón desbocado, levantó el arma, apuntó hacia la puerta y empezó a disparar.

Al cuarto disparo, oyó un golpe sordo. Con una sonrisa triunfal, Mud esperó unos segundos y luego se pegó a la pared junto a la puerta.

Con cautela, alargó el brazo y la abrió.

Al no recibir disparos de vuelta, se asomó por la esquina con el arma todavía en alto y revisó el pasillo.

Estaba vacío.

Convencido de que no había sido su imaginación, de que realmente había oído un ruido, mantuvo el arma en alto y avanzó en silencio por el pasillo.

Cuando Mud llegó a la salida que daba a la escalera, respiró hondo y la abrió.

Al no oír nada, cruzó la puerta y empezó a bajar las escaleras hacia la parte principal de la sede.

Cuando llegó abajo, empezó a dudar del ruido que había oído arriba.

¿Quizás las drogas lo habían vuelto más paranoico de lo normal?

La mierda había sido fuerte, y recordaba que su proveedor le había dicho que estaba mezclada con algo extra especial.

Simplemente no podía recordar qué exactamente.

Como su camello sabía lo que hacía y siempre conseguía que sus clientes volvieran a por más, lo había aceptado sin rechistar.

Decidió que la próxima vez que le comprara algo al tío, sería puro, sin mezclar con nada.

Algo más relajado, abrió la puerta de la sede y entró. Al no ver nada raro, se dirigió a la habitación donde había encerrado a Adriana y abrió la puerta. Cuando la encontró vacía, apretó los dientes con rabia.

—¿Adriana? —gritó—. ¿Dónde coño estás?

No hubo respuesta.

Mud echó a correr por el pasillo hacia el dormitorio de Skull. Cuando abrió la puerta y vio el cuerpo de su sobrino, se le cortó la respiración.

—Locas de mierda —murmuró incrédulo. Skull estaba desnudo, tendido en un charco de su propia sangre que manaba de su ingle mutilada. Era evidente que estaba muerto, lo cual probablemente era lo mejor, dada la causa de la muerte.

Furioso, Mud registró el resto de la sede y el exterior en busca de las chicas, pero parecía que se habían largado hacía rato.

Soltó un grito de rabia.

No solo habían matado a su sobrino, su segundo al mando, sino que habían escapado. Temblando de rabia, fue hecho una furia hacia la barra y se sirvió otro whisky. Cuando estaba a punto de echárselo al coleto, las luces parpadearon y se apagaron.

—¿Quién anda ahí? —gritó mientras se agachaba detrás de la barra, con el arma en alto de nuevo.

Alguien empezó a silbar una melodía y se le erizó el vello de la nuca. Asomó la cabeza y disparó hacia el sonido. El silbido cesó, pero Mud no era tan imbécil como para creerse que había dado en el blanco.

—Me han dicho que me andabas buscando —dijo una voz grave desde el otro lado de la habitación—. Pues aquí me tienes.

Mud soltó un taco. —¿Eres tú, Juez? —gruñó.

—¿Por qué no te levantas y lo compruebas? ¿O te faltan huevos, como al del dormitorio?

Disparó hacia la voz. —Que te jodan, gilipollas.

—No, el jodido eres tú, desde el momento en que empezaste a ir por ahí diciendo que ibas a acabar conmigo —respondió, ahora desde otro punto de la sala.

—No me das miedo —respondió Mud mientras corría agachado hacia un sofá cerca de la mesa de billar—. Venga, ¿por qué no das la cara y arreglamos esto como hombres?

—Suelta el arma y encantado.

Mud no pensaba soltar el arma, aunque según sus cálculos casi se había quedado sin balas. Pensó en la escopeta, la que guardaba debajo de la barra, y se maldijo. Tenía que volver allí a por ella.

—¿Qué coño te pasa a ti? —dijo Mud, intentando que siguiera hablando—. ¿Te crees demasiado bueno para la vida del club?

—No la necesito.

—¿No quieres formar parte de algo que importe de verdad? ¿Como los Devil's Rangers?

—¿Qué mentiras te has estado contando? No hay nada especial ni honorable en tu club, Mud.

—No me hables de honor. Vivo y muero por mis hermanos. Me admiran. Me respetan porque los guío por el buen camino. Hasta me eligieron como líder.

—No eres nada.

—¿Nada? Soy el puto presidente de los Devil's Rangers, Capítulo Hayward —escupió—. ¡Yo! ¿Y tú qué eres? Un mercenario llorón, eso es lo que eres. ¿Y a qué viene ese apodo de mierda? El Juez.

—Yo no elegí el nombre, pero no me disgusta. Supongo que algunos creen que hago justicia con escoria como tú y Breaker cuando la ley falla. Que me paguen por ello es la guinda del pastel.

—Ah, ya entiendo —se rio—. Te crees una especie de vigilante justiciero. Menuda mierda. No eres mejor que ninguno de nosotros. Tú lo sabes y yo lo sé —dijo antes de acercarse sigilosamente a la barra.

El Juez no respondió y Mud sonrió con suficiencia. Era evidente que había dado en el clavo. Regodeándose, metió la mano debajo de la barra, donde guardaba la escopeta, y frunció el ceño al ver que no estaba.

—El verdadero problema es que no sabes cuándo has perdido —dijo una voz sobre él.

Mud levantó la cabeza de golpe y se encontró mirando el cañón de la escopeta que había estado buscando.

Cerró los ojos y oyó los latidos de su corazón mientras esperaba un final violento.

Tras unos segundos en los que no pasó nada, abrió los ojos y vio la escopeta sobre la barra. El Juez había desaparecido.

—¿Qué cojones? —rio con frialdad mientras agarraba el arma—. Podrías haberme matado ahí mismo.

—Demasiado fácil y sucio —dijo el Juez, cuya voz sonaba ahora cerca de la salida—. Ya he tenido bastante de eso por esta noche.

—¿Demasiado sucio? —gritó, y entonces recordó el cuerpo de Skull—. ¿Tú mataste a mi sobrino?

—Negativo. Soy el que os ha matado a los dos —respondió mientras salía del edificio.

—¿Qué? —murmuró Mud mientras se ponía de pie. Miró a su alrededor, confundido.

Jordan sacó el detonador del bolsillo con una sonrisa mientras se dirigía a su coche de alquiler. Sin mirar atrás, pulsó el botón y la sede del club estalló.