Capítulo veintitrés
Adriana
Los otros dos tipos de la furgoneta fumaron un porro juntos y luego se fueron a comer a algún sitio, dejándome a solas con Mud. No sabía si debía sentirme aliviada o más asustada. No dejaba de mirarme de una forma que me ponía la piel de gallina.
—¿Estás cansada? —preguntó, volviendo a colocarse detrás de la barra.
Asentí, esperando que me dejara en paz. Lo cierto era que estaba demasiado aterrorizada para pensar en dormir.
—Yo también, pero hoy el sueño y yo no nos llevamos bien —dijo, sacando una pequeña bolsa de plástico con polvo blanco. Me sonrió—. Esto sí. ¿Quieres un poco?
—No —respondí rápidamente.
—¿Ni siquiera quieres saber qué mierda es esto antes de negarte a probarlo?
Negué con la cabeza.
—No me van las drogas.
Se encogió de hombros.
—Bien. Más para mí.
Eché un vistazo por el club mientras preparaba su dosis, buscando algo que pudiera usar como arma o para defenderme. Como si me leyera el pensamiento, sacó una pistola de debajo de la barra y la levantó en el aire.
—Por cierto, no se te ocurra hacer ninguna tontería —dijo, frotándose la nariz, enrojecida de esnifar el polvo.
Me limité a apartar la mirada.
—¿Por qué no vas y te pones cómoda en el sofá de ahí? Échate una siesta.
Clavé la mirada en el sofá, sabiendo que me sería imposible cerrar los ojos.
Además, no podía dejar de angustiarme por lo que le estaba pasando a Brandy.
Era horrible saber que estaban violando a una mujer en la habitación de al lado y que no podía hacer nada al respecto.
Por mucho que me cayera mal Brandy, sabía que tenía que encontrar la manera de ayudarla a escapar.
Me pregunté si podría quitarle la pistola a Mud de algún modo.
—Vamos. No muerdo —dijo con tono divertido.
—Pero desde luego dejas que Skull muerda, ¿no? —repliqué con sequedad.
Se metió la pistola por detrás del pantalón.
—¿Por qué no? Hoy ha hecho un buen trabajo para mí. Se lo debo.
—¿Le debes la oportunidad de violar a alguien? —pregunté con voz estridente.
Se inclinó y esnifó más polvo. Gruñó satisfecho, levantó la cabeza y se frotó debajo de la nariz.
—Estás perdiendo el tiempo intentando hacerme sentir culpable. Me importa una mierda si la viola, y no digamos si la mata. Odio todo lo que tenga que ver con los Gold Vipers —dijo—. Incluidas sus zorras. Viejas o nuevas. Da igual.
—¿Por Breaker? —respondí, arrugando la nariz con asco.
—¿Breaker? Por supuesto. Su muerte me destrozó. Éramos uña y carne.
—Entonces, ¿de eso se trata realmente? ¿De vengar la muerte de Breaker? —pregunté, sabiendo que ya habíamos tenido esta conversación. Pero quería que siguiera hablando para que no nos quedáramos sin tema y decidiera ponerme las manos encima.
—En realidad, nuestros clubs siempre han tenido sus diferencias y siempre nos hemos enfrentado. Esta vez han montado un buen marrón al cargarse a uno de mis hermanos más cercanos. No voy a descansar hasta haberle dado su merecido a todos y cada uno de esos Gold Vipers.
—No sé de dónde has sacado la información, pero yo no formo parte de su club. Nunca lo he hecho.
—Eso no es lo que me han dicho. De hecho —agitó el dedo—, sé de buena tinta que Raptor le montó un pollo a Breaker por acosar a una chica en el Griffin's hace unas semanas. Una preciosidad llamada Adriana. Esa eres tú, cariño. No lo niegues.
—Solo había conocido a Raptor ese día y no se trataba solo de protegerme. Ni siquiera nos conocíamos.
Mud me miró, ahora con cierta inseguridad.
Una idea empezó a tomar forma en mi cabeza.
—La verdad es que prácticamente se metió a la fuerza en la situación.
Yo le estaba diciendo a Breaker que no me interesaba dar una vuelta con él, cuando a Raptor le dio por intervenir, como el idiota machista que es.
Por alguna razón estúpida, no creyó que yo fuera capaz de decirle «no» a Breaker por mi cuenta.
No necesitaba su ayuda. Ni siquiera la quería.
Se inclinó hacia delante sobre la barra, con los ojos rojos y dilatados.
—¿Ah, sí?
Asentí.
—Sí, lo juro por Dios. Y ahora mi mejor amiga está muerta y a mí me tienen prisionera. Estoy atrapada en medio de esta supuesta guerra de mierda entre vosotros y ellos, y no debería estarlo. Yo no soy la Vieja de Raptor. Ni siquiera soy su novia. Me importa una mierda él y su banda, los Vipers.
—Los Gold Vipers —corrigió.
—Como se llamen —espeté enfadada—. Como he dicho, no me importan ellos, ni tú tampoco. ¿Queréis mataros los unos a los otros? Perfecto. Pero no te atrevas a colgarme el cartel de Vieja de Raptor.
Y no mentía. Ya no me importaba él, ni los Gold Vipers. Mi amiga estaba muerta y tenía el corazón destrozado. No me habían dado más que pena y dolor.
Sonrió ante mis palabras.
—Sabes, me caes bien —dijo Mud.
Rodeó la barra y se acercó hasta donde yo estaba, con los ojos clavados en los míos.
—Se me da bastante bien calar a la gente y puedo decir con toda sinceridad que me creo cada palabra de lo que acabas de decir. Los odias. Especialmente a Raptor.
Tuve que obligarme a no apartar la vista de sus ojos penetrantes.
—Más te vale creerlo. Por mí, pueden desaparecer de la faz de la tierra.
—Así me siento yo —dijo, con la mirada vidriosa clavada en mí—. Ahora entiendes mi frustración, ¿no?
—Totalmente. No son más que un hatajo de cretinos. Alguien tiene que acabar con ellos.
Contuve la respiración, sin saber si se tragaría que lo sentía de verdad, pero mantuve mi mejor cara de póker.
—Alguien con cerebro y músculo para hacerlo. Como vosotros.
Se acercó más y me costó no retroceder. No solo era más grande y mucho más aterrador de cerca, sino que Mud olía como si no se hubiera duchado en días. El tufo a whisky de su aliento se mezclaba con el hedor repulsivo y tuve que respirar por la boca para no tener arcadas.
—¿Sabes?, cuando te vi esta noche, me dije: «¿Cómo ha conseguido un perdedor como Raptor ligarse a una tía con clase como tú?».
—Ni se acercó —dije, forzando una sonrisa—. Seguro que quería, pero antes muerta que dejar que me tocara.
Sus ojos escudriñaron los míos.
—Sé que estás disgustada por lo de tu amiga. Pero eso es culpa de ellos, ¿sabes? Si no hubieran contratado a ese bicho raro, The Judge, para matar a Breaker, ella seguiría viva. Es culpa suya que Krystal esté muerta. No mía.
No podía creer que estuviera tan loco como para pensar que me tragaría la mierda que soltaba. Asentí.
—Tiene sentido.
Antes de que pudiera protestar, me agarró de la nuca y estampó sus labios contra los míos. Mi primer impulso fue apartarlo con todas mis fuerzas, pero entonces recordé la pistola. Si de alguna manera pudiera quitársela...
Conteniendo las arcadas, dejé que me metiera la lengua en la boca y me obligué a devolverle el beso. Gimió y se apartó.
—¿Qué coño estoy haciendo? —gruñó, y empezó a dar vueltas por la habitación.
—Estabas a punto de mojar —mentí—. ¿Qué te lo impide?
Siguió dando vueltas.
—Estoy más colocado que una cometa. No debería haberme metido toda esa coca. Me nubla el juicio. Aunque...
Se paró y me miró.
—Me estabas devolviendo el beso. Había algo entre nosotros, ¿no?
Asentí.
Sonrió con malicia.
—Eso me parecía. Voy a darme una ducha y lo intentamos otra vez.
Sonreí.
—Vale.
—Vamos —dijo, agarrándome del codo.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Mud me llevó hasta una puerta y la abrió. Cuando encendió la luz, gemí para mis adentros. Era una especie de dormitorio. Había una cama de matrimonio deshecha, un televisor, un reproductor de DVD y un montón de pornos. No quería ni imaginar lo que revelaría una luz negra.
—Entonces, la pregunta es: ¿quieres esperar aquí o acompañarme mientras me aseo?
—Ya me duché antes —dije rápidamente, sin saber qué más decir.
Ni de coña iba a dejar que me violara en la ducha. Al menos si me dejaba sola en el dormitorio, podría buscar otra forma de escapar.
—Vale —dijo, como si mi excusa tuviera todo el sentido del mundo—. No tardo nada.
Señaló las películas y se rio con malicia.
—Sírvete tú misma si quieres empezar sin mí.
Me reí.
—Quizá lo haga.
Me agarró el culo con fuerza.
Jadeé.
—Perdona, es que no puedo esperar a hincarle el diente a esto.
Tragué saliva.
Ladeó la cabeza y me estudió la cara, como si volviera a desconfiar de mí.
—¿En qué estás pensando?
—¿Yo? La verdad —sonreí coqueta—, estoy pensando en cómo estoy deseando «embarrarme» —ronroneé.
Abrió los ojos como platos y se rio.
—Eres graciosa. ¿Sabes por qué me llaman Mud?
—No. ¿Por qué?
Mud sonrió con frialdad.
—Porque suele ser donde entierro a mis enemigos.
—¿Como a los Gold Vipers?
—Exacto.
Le toqué el brazo.
—Si alguien se lo merece, son ellos.
Asintió satisfecho. Me dio un beso rápido y se dirigió hacia la puerta.
—Vuelvo enseguida. Tengo que dejarte encerrada, cariño.
Al menos eso me daría tiempo para buscar una salida.
—Claro. Por supuesto.
Se dio la vuelta y volvió a sonreír con frialdad.
—Te lo digo ya: no me fío de ti. Que no te molen los Gold Vipers no significa una mierda. Pero había algo entre nosotros. Si juegas bien tus cartas y me haces feliz, puede que tu futuro no sea tan negro como tenía pensado. Solo digo...
—Y yo creo que vas a acabar con una sonrisa de oreja a oreja muy pronto. Solo digo...
Se rio y asintió.
—Eso me gusta oírlo, cariño. No hay motivo para no sacarle partido a la situación, ¿no?
—Totalmente.
Me desnudó con la mirada una última vez, se dio la vuelta y salió del dormitorio. Oí cómo echaba la llave desde fuera.
Suspiré aliviada y miré a mi alrededor. No sabía exactamente qué iba a hacer, pero tenía que encontrar la forma de escapar antes de que ese cerdo asqueroso volviera a ponerme las manos encima.