Capítulo veinticinco
Adriana
Registré el dormitorio en busca de un arma e incluso miré debajo de la cama, lo cual resultó ser un error.
Encontré un par de condones usados y un consolador descomunal que me dio arcadas.
Me levanté con un escalofrío y me acerqué a la puerta del dormitorio para escuchar.
Para mi sorpresa, oí a una mujer que murmuraba para sus adentros.
—¿Brandy? —dije en voz alta, con la esperanza de que fuera ella y se hubiera soltado.
La persona se quedó en silencio.
—¿Hola? —llamé.
—Hola, ¿quién eres? —preguntó la mujer, justo al otro lado de la puerta. Desde luego no era Brandy.
—Eh, me llamo Adriana —giré el pomo de la puerta—. Creo que me han encerrado aquí por accidente.
—Espera —respondió ella, abriendo la cerradura desde fuera.
—Gracias —respondí, echándole un vistazo rápido. Era una mujer alta, con el pelo rubio platino recogido en una coleta y ojos castaños oscuros.
—Soy April, por cierto. ¿Te encerró Mud? —preguntó en voz baja.
—Algo así —respondí rápidamente mientras la rodeaba y me dirigía hacia la barra. Como Mud podía volver en cualquier momento, empecé a buscar algo que pudiera usar como arma, un picahielos o un cuchillo. Pero encontré algo mejor: una escopeta Remington de un solo cañón.
—¿Dónde está? —preguntó April, algo nerviosa.
—Duchándose. ¿Por qué? ¿Eres su Vieja Dama?
Sus hombros se relajaron.
—Ni de coña. Es un cabrón. Estoy aquí para recoger algunas cosas e irme.
—Ya me caes bien —dije con el corazón desbocado mientras comprobaba si la escopeta estaba cargada, y di gracias a mi madre por tener una similar en la trastienda de la joyería.
No recordaba exactamente cuándo la había comprado, pero Vanda había insistido en tener una.
Incluso había hecho un curso de tiro y después me había enseñado lo básico, aunque nunca la habíamos llegado a disparar.
Siempre me había parecido excesivo tener un rifle, pero la muerte de mi padre la había aterrorizado.
Yo no creía que fuera capaz de usarlo jamás, pero si le daba algo de tranquilidad, con eso me bastaba.
Los ojos de April se abrieron como platos cuando vio la escopeta.
—Vaya, ¿qué haces con eso?
Una vez comprobé que la escopeta estaba cargada y lista, rodeé la barra a toda prisa.
—Tranquila. Estoy intentando salvar la vida de una mujer.
Arqueó las cejas con sorpresa.
Corrí hacia el otro pasillo, por donde Skull había desaparecido con Brandy. Al doblar la esquina, vi que solo había una puerta. Aferré la escopeta con fuerza, caminé hacia ella y me detuve a escuchar. Dentro sonaba música.
—Ese es el dormitorio de Skull. Yo no entraría ahí —susurró April a mi espalda.
—Pues yo sí voy a entrar. Aléjate —susurré—. Para que no te hagas daño.
—Vale. Espero que sepas lo que estás haciendo.
No lo sabía, pero no había tiempo para elaborar un plan mejor.
Respiré hondo y abrí la puerta con todo el sigilo posible, con la esperanza de pillarlos desprevenidos.
Lo primero que vi fue a Brandy acurrucada y desnuda en una esquina de una cama enorme.
Skull parecía estar tumbado a su lado, ocupando casi todo el colchón. Curiosamente, él tampoco se movía.
—Dios mío —jadeé al ver la sangre en el colchón.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó April, que había vuelto a colocarse detrás de mí—. ¿Están drogados?
—Yo… no lo sé exactamente —intenté acostumbrar la vista a la oscuridad. Fue entonces cuando me di cuenta de que Skull tenía los ojos abiertos. Miraba fijamente al techo, sin parpadear.
April jadeó.
—¿Está muerto?
Bajé la escopeta, temblando.
—Eso parece.
Me acerqué a Brandy, que al menos respiraba. Me agaché y le pregunté si estaba bien. Había tanta sangre en la cama. Demasiada sangre. Estaba claro que necesitaba una ambulancia.
Brandy miraba fijamente la pared, sin responder, claramente en estado de shock. Me acerqué más y le aparté el pelo de la cara para ver lo graves que eran los moratones. Cuando vi la sangre en sus labios y barbilla, se me erizó el vello de la nuca.
—April, enciende la luz.
Lo hizo y entonces ambas jadeamos horrorizadas.
Brandy le había arrancado parte de los testículos de un mordisco y parecía que él se había desangrado hasta morir. Me tambaleé hacia el otro lado de la cama y vomité.