Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo Tres
6%

Capítulo Tres

Raptor

Una hora más tarde, llegué al club en mi Laramie. Cuando Tank me vio, abrió la verja. Le hice un gesto con la mano y aparqué mi camioneta junto a su viejo Silverado.

—Necesito una camioneta nueva —dijo, asintiendo mientras yo cerraba la mía con llave—. ¿Ya la has pagado?

—Me quedan dos años.

—¿A qué esperas, hermano? Págala ya —me sermoneó—. Tienes el dinero. Sé que lo tienes. Con todas las reformas que hiciste para Brick y su primo, y los trabajos extras que llevas haciendo para el viejo.

Tenía razón. Había ganado bastante dinero, pero sabía lo que hacía.

—Es un préstamo sin intereses. Prefiero quedarme el dinero y generar mis propios intereses.

Sonrió con sorna.

—Eres un comprador muy frugal.

Me encogí de hombros.

—Merece la pena saber lo que haces, Tank —dije, pasándome la mano por el pelo. Aún lo tenía medio mojado y el frío de noviembre no ayudaba—. Investigo antes de soltar pasta en cualquier compra grande. Tú deberías hacer lo mismo.

Tecleó el código para entrar al edificio.

—No tengo paciencia para internet ni para buscar «ofertas», como tú. Por eso te voy a arrastrar conmigo cuando elija mi próxima camioneta. Y quizás también cuando me compre otra moto.

—¿Ya vas a cambiar la tuya? Si solo tiene un par de años.

—No, solo voy a ampliar la colección. Le tengo echado el ojo a la V-Rod.

—Genial. Yo también las estaba mirando. Hola, Cheeks —dije, devolviéndole el saludo. Estaba sentada en la barra con otra mujer.

—Hola, guapa —dijo Tank, yendo directo hacia ellas—. ¿Quién es tu amiga?

—Esta es Layla —dijo ella—. Mi sobrina. Solo tiene diecisiete años, así que ni se te ocurra tirarle los tejos, Tank.

La adolescente, una chica guapa de pelo largo y oscuro y ojos marrones, se sonrojó y apartó la mirada enseguida.

—¿Y entonces para qué la traes aquí? —preguntó, frunciendo el ceño—. Este no es lugar para críos. Tú más que nadie deberías saberlo.

Abrió el bolso y sacó un paquete de tabaco.

—Ahora mismo no está pasando nada raro aquí, Tank. Además, la he traído para hablar con Slammer.

—¿Ah, sí? —dijo, rodeando la barra hacia la nevera—. ¿De qué?

Cheeks encendió el cigarrillo y le dio una calada.

—Cuéntaselo, Layla.

La chica se aclaró la garganta.

—Yo, eh... vi a Misty con uno de los Devil's Rangers el domingo pasado.

—¿Misty? —dijo, sacando una botella de cerveza—. ¿La camarera del Griffin's?

La chica asintió.

—¿Quieres una? —preguntó Tank, señalando la botella con la cabeza.

—No, estoy bien —respondí, sentándome junto a Layla—. ¿Dónde los viste?

—Layla trabaja en un restaurante a una hora al norte de aquí. En Stacy —dijo Cheeks—. El Jerry's Diner.

Tank observó a la chica con atención.

—¿Eres camarera allí?

Asintió.

—Sí, pero no los atendí yo. Aunque a ella sí la reconocí.

—Invité a Misty a casa un par de veces —dijo Cheeks—. Para jugar a las cartas, ya sabes. El caso es que una vez Layla estaba allí y Misty le estuvo dando consejos sobre chicos. Iba bastante borracha esa noche. Seguramente por eso no reconoció a Layla en el restaurante.

Tank me miró y luego volvió a mirar a Layla.

—¿Estás segura de que estaba con uno de ellos?

—Sí —respondió—. Vi los parches.

—¿Lo reconocerías si lo vieras otra vez? —pregunté.

Asintió y luego dijo:

—Sé cómo se llama. Su apodo.

Tank arqueó las cejas.

—¿En serio? ¿Cuál es?

—Mud. La otra camarera dijo que oyó a Misty llamarlo así un par de veces —respondió Layla, mordiéndose el labio inferior—. Es el presidente, ¿no?

Tank y yo nos miramos.

—Algo no cuadra. Ella no pinta nada con Mud —dijo, tamborileando con los pulgares en la barra.

—Eso mismo pensé yo —dijo Cheeks con desprecio—. A mí me suena a que anda metida en algo turbio.

—¿Dónde está Slammer? —preguntó Tank, irguiéndose—. Tiene que oír esta mierda.

—Slammer está atrás, hablando por teléfono —respondió ella—. Sabe que hemos venido a contarle algo importante. Dijo que salía enseguida.

Tank asintió.

—Bien.

Cambié de tema.

—Por cierto, me han dicho que ya estás organizando su despedida de soltero.

Tank asintió.

—Sí. Está en marcha. Se casan en tres semanas. El 13 de diciembre. Sin invitados ni nada.

—¿Y dónde va a ser?

—En Las Vegas o en Hawái. Ella quiere Hawái.

—Él nunca ha estado allí, ¿no? —pregunté.

—¿Hawái? Solo una vez. Después de terminar el instituto, su tío Shepherd lo llevó. Como regalo de graduación. Desde entonces no ha dejado de querer volver.

—Eso fue poco antes de que se alistara en los Marines y sirviera en la Tormenta del Desierto, ¿verdad? —pregunté, recordando la historia.

—Sí. Estoy bastante seguro de que van a Maui. Ha estado mirando ofertas de viajes por internet.

—¿Vas a ir con ellos? —pregunté.

—Por supuesto, hermano —respondió, sonriendo—. Tú también vas.

Arqueé las cejas.

—¿Yo? Ojalá pudiera. Tengo demasiado lío ahora mismo. No es el mejor momento.

—Por eso necesitas ir a Hawái. Olvídate de tus problemas por un tiempo. Piensa en cócteles, bikinis, arena y en estar con todos nosotros. Te arrepentirás si no te plantas allí y te quedas al menos unos días.

Me froté la barbilla.

—Tienes razón. Debería ir. Hasta podría llevarme a Adriana.

—O podrías ir sin ella —dijo Tank—. Desconecta de las mujeres por un tiempo.

—¿Hawái, eh? Yo quiero ir —dijo Cheeks haciendo un puchero—. Siempre he querido ver los volcanes y comer en uno de esos luaus.

—Lo siento, Cheeks —dijo Tank—. Pero no se lleva agua al mar.

En ese momento, Slammer salió de su despacho y se acercó a nosotros con expresión grave.

—¿Qué pasa? —preguntó Tank—. Pareces cabreado.

—Te lo cuento después —se volvió hacia Cheeks—. ¿Dijiste que tenías algo que contarme?

Ella asintió, presentó a su sobrina y luego explicó lo que Layla había visto en el restaurante. Cuando llegó a la parte de Misty y Mud, a Slammer le empezó a palpitar una vena en la frente.

Soltó un taco y dio un puñetazo en la barra. Las dos chicas dieron un respingo.

—Debería haberlo sabido.

—No seas tan duro contigo mismo —dije—. Ninguno de los dos lo sabía.

—Sí, pero tenía un presentimiento con ella, sobre todo después de que admitió haberse tirado a Breaker. Con la suerte que tenemos, seguro que les ha estado pasando información sobre nosotros desde el principio.

—No hay mucho que pueda contar —dijo Tank—. A menos que haya estado escuchando detrás de la puerta o...

—O grabándonos con algún micrófono oculto —lo interrumpió, con cara de querer matar a alguien—. De hecho —Slammer señaló la puerta con el pulgar—. Vamos fuera a hablar. Ahora me ha entrado la paranoia.

—¿Y nosotras? —preguntó Cheeks—. ¿Podemos hacer algo para ayudar?

Se pasó una mano por la cara y murmuró en voz baja:

—Pues sí. Necesito que vayas a Griffin's y la vigiles, sin Layla, por supuesto.

—Vale —agarró el bolso y se bajó del taburete.

Slammer se rascó la barba.

—Y obviamente, que esto quede entre nosotros. No queremos que sepa que la hemos pillado.

—Entendido —dijo Cheeks. Se volvió hacia Layla—. Vamos, cariño.

—Espera un momento —la mirada de Slammer se suavizó. Miró a Layla y sacó la cartera—. Gracias por la información, cielo. ¿Por qué no coges esto y te compras algo bonito?

A ella se le iluminaron los ojos cuando él le entregó trescientos dólares.

—Dios mío, ¿esto es todo para mí?

Slammer le guiñó un ojo.

—Claro que sí. Considéralo una recompensa, y si vuelves a ver a alguno de esos desgraciados en tu restaurante, llámame —le dio una tarjeta de visita.

—Lo haré. Muchas gracias, eh, señor Slammer.

Él se rio.

—Déjate lo de señor. Llámame Slammer, sin más.

—Vale —metió el dinero en el bolso—. Te prometo que estaré atenta.

—Lo sé —miró a Cheeks y se le borró la sonrisa—. Te agradezco el aviso. Pero la próxima vez, no la traigas aquí. Es demasiado joven para este sitio.

—Aquí no está pasando nada —repitió Cheeks, agitando la mano—. Esto parece un velatorio.

—Todavía es temprano, pero no es eso. Si pasara algo y hubiera una redada, no querrías que tu sobrina se viera metida en el lío, ¿me entiendes?

Ella suspiró y asintió.

Se volvió hacia nosotros.

—No quiero a ningún menor aquí. ¿Entendido?

Tank y yo asentimos y nos miramos, un poco sorprendidos.

Me había dado cuenta de que había cambiado mucho desde que conoció a Frannie.

Al viejo Slammer le habría dado igual la edad de Layla e incluso podría haberle tirado los tejos él mismo.

Era evidente que estaba enderezando su vida, y eso me hacía respetarlo mucho más.

—¿Quedamos luego? —le preguntó Cheeks a Tank.

—No sé. Tengo cosas que hacer —respondió él.

—No pasa nada —sonrió ella—. ¿Y esta noche?

—Puede ser. Ya te avisaré.

Se inclinó sobre la barra, le rodeó el cuello con los brazos y le susurró algo al oído.

Él se rio.

—¿Cómo voy a decirle que no a eso?

—Esperaba que cambiaras de opinión. Esperaré tu llamada —dijo Cheeks, contenta de nuevo. Se colgó el bolso al hombro y se volvió hacia Layla—. Vámonos.

La chica se rio.

—Vale. Ha sido un placer conoceros a todos.

—Igualmente. Vuelve cuando seas mayor de edad —gritó Tank, mirándole el trasero mientras seguía a su tía hacia la salida.

Slammer metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de tabaco y un mechero. Cogió un cigarrillo y se lo puso entre los labios.

—Vale, vamos fuera a ver qué hacemos.

Tank apuró de un trago el resto de su cerveza y seguimos a Slammer hasta la parte trasera del edificio.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó Tank mientras salíamos.

Encendió el cigarrillo.

—Primero voy a hacer que revisen este sitio en busca de micrófonos.

—¿Por qué no interrogamos a Misty ahora mismo? —respondió Tank—. Hacemos que nos diga exactamente qué está pasando.

Slammer expulsó una bocanada de humo y negó con la cabeza.

—No. Para empezar, puede que Misty hasta disfrute con eso, esa loca. Y además, podríamos usar esto a nuestro favor.

—¿A qué te refieres? —pregunté, apoyado contra la puerta.

—Creo que deberíamos tenderles una trampa. De hecho —sonrió con malicia—, creo que ya sé cómo hacerlo.

—¿Ah, sí? Cuéntanos —dijo Tank.

Tardó un rato en responder.

—Digamos que espiarnos va a mandar a Mud a prisión durante mucho, mucho tiempo, chicos.

—Prisión. ¿Qué quieres decir? —preguntó Tank—. Pensaba que iba a matar al tío después de que te fugaras.

—En realidad, me lo he estado pensando —respondió—.

La ley nos está vigilando de cerca últimamente.

Matar a cualquiera de los Devil's Rangers es demasiado arriesgado.

No quiero que ninguno de vosotros acabe en la cárcel.

Prefiero ver a Mud entre rejas el resto de su vida y que sepa exactamente quién lo metió allí.

Tank frunció el ceño.

—No lo sé. La prisión es un castigo demasiado fácil, si me preguntas.

—La muerte es un castigo demasiado rápido —replicó Slammer—. Necesitamos que se pudra entre rejas el resto de su vida.

—Tiene razón, hermano —respondí—. Mud sufrirá más entre rejas de lo que sufriría si lo mataras. Se ha hecho muchos enemigos y algunos de ellos están en prisión. La vida no sería tan fácil como podrías pensar para una comadreja como él.

—Puede ser —respondió, sin parecer muy convencido—. Entonces, ¿cuál es el plan?

—Lo descubriréis pronto —respondió Slammer mientras tiraba el cigarrillo—. Tengo que hacer algunas llamadas y poner las cosas en marcha. Cuando tenga todo listo y a todos de acuerdo, os contaré los detalles.

—¿Qué quieres que hagamos ahora mismo? —pregunté mientras abría la puerta.

—Traed a Chopper para que os ayude a buscar cables o cualquier otro dispositivo de grabación. Aunque dudo mucho que encontréis nada. Misty no parece lo bastante lista como para montar algo así y mantenerlo funcionando.

—¿Y ninguno de los Devil's Rangers ha estado nunca en esta sede? —pregunté. Habíamos dado muchas fiestas, pero Slammer era selectivo con la gente de fuera. Eso no significaba que alguien no pudiera haberse colado durante una juerga de borrachos. Especialmente con la ayuda de Misty.

—Que sepamos, no —dijo Tank mientras seguíamos a Slammer por el pasillo.

—Exacto, y por eso vosotros dos tenéis que registrar este sitio. Volveré esta tarde. Ah, antes de que se me olvide, ¿ya sabes si Brandy está esperando un hijo tuyo, Raptor?

—La semana que viene —respondí. Solo pensarlo me dejaba un sabor amargo en la boca. Quería tener hijos algún día, pero no ahora y desde luego no con Brandy. Solo quería que desapareciera.

—¿Te fías de ella? —preguntó.

Me reí con amargura.

—Creo que me fiaría más de Mud que de ella.

—Qué pena. Esperaba que vosotros dos estuvierais sentando la cabeza ahora que está embarazada. También esperaba poder usarla para vigilar a Misty. Pero si tampoco te fías de Brandy...

—Ni siquiera confío en que el niño que lleva sea mío.

—¿Y si lo es? —preguntó.

—Cumpliré con mi deber como padre y me aseguraré de estar en su vida. Pero no voy a volver con ella, por mucho que ella quiera que pase.

—¿Crees que se quedó embarazada a propósito? —preguntó.

—Espero que no.

—Sé que todavía estás cabreado por lo que hizo, pero ¿sigues teniendo sentimientos por ella? —me preguntó.

Sonreí con ironía.

—Solo malos.

—Está loco por la mejor amiga de Krystal, Adriana —dijo Tank.

—Así es —respondió Slammer—. Es la que pensabas parchar antes de enterarte de lo del niño, ¿no?

—Las cosas no han cambiado. Ya es mi Vieja. Solo falta hacerlo oficial.

Me puso una mano en el hombro.

—Bueno, parece que tienes mucho entre manos, hijo.

—Sí, pero puedo con ello.

—Seguro que sí —miró a Tank y luego otra vez a mí—. Sabes que te cubrimos las espaldas pase lo que pase, ¿verdad?

—Lo sé y te lo agradezco —respondí cuando su móvil empezó a sonar.

Slammer lo sacó del bolsillo.

—Es Frannie. Será mejor que conteste. Pásate por Griffin's y echa un ojo a Misty —me dijo.

—Claro.

—Hola, cariño —dijo mientras se alejaba.

—¿Te puedes creer el morro de esa tía? —dijo Tank girándose hacia mí mientras lo seguía por el pasillo—. En serio, cuanto más lo pienso, más me cabreo.

—No te culpo.

Soltó un gruñido.

—Mud mató a mi chica, tío. La mató. Iba a parchar a Krystal. Tú lo sabías.

Asentí.

—Tiene suerte de seguir vivo. Joder, no debería estarlo; ¿y ahora Misty nos traiciona con un pirado como ese? Tío, me dan ganas de partirle la cara a alguien ahora mismo. Los tejemanejes de esta gente me están sacando de quicio.

—No te preocupes, Tank. Van a pagar —dije.

Habíamos echado a su club hasta Hayward, Minnesota, por lo que Mud le había hecho a Krystal, pero había que hacer más.

Solo esperaba que lo que Slammer estuviera tramando fuera venganza suficiente por asesinar a una mujer de la que su hijo se había enamorado perdidamente.