Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Adriana

ME QUEDÉ mirando el mensaje de Trevor y me enfureció tanto que quise romper algo.

Estoy deseando verte, Gatita. He estado pensando en ti todo el día.

—No todo el día —dije apretando los dientes—. Maldito mentiroso.

Apreté el teléfono con fuerza, debatiéndome entre llamar a Trevor o confrontarlo cara a cara.

Quería ver su expresión cuando le cantara las cuarenta, pero también me daba miedo.

Miedo de que montara una escena o intentara manipularme para que creyera que había sido un desliz y que nunca volvería a hacerlo.

Que solo había pasado en un momento de debilidad entre él y una mujer a la que había amado.

—Al diablo con eso. No voy a darte otra oportunidad —gruñí mientras lo llamaba. Le diría lo que tenía que decir y luego colgaría, sin darle siquiera la oportunidad de inventar una excusa.

—Trevor —dije con firmeza cuando contestó.

—Hola —dijo, y se le notaba la sonrisa en la voz—. Me alegro de que…

—Escúchame —espeté; me temblaban tanto las manos que apenas podía sostener el teléfono—. Te oí antes. Te oí tirándotela y no quiero que vuelvas a acercarte a mí ni a llamarme.

Se quedó callado unos segundos.

—Espera, ¿de qué me estás hablando?

—Sabes perfectamente de qué te hablo. Por lo visto me llamaste sin querer mientras te acostabas con Brandy hace menos de una hora.

—¿Acostándome con Brandy? —dijo alzando la voz—. ¿De qué coño hablas?

—Como si no lo supieras. ¡Os oí a los dos! La oí gritando tu nombre mientras te la tirabas.

—Adriana, no sé de qué me hablas. Primero, jamás volvería a tocar a esa tía. Segundo, te quiero a ti y nunca te haría algo así. Y tercero, he estado en la cocina del Griffin fregando platos. ¿Por qué...?

Puse los ojos en blanco y lo corté.

—Vaya, qué bueno eres. Muy bueno. Se acabó. Hemos terminado, tú y tus mentiras, así que ahórrate las excusas.

—Adriana…

—¡Aléjate de mí, Trevor! ¡Esta vez va en serio! —grité, y colgué.

Intentó llamarme de vuelta, pero no le contesté.

Me sequé las lágrimas, cogí las llaves del coche y salí de casa. Era muy probable que viniera corriendo a intentar hablar conmigo. A suplicar perdón. A mentir como un bellaco. No pensaba darle esa oportunidad.