Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Raptor

Después de colgar a Adriana, entré en la cocina y preparé café. Mientras me servía una taza, Brandy entró contoneándose, vestida con un picardías rojo bajo una bata transparente que dejaba poco a la imaginación.

—Oh, pensé que ya te habías ido —dijo con una sonrisa coqueta.

Al notar el brillo en sus ojos, di un paso atrás. Sabía perfectamente lo que pretendía Brandy: llevaba ese conjunto para mí, esperando que la dejara volver a mi cama.

—Estaba en el garaje, cambiando el aceite.

Se acercó al frigorífico y lo abrió.

—Oh, ¿de tu moto?

—No. Hace demasiado frío en Iowa para ir en otra cosa que no sea un coche. Estaba cambiando el aceite de mi camioneta.

Se inclinó provocativamente mientras buscaba algo para comer.

—No sabía que tenías una camioneta.

Aparté la mirada.

—Muchas cosas han cambiado desde que rompimos.

Agarró un tarro de pepinillos y se enderezó.

—Supongo que sí.

Me volví y miré el tarro.

—¿Pepinillos para desayunar, eh? Debes estar embarazada.

Lo puso sobre la encimera y desenroscó la tapa.

—Sí, supongo que es verdad lo que dicen sobre las mujeres embarazadas y los antojos de pepinillos —dijo, sacando el más grande. Abrió la boca, se lo metió dentro y chupó el jugo ruidosamente mientras me observaba a la espera de alguna reacción.

Contuve una sonrisa. Había que reconocerle el mérito: cuando quería algo, no se cortaba.

—Veo que lo estás disfrutando de lo lindo.

Me guiñó un ojo.

—¿Qué puedo decir? Me encanta chupar cosas.

Ignorando su comentario, me bebí el café de un trago. Era hora de irme antes de que pasara a mayores, cosa que sabía que haría.

—Bueno, hay otro tarro en la despensa si necesitas más —dije, acercándome al fregadero. Abrí el grifo y enjuagué la taza—. Sírvete tú misma.

Se acercó por detrás y deslizó las manos alrededor de mi cintura.

—¿Y si te dijera que quiero algo más que un pepinillo en vinagre? —susurró.

Me puse rígido.

—Basta —murmuré, agarrándole las manos cuando empezaron a bajar. Me di la vuelta y la miré—. Tienes que dejar de hacer esto.

—Vamos, Trevor —dijo con una sonrisa coqueta—. Recuerdas lo bien que estábamos juntos. ¿Qué tiene de malo un rapidito? Y no te preocupes, yo no digo nada si tú tampoco.

—Déjalo, Brandy. Eso ya pasó. Se acabó. Tienes que pasar página.

—Trevor, espera —dijo mientras me dirigía hacia la puerta de la cocina.

Frustrado, me di la vuelta.

—¿Qué?

—¿Sigues viéndola?

—Se llama Adriana, y sí, la sigo viendo. Ya te lo dije antes, Brandy, ahora es mi Vieja Dama.

Se puso las manos en la cintura.

—Entonces, ¿dónde ha estado? —dijo con la voz quebrada—. Quiero decir, salió disparada como alma que lleva el diablo cuando se enteró de que estaba embarazada. La mayoría de las mujeres se habrían quedado con su hombre, incluso en esas circunstancias.

—Está confundida. No todos los días le pido a una mujer que se case conmigo y treinta minutos después se entera de que podría ser padre del hijo de otra.

—¿Le pediste que se casara contigo? —graznó, con los ojos llenos de lágrimas.

Asentí.

—Nunca me lo pediste a mí. Fui tu Vieja Dama durante dos años y ni una sola vez me pediste que me casara contigo.

—¿Cómo sabes que no iba a hacerlo? —espeté, recordando una época en la que estuve mirando anillos.

Fue alrededor del Día de San Valentín del año anterior, y estuve a punto de comprarle un anillo de compromiso.

Pero Slammer me llamó al móvil y me ordenó que volviera al club.

Por lo visto, también me había salvado esa vez.

Empezó a llorar.

—Lo siento mucho, Trevor. Tal vez si lo hubiera sabido…

Gruñí.

—¿Qué? ¿No habrías acabado en la cama de otro hombre?

Brandy empezó con las disculpas y excusas de siempre, pero la corté.

—No quiero oír nada de esto —dije, mirándola fijamente.

Ni de coña iba a dejar que le diera la vuelta a esto e intentara hacerme sentir culpable.

¿A mí? Para empezar, sabías lo importante que eras para mí.

Te puse el parche. Te hice mi Vieja Dama.

¿Me habría casado contigo? Con el tiempo, sí.

Pero, como dije... ese barco ya zarpó y estamos en el punto de no retorno.

La única razón por la que estás viviendo en mi casa es para que, si ese niño es mío, sepa que tiene un techo.

¿En cuanto a lo nuestro? Quítatelo de la cabeza porque ahora estoy enamorado de Adriana.

—¿En serio? —se burló—. ¿La amas? Apenas la conoces.

—¿Y eso qué importa? —repliqué—. Tú y yo estuvimos juntos durante dos años, Brandy. Y adivina qué: aparentemente, yo tampoco te conocía.

—Pero...

—Guárdate las excusas —dije, saliendo de la cocina—. No me interesan.

—¡Trevor! —gritó, siguiéndome.

Me giré en seco y la fulminé con la mirada. Hasta oír mi nombre de pila en sus labios me cabreaba ya.

—A partir de ahora, llámame Raptor.

La expresión de dolor en sus ojos casi me hizo echarme atrás, pero entonces recordé lo que nos había llevado a ese punto.

—Eres un desalmado —dijo con amargura.

—¿Yo, un desalmado? —sonreí con frialdad—. Qué curioso cómo han cambiado las tornas, ¿verdad? Mira, haznos un favor a los dos: tú mantente alejada de mí y yo me mantendré alejado de ti. Ah, y una cosa más…

Me sostuvo la mirada y levantó la barbilla.

—¿Qué?

—Deja de pasearte por esta casa medio desnuda. No me interesa hablar contigo ni tocarte.

Brandy se dio la vuelta y entró dando pisotones en el cuarto de invitados. Dio un portazo y toda la casa tembló.