Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Raptor

Fui en coche a casa de Adriana, pero no había nadie. Intenté llamarla de nuevo, pero siguió sin contestarme. Frustrado, decidí buscarla en el trabajo, así que me dirigí a Dazzle. Cuando entré, Vanda, la madre de Adriana, se sobresaltó.

—Señora Nikolas —dije, esbozando una sonrisa forzada.

Se excusó con el cliente que estaba atendiendo y se acercó a mí.

—¿Sabes dónde está Adriana?

—No. No he hablado con ella desde esta mañana. —Su rostro se ensombreció—. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Nada.

Me miró fijamente y frunció el ceño.

—Tu cara dice otra cosa. ¿Estáis peleados?

Como no quería entrar en detalles, ignoré su pregunta.

—¿Podrías decirle que me llame? Necesito hablar con ella.

—¿Le has dejado un mensaje en el teléfono?

Asentí.

—Entonces te llamará cuando quiera.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó el guardia de seguridad, que nos observaba desde un taburete cerca de la entrada.

—Todo bien. Estaba buscando a Adriana. Eres Jim, ¿verdad? —pregunté, recordando que Adriana lo había mencionado. Al parecer estaba saliendo con su madre.

—Sí. ¿Tú debes de ser Trevor? —dijo, con el rostro más relajado. Me tendió la mano—. No creo que nos hayan presentado formalmente.

Se la estreché.

—No, no nos han presentado. Encantado.

—Igualmente. Así que estás buscando a Adriana, ¿no?

—Sí.

Me volví hacia Vanda.

—Pasaré otra vez por vuestra casa a ver si la encuentro. Fui allí primero, antes de venir aquí. Puede que nos hayamos cruzado.

—Puede ser.

—Bueno, nos vemos —dije, dándome la vuelta para irme. Como siempre, Vanda me hacía sentir como un extraño. Era obvio que nunca me aceptaría a mí ni a mi mundo.

—Espera, Trevor —dijo Vanda.

Me di la vuelta.

Suspiró.

—Adriana no se encontraba bien esta mañana. Pensé que a lo mejor tenía gripe.

—¿En serio? Hablé con ella antes, pero no me dijo nada de que estuviera enferma —respondí.

—Pues lo estaba. Ni siquiera sé por qué fue a la universidad hoy. Es muy testaruda, esa chica.

Jim se rio.

—¿Qué esperabas? Es tu hija, Vanda.

Ella sonrió débilmente.

—Es cierto.

—Gracias —respondí—. La dejaré tranquila para que descanse.

—Probablemente sea lo más sensato.

Asentí y salí de la tienda con la esperanza de que Vanda por fin estuviera empezando a aceptarme. Ahora solo me quedaba encontrar a Adriana y averiguar por qué estaba tan jodidamente fría conmigo.