Capítulo Doce
Raptor
—No sé de qué me hablas —dijo Brandy después de que la sometiera a un interrogatorio. Se cruzó de brazos—. Es obvio que Adriana se equivoca o simplemente busca una excusa para dejarte.
—Ella no va de esas. ¿Dónde está tu móvil?
Abrió los ojos de par en par.
—En mi bolso. ¿Por qué?
—Quiero ver tus llamadas.
—¿En serio? ¿Crees que caería tan bajo? —espetó, visiblemente molesta.
—No lo sé, Brandy, pero Adriana está que echa humo y necesito saber qué pasa.
—Ni siquiera tengo su número.
La ignoré.
—¿Dónde está tu bolso?
Levantó la barbilla.
—Vale, ¿quieres ver mi móvil? Está debajo de la barra. Cuando no encuentres nada, espero una disculpa.
Salí de la sala de descanso y volví a la barra.
—Misty, ¿dónde está el bolso de Brandy?
—Espera un momento, yo lo cojo —dijo Brandy, adelantándome. Se metió detrás del mostrador y se agachó, quedando fuera de mi vista.
Frustrado, me asomé por encima de la barra y vi que estaba mirando el móvil.
—Eh. Dámelo. Ya.
Murmurando entre dientes, se levantó y me lo dio.
—Adelante. No tengo nada que esconder.
Cogí su móvil y revisé el registro de llamadas y los mensajes. No encontré nada sospechoso, pero eso no me bastaba. Podía haber borrado alguna llamada saliente.
—¿Qué pasa? —preguntó Tank, que venía de la oficina de Slammer.
Le devolví el móvil a Brandy.
—Adriana recibió una llamada antes. Una que, por lo visto, la sacó de quicio —respondí.
—¿De Brandy? —preguntó.
—Yo no la llamé —protestó ella—. No tengo su número, y aunque lo tuviera, no perdería el tiempo. Tengo mejores cosas que hacer.
«Como arruinarme la vida», pensé con amargura.
—¿Por qué está Adriana tan cabreada? —preguntó cuando Brandy se alejó hecha una furia.
—Creyó oír a dos personas follando, y que uno era yo.
Tank arqueó las cejas, sorprendido.
—¿Por qué pensó que eras tú?
Le conté nuestra conversación y cómo se había puesto, que me había dicho que no quería volver a verme.
Se sentó a la barra.
—¿Alguien tiene tu móvil?
—No —respondí, sacándolo—. Ha estado en mi chaqueta todo el día.
—¿Has mirado tus llamadas salientes?
—Tank, yo no la llamé —dije, enseñándole mi registro de llamadas—. Y llevo más de dos semanas sin echar un polvo.
—¿Qué coño te pasa? —preguntó, ahora con una sonrisa.
—No ha sido por elección.
Miró a Brandy, que estaba agachada junto a los vasos, recolocándolos.
—¿De verdad que no te la estás tirando?
Solté un gruñido y me guardé el móvil en la chaqueta.
—Qué va. Ya pasé por eso y apenas salí vivo.
Se volvió hacia mí.
—Pues ve a buscar a Adriana y aclara las cosas. Si llevas dos semanas sin sexo, tiene que ser amor.
—Me voy ahora mismo a hablar con ella. ¿Necesitas algo?
—No —respondió, bajando la voz—. Chopper está revisando la oficina del Viejo por si hay micrófonos y yo voy a vigilar a Misty. Haz lo que tengas que hacer, hermano.
—Gracias —dije, cogiendo mi chaqueta. Mientras me la ponía, vi que el tipo del traje me miraba fijamente con una mueca de desprecio. Me acerqué a él—. ¿Tienes algún problema?
Soltó un gruñido.
—Creo que ya has dejado claro quién tiene el problema.
Negué con la cabeza con desdén.
—¿Por qué no te metes en tus asuntos?
—Eso intentaba, hasta que empezaste a meterte con Brandy. Alguien tenía que decir algo.
Aunque estaba cabreado, no podía culparlo por querer defenderla. Desde fuera, seguramente parecía un capullo integral metiéndome con una tía buena. Lástima que también fuera una zorra mentirosa y manipuladora.
—No sabes nada de Brandy, y en cuanto a meterme con ella, se lo merece. Si la conocieras, lo entenderías.
Levantó su copa.
—Creo que la conozco mejor de lo que piensas.
—Lo dudo. No la defenderías si fuera así.
No dijo nada.
—Mira, hazme caso y aléjate de ella. No tienes ni idea de qué clase de mujer es ni de los problemas que trae.
—Gracias, pero desde mi punto de vista, tu consejo suena bastante interesado.
Miré a Brandy, que nos observaba con una expresión indescifrable.
—El tuyo también, y eso solo porque no la conoces como yo. Qué diablos, retiro lo dicho: nadie conoce a Brandy. Ni siquiera ella misma.
—Lo dudo. A mí me pareció bastante estable —dijo, mirándola con admiración.
—¿Dijiste que eras abogado, eh?
—Soy abogado defensor.
Gruñí.
—Bueno, eso lo explica todo —dije mientras me alejaba. Era evidente que quería enrollarse con Brandy, y encima le pagaban por rebatir los hechos y defender a culpables. Hablar con él era como hablar con una pared.