Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Raptor

El GPS me indicaba que su sede estaba a poco más de tres horas. A la salida de la ciudad, Tank y yo paramos en una gasolinera, llenamos los depósitos y pillamos varias latas de bebidas energéticas.

—Mantente fuerte, hermano —dijo Tank, extendiendo el puño.

Lo choqué con el mío.

—Gracias, tío. Saber que me cubres las espaldas lo hace todo más fácil.

Asintió.

—Siempre te cubriré las espaldas. Igual que sé que tú siempre me cubrirás las mías.

—Joder, claro que sí.

Nos separamos y arrancamos, yo delante y él siguiéndome en su camioneta. Tras media hora en la carretera, sonó el teléfono y me sobresalté. Era un número oculto.

—Sí —contesté.

—Déjame adivinar, vas de camino para intentar salvar a tus chicas.

Era Mud.

—Suéltalas —dije, sin responder a la pregunta—. No tienen nada que ver con la mierda entre nuestros clubes. Nada.

Se rio.

—Ya lo sé. ¿Me importa? No.

—Tú cumple tu parte del trato y nosotros cumpliremos la nuestra —mentí, echando un vistazo a los faros de Tank en el retrovisor. Detrás de él iba un deportivo y empecé a mosquearme. ¿Y si nos estaban siguiendo?

—Cuando tenga mi dinero y al tipo que vosotros, capullos, contratasteis para cargarse a Breaker, recuperaréis a vuestras chicas.

—Enteras —afirmé rotundamente.

—Hablando de tías buenas, esa pelirroja está tremenda. ¿Qué se siente al tirársela? Puede que tenga que averiguarlo.

Apreté las manos en el volante.

—Como la toques, te mato.

Se rio.

—Oh, ya la he tocado.

—¿Qué coño has dicho? —gruñí, deseando partirle la cara.

—No te preocupes, todavía no le he enseñado lo que es un hombre de verdad. Todavía no, al menos. Pero tengo que decirte una cosa. No parece que te eche mucho de menos. ¿Por qué será?

Era obvio. Seguía cabreada conmigo por lo de antes. Pero también sabía que, entre eso y estar secuestrada por Mud, preferiría mi compañía.

—¿Raptor? ¿Sigues ahí?

—Sí —murmuré, con la cabeza llena de imágenes de Mud forzándola. Pisé el acelerador a fondo.

—Creo que estás pillado por Adriana, ¿eh?

—Déjala en paz —amenacé—. O no verás un duro.

Su voz se endureció.

—Escucha, aquí las reglas las pongo yo, no tú. No lo olvides, hermano.

—No soy tu puto hermano —gruñí.

—Es verdad. El Juez lo es. ¿No?

—¿De qué coño hablas? —dije, preguntándome cómo se había enterado.

—No me tomes por imbécil. Me he enterado de todo. Parece que tu madre no sabe mantener las piernas ni la boca cerradas.

Se rio y colgó.